22 jun. 2013

Vienes a verme morir ...

  A LAS PUERTAS DEL ÁPEX

 

Mi amiga Alicia sufrió

una crisis aguda sicológica a causa de una inflamación del peritoneo la membrana serosa que recubre parte de la cavidad abdominal y las vísceras. Todo empezó con un proceso infeccioso a causa de una apendicitis.

 

Cuando comenzó esa peritonitis aguda

se manifestó con dolor abdominal, náuseas, vómitos y fiebre, pero lo que le afectó más fue la hipotensión, las taquicardias y la sed. La deshidratación amenazaba con provocar un fallo orgánico múltiple, o sistémico, lo cual podía llevarla incluso a la muerte.

 

Alicia no podía ni toser

sin provocar un dolor abdominal insoportable. Hasta girarse suavemente en la cama le resultaba tremendamente doloroso. En su rostro aparecieron unos granos raros llamados bizantinos que aumentaban la tristeza de sus ojos.

 

Me llamaron muy tarde

–eran la ocho de la tarde- después de llevar ya ocho días hospitalizada. Cuando llegué tenía plena conciencia y toda su inteligencia ocupada en su muerte. Ella aseguraba que no estaba triste por dejar la vida; por su ironía era evidente.

 

Aquella misma noche charlamos afablemente,

habían dispuesto una cama junto a ella por si deseaba quedarme a dormir junto a ella. No me fue difícil comprender el desamparo y el lamentable abandono que hacían de aquella habitación un lugar poco propicio para la alegría.

 

Hacía mucho calor

y la ventana estaba abierta de par en par y hasta ella llegaba el barullo del bulevar y oíamos unos cantos de estudiantes con ganas de jarana, y eso la desasosegaba, y con un esbozo de sonrisa me decía: "No los envidio…".

 

Toda esa noche estuvo, como es natural, inquieta

porque mi persona se hallaba junto a ella; por tierna que se mostrara, ¡creyó que mi curiosidad era lo único que me había llevado hasta allí!

 

"Vienes a verme morir

-me dijo cuando me vio aparecer-, y sin embargo no tiene ningún interés. Como ves, estoy plenamente consciente (eran sus propias palabras) y soy la marcha de la descomposición; todavía me quedan cuatro horas, pues las moléculas inconscientes de mi ser siguen trabajando hasta las dos de la mañana hora de máxima de mi acidez.

 

Este hipo que oyes es a pesar mío:

no sufro, gracias a las inyecciones de alcaloides -derivados de la morfina- sintéticos que me dan, es como un sueño. Moriré agotada, tal vez por un error, tal vez por una "imposibilidad social".

 

Alicia no permitía

que se disimulara ante su estado de gravedad. Tanto conocimiento y clarividencia en un momento semejante es aterrador. ¿Qué gracia es la que nos infunde el dios Hermes para vivirlo con semejante coraje?

 

Curiosamente Alicia se preguntaba

sobre quién sería la siguiente desafortunada. La muerte habita en mi espíritu –repetía de vez en cuando- porque la he visto y eso no es alegre.

 

Sin embargo Alicia no murió

a las dos de la mañana como había previsto y aún vivió lo suficiente para enviarme postales por Navidad durante muchos años. Su cuerpo se había alcalinizado al sentir que una mano amiga no la dejó marchar.

                                                                                                     Johann R. Bach

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