18 jun. 2013

Amedé era un muchacho apasionado ...

24. LOS HOMBRES DE MI VIDA (Amedé)

 

Cuando conocí a Amedé

ya era demasiado tarde aunque yo entonces no lo supe: el virus de la depresión ya había invadido gravemente su espíritu.

 

Hacía justamente un año

que había terminado sus estudios cuando ganó por oposición una plaza de técnico en urbanismo convocada por el Ayuntamiento.

 

Era un muchacho apasionado

como el que más: se tomaba su trabajo muy en serio, hasta el punto en que llegó a disfrutar tirando líneas sobre su mesa de dibujo y calculando distancias urbanas durante horas después del horario de jornada.

 

Una secretaria se fijó en él

y a escondidas, detrás de los visillos de su oficina, espiaba el mínimo movimiento de su perfil: Sus largas pestañas eran un elemento altamente llamativo en un hombre y además sus gruesos labios no pasaban desapercibidos.

 

Una tarde, simulando tener mucho trabajo

se quedó en la oficina y esperó a que todos hubieran marchado. Es fácil imaginar como una mujer experta, veinticinco años mayor que Amedé supo sacar partido de su pasión y en cómo le hizo conocer el amor: el primero.

 

Durante varios días repitieron

los violentos retortijones de lordosis sobre el piso de madera. Y tanto amor volcó Amedé sobre su amante que le propuso ir a vivir juntos.

 

La secretaria le dijo que estaba casada

con un alto funcionario del Ayuntamiento, que era madre de dos niñas y que poseía una posición económica y social envidiable y que no lo iba a perder todo por un amante.

 

Amedé vivía solo

en un piso cerca del departamento de Urbanismo. Cuando lo visité me ofreció un café y con una cierta sonrisa me hablaba de su trabajo de forma penosa: No soportaba tener cerca a la mujer que le había despertado todos sus sentidos y ya los espacios de Minkowski ya no le apasionaban.

 

Mientras hablaba me fije en su piel,

en cómo unos pequeños pedazos de caspa blanqueaban sus enormes cejas; largas, anchas y espesas, aunque Amedé no era un cejijunto malhumorado como otros. Sus dedos finos era muy sugerentes para mi libido, pero rechazó mis besos.

 

Acostumbrada a esa eventualidad

no me enfadé y él amablemente me siguió sonriendo, invitándome a otro café. Me fui de su casa cabizbaja y pensativa: algo enigmático vi en sus ojos, pero al llegar a casa mis pensamientos desaparecieron.

 

Justo una semana después

llamó a mi puerta un hombre de cabello completamente blanco y mirar sereno que me entregó un gran sobre amarillo de Amedé destinado a mí.

 

El sobre contenía documentación

referente  al arrendamiento del piso, tres juegos de llaves de la vivienda, un reloj de pulsera, un nomeolvides de oro y una enigmática nota:

 

"He iniciado mi viaje hacia el Ápex":

te dejo el contrato de alquiler y las llaves para que seas tú la que las devuelva al casero que vive en la planta inferior. Sé que me quieres y que lo harás como un último favor. En pago te regalo las dos únicas joyas que he poseído". Besos. Amedé.

 

Aquella mañana no fui a trabajar,

sólo pensaba en él. No estaba enamorada, es cierto, pero le quería. No se me iba de la cabeza la escena que probablemente había visto los últimos latidos de su corazón.

 

Me lo imagino en su largo meditar

dando vueltas a sus ideas en la cocina:

 

"Hoy he visto la luz del sol durante todo el día y he sabido por su brillo que me equivoqué, y que ya no podría seguir viendo sus hilillos amarillos porque el dolor que causan en mi retina ya son insoportables y el estar aún aquí es porque

 

espero que la oscuridad invada la casa

y en el silencio,  en la tiniebla, perseguido aún por ese sol de los vivos que todavía no me deja, la de mis propios ojos que sólo a mi amor y a mí mismo estarán viendo en los próximos minutos".

 

Me pareció oírle decir:

"Y ¿qué me dices tú, luz del sol? Sí ahora lo sé, todos los amaneceres iba a tu encuentro, luz pura de la mañana, te ponías rosa, roja a veces, eras la Aurora. Y esperaba de ti que me trajeras una palabra de ella, y sólo me dabas el Sol, día tras día Sol".

 

Nunca llegué a oírte;

de aquel silencio tan amarillo de tu ser nunca vi nacer una pequeña misiva de ella. Te encendías para no darla, solo el Sol me dabas llevándome la angustia hasta la medianoche". 

 

Me imagino lo que estará diciendo

desde allá –el punto afijo hacia el cual el Sol se dirige- en centro del Ápex.

"Ya sé que vienes hacia aquí

a una velocidad de vértigo, a catorce kilómetros por segundo y que díme: "vienes a decirme algo, luz del Sol? Si al fin te oyese, si me dieras una palabra, una sola palabra de ella, que viniera derecha al fondo de mi corazón, allí donde, ahora lo sé, nunca una palabra de amor ha llegado" sería capaz de regresar a ese infierno".

 

"Una sola palabra –la esperada- de ella,

luz sin que yo la entienda, dámela, luz que no me abandonas ni en Ápex. Sólo quiero una palabra de ella y no este Sol. Luz cambiante ¿me oyes, me has oído y has huido?¿Eres tú así?¿Así eres tú?"

 

¡Ignatia amara! Te lo suplico:

arranca este dolor de mi pecho.

 

                                                                        Johann R. Bach

               

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