19 jun. 2013

A los sesenta años se hizo por primera vez con un esqueleto

HASTA LOS VEINTIOCHO HIZO LO QUE QUISO

 

Cuando arrancó en su carrera

con fuerza y con potencia, distaba de haber encontrado su leguaje, su técnica.

 

Lo tenía todo para sorprender:

audacia, rigor, originalidad, temperamento, pero nada de lo que le fala adquirir poco a poco para ofrecer su llama lírica en total plenitud.

 

Hasta los veintiocho

no hizo otra cosa que lo que le dio la gana, así como ofrecernos sus primeras extravagancias de talento que sorprenden, atraen y captan las miradas.

 

Sin duda, sabemos cómo llegó a dar de qué hablar.

 

Fue después de algún viajar

cuando se encontró a sí mismo. Tomó del natural unas notas precisas y, a partir de los efectos variados y múltiples del paisaje creó unos documentos que le servirían para siempre.

 

Con genio ardiente, vehemente,

agitado en toda su obra por la pasión, empezó pintando la condena, la peste y los choques revolucionarios aunque más tarde se vio obligado a moderar mediante la representación temas más reposados.

 

A medida que cumplía

con la realización de su obra, en el transcurso de su bulliciosa carrera, llena de amoríos, tiende cada vez más a hacer su dibujo mediante una representación más rápida y eficaz del cuerpo humano;

 

al principio es necesario un estudio

atento del modelo: el robusto y poderoso relieve que obtiene es testigo de ello, pero será más tarde cuando se preocupe por la osamenta, por la configuración propiamente dicha, y cuando se fije en lo que el hombre detenta de permanente y esencial.

 

Se dice que fue a los sesenta años

la primera vez que se hizo con un esqueleto. Entonces confiesa que si le  fuera posible iniciarse de nuevo en el estudio de la pintura, empezaría por ahí.

 

El magnífico dibujo que hizo a lápiz

para la decoración de la Cámara de Diputados, Educación de Aquiles, demuestra claramente que entonces tenía el sentido representativo del cuerpo humano mucho más desarrollado que en su juventud;

 

asistimos al movimiento de la vida misma,

como si palpitara bajo una epidermis de cristal.

 

Éste es un rasgo singular en él:

a medida que analiza la naturaleza, la escruta y la descompone, no pierde en ningún en ningún momento el sentimiento tan intenso y vivo que tiene de la vida, de la pasión, pues siempre tuvo la capacidad de crearla; de ahí su poder.

 

El don vital

es el motor constante que le conducirá de una obra a otra hasta llegar al final.

 

¿Alguien duda a estas alturas

que estemos hablando de Delacroix?

 

                                                                                 Johann R. Bach

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