13 ene 2015

En la mesa ya estaban cenando cuatro personas: una pareja joven y dos señoras menos jóvenes...

 Capítulo 92     ULTIMOS DIAS EN FRIEDENAU (III)

 

·        Nódulos  en el pecho  izquierdo

ASTERIAS 7 CH – PHYTOLACCA 200 CH - CAUSTICUM 200 CH

 

Hoy sábado he salido a la calle con la esperanza de toparme con un día primaveral como el de ayer. No he tenido suerte. El día se estaba oscureciendo como un mal presagio y la destemplanza iba tomando cuerpo. He pasado por Dickhardtstraße.

 

He depositado las llaves en el buzón porque no había nadie en casa. Alguien las recogerá más tarde. He seguido caminando lentamente calle abajo, sin rumbo fijo. Al toparme con el mercado de la Breslauer Platz me he dirigido hacia el Santos por miedo a encontrar a alguien conocido comparando manzanas entre los fruteros turcos.

 

He almorzado allí. No suelo comer mucho, pero esta vez he de reconocer que los huevos fritos con bacon y la exótica ensalada típica del local estaban riquísimos. Cristina estaba algo triste. Le he dado 8 gránulos de Puella –mi fórmula para combatir la astenia y el envejecimiento-.

 

Me he despedido de ella prometiéndole que no iba a perderme la nocturna música brasileña y he hecho la reserva para la noche. La reserva en el Santos es, como mucho, reservar una silla porque el local es tan pequeño como acogedor y el compartir la mesa con otras personas es lo natural.

 

Efectivamente, a las nueve, justo con el comienzo de los primeros y alegres compases el nuevo fichaje de Cristina para la cocina, Daniel, me ha acomodado en la mesa redonda que está situada bajo el ventanal por donde entra y sale la alegría.

 

En la mesa ya estaban cenando cuatro personas: una pareja joven y dos señoras menos jóvenes... Daniel, amablemente, además de situarme en esa mesa me ha presentado a los comensales. Ella, la chica joven es brasileña, bióloga; él, su amoroso acompañante, es de Cosworth, juez.

 

La conversación con ellos ha sido de lo más interesante, versando principalmente sobre sociología alemana y brasileña; con las dos señoras las frases cortas y superficiales, no serias porque el vino tinto ya había invadido sus secos corazones.

 

Daniel nos ha obsequiado con unos pastelitos rellenos con carne. Deliciosos. Me ha parecido estar en un mundo en el que es posible que todos pongamos un poco de nuestra parte para hacerlo más agradable.

 

Cristina, como siempre, ha bailado; ella sola; también con Daniel, el simpático cocinero y con la amorosa compañera del juez. El cantante con su guitarra estaba asistido por un músico negro increíble; sus percusiones parecían surgir de la selva amazónica, pero la última canción ha sido la española "Bésame mucho… como si fuera la última vez". He girado la cara para que no vieran como se me enrojecían los ojos.

 

Hemos pagado la cuenta. Nos hemos despedido con el habitual deseo de volver a vernos y, ya a punto de salir del local, he reparado en otra pareja que me miraban a la espera de que les reconociera. En efecto, los he saludado, pero al ver que tenían ganas de seguir una conversación me he sentado con ellos.

 

En esta ocasión hemos profundizado un poco más en nuestras vidas. Los dos son profesores logopedas. Ella además corre en la Maratón, pero mañana no. La han operado de un quiste en el pecho izquierdo.

 

Es la segunda vez. Está asustada. Le he mirado a los ojos. Los tiene hundidos al igual que las sienes. Se trata de una personalidad Causticum, es decir, en la cual los tumores aparecen de forma larvada, calladamente, sin dolor.

 

El resto de información me la ha ido dando con su conversación empática, sensible y amable. Le he dicho que tratándose del pecho izquierdo no tiene que preocuparse porque en ese lado los quistes son, en la mayoría de los casos, benignos.

 

He salido del local y he ido caminando lentamente por la Fregestraße arriba. Mis dos contertulios últimos me han alcanzado rápidamente y dándome las buenas noches han entrado en el 23. Somos vecinos. Al llegar a casa he abierto el ordenador.

 

No habían consultas. Lo he cerrado. Ya agotada, me he metido en la cama y con las caricias del olor de mi amor aún presente en mis sábanas me he dormido.


                                                                Johann R. Bach 

CARNÍVOROS Y VEGETARIANOS

Capítulo 91. 

 

ULTIMOS DIAS EN FRIEDENAU (II). CENA DE PRIMAVERA

 

  • El cosmopolita carnívoro

               NUX VOMICA – SULFUR

  • La cariñosa bohemia vegetariana

               PULSATILLA - SULFUR

 

Aún con la tristeza del invierno marceando sobre Friedenau he recibido un correo electrónico (me resisto a llamarlo mail) de Mimet, una lectora de mis capítulos afincada en París. En él me cuenta que está en Berlín y me quiere conocer. Me invita a ver una película en el Kino Babylon, junto al 30 de la Rosa Luxemburg Straße. Acepto.

 

Sin nada que hacer hasta las 18.30 h que comienza la película, salgo a pasear por las calles de Friedenau. Observo cómo los espíritus rebrotan en los árboles de la Fregestraße; su brío es descomunal después de haber resistido temperaturas de hasta – 20° C.

 

Las terrazas ríen. Los aromas culinarios invaden las aceras, los niños ocupan verdes metros cuadrados en el barrio como espacios mediterráneos; la plaza del S – Bahn Feuerbach soleada como ninguna se alza por encima de las copas danzantes de la vegetación urbana y parece perder parte de su dureza al reblandecerse sus templados feldespatos bajo los infrarrojos primaverales.

 

Cristina la portuguesa, riega con una manguera el Santos preparando la música de la esperada noche del sábado.

 

Tomo la Reihnstraße arriba, entro el Imbis contiguo a la Gran Relojería, pido lo habitual: un currywurst picante con patatas fritas y un vaso de Cabernet – Sauvignon.

 

Cruzo pocas palabras con los presentes a pesar que lo estrecho del local invita a lo contrario. Compro 2 botellas de Côtes du Rhonne para regalar a la única persona a quien puedo hacer un obsequio que sin duda apreciará.

 

Camino entre locos subidos a veloces bicicletas y que creen que la vida es mover las piernas. Son los infatigables Rhus tox, que sólo se sienten bien mientras se mueven.

 

Busco entre los "de a pie" alguna figura que me suba la libido porque éstos, en sus parsimoniosos andares se dejan estudiar. De reojo busco el encaje de sus pelvis, luego alzo mis ojos hacia los suyos para penetrar su alma. Difícil recorrido.

 

Hacia las 17.30 h subo al tren en la estación Feuerbach del S – Bahn. Llego tarde. El cine está abarrotado de gente hasta la bandera. Fuera hay unas mesas en las que me dispongo a esperar la salida de mi amable lectora que ha dejado pagada una entrada en la inútil taquilla. A los pocos minutos llega una pareja que tampoco entran en el cine y se sientan a mi lado en las sillas atadas con un cable a las mesas.

 

Ella se levanta con el móvil en el oído; entre aspavientos y agitado caminar conversa en inglés, luego en español, otra vez: ora en inglés, ora en español. Viste de forma masculina un traje marrón.

 

Sus palabras salen de sus labios seguras, con fuerza, con autoridad, también con dulzura. Le pregunto a su acompañante si está enfadada por no poder entrar en el cine. Resulta que es la directora de la película que espera nerviosa el final de la sesión para entablar un diálogo directo con los asistentes.

 

Entro por fin en la sala; no reconozco a mi potencial admiradora; tomo asiento; sigo el diálogo descorchado, cómo no, por mi amigo Martí. Está presente en todos los actos culturales de su querida Cataluña. A la salida Mimet y yo nos buscamos el uno al otro guiándonos, a modo de GPS, con los móviles a través de una jungla humana.

 

Nos topamos. Nos besamos. Mimet me presenta a sus amigos. Quiere que los conozca más a fondo. Me invita a cenar con ellos. Quiere que sus amigos me conozcan. Está orgullosa de mí sin conocerme. O ¿sí me conoce a través de mis escritos?

 

Entramos en un restaurante vietnamita. Barato y bueno. Nos sentamos Mimet y yo frente a frente, a mi lado Pepe, frente a él Nuria, la amiga de Mimet residente en Berlín desde hace 4 años y a su lado Carlos. La conversación es animada.

 

Mimet está eufórica. No se lo puede creer. Está cenando en un bohemio restaurante de Mitte con cuatro "intelectuales" que admira y que está orgullosa de haberlos reunido con su diplomático cariño.

 

Mimet de unos cuarenta años es del tipo Pulsatilla, amorosa, irradiando simpatía por todos sus poros. Cuando ríe muestra sus bien colocadas perlas blancas y la granatosa lengua que indican la combinación de la pureza de sus sentimientos con su habilidad diplomática. Casualmente trabaja en una embajada importante en París.

 

Como buena Pulsatilla vive para el amor, aunque teme, y con razón, a los hombres. Su vida no es fácil: su trabajo en una delegación diplomática le obliga a respirar la atmósfera enrarecida por precauciones difícilmente compatibles con su personalidad extrovertida, con su amor apasionado, libre, casi impúdico.

 

Carlos también es un personaje fácil de describir. Su atuendo, un traje oscuro aunque desenfadado, exento de corbata y zapatos de gamuza, su pelo negro, largo, y, hasta cierto punto, bien cuidado, rizado pero no demasiado indica una personalidad caviladora y optimista.

 

También su risa es continua. Pide un plato con carne roja y lo carga de especias. Bebe cerveza abundantemente. Le gusta la conversación y la polémica. En el diálogo después de la película ha intervenido dándose a conocer con su nombre y apellidos. Su narcisismo es evidente.

 

A la salida del restaurante el aire primaveral invita a pasear. Me despido de mis ya amigos con los abrazos y besos de rigor y camino lentamente respirando hondo como no lo hacía desde hace meses porque el clima me lo ha impedido. Esta noche es mágica... como tantas otras si las podemos saborear.


                                                              Johann R. Bach

12 ene 2015

Arrancaron de tu seno los hijos a los que tu egoísmo se negaba a dar la luz,

90. tris. Diseccionando retratos en la alfombra

 

  • Diarrea causada por el miedo

GELSEMIUM 200 CH

  • Dolor de vientre con espasmos

CAULOPHYLLUM 200 CH

 

A pesar de lo ocurrido

ambos volvieron a dormir juntos aquel largo fin de semana de un marzo interminable. Aquel sábado, sin salir de casa, tomaron una comida ligera. Sentada en un sillón bajo el altillo-refugio Julia sentía como la oscuridad avanzaba deslizándose por la tarde y, en la penumbra, intentaba rechazar los besos de su amante porque ya sentía hacia él la indiferencia de Sepia.

 

Sin rendirse, su Niko se arrodilló entre sus piernas

y con la boca pegada en su pubis echaba el cálido aliento a través del negro pantalón. Tampoco esta vez pudo Julia evitar el orgasmo. La inesperada sensación de ese soplo de vida, entrando por su vagina, volvió a sorprender su sensibilidad.

 

A punto de cumplir los sesenta y cinco

Julia descubre todo un mundo de erotismo inimaginable. La alfombra fue testigo de cómo su cuerpo se deslizaba desde el sillón hacia el mejor de los mundos: el de la fantasía.

 

Pero la decisión 

de acabar su relación amorosa continuaba siendo tajante. Cree que ese apasionado amor le conduce a una situación peligrosa para su posición en Berlín.

 

Cree que ha echado raíces,

y, confundiéndolas con la hojarasca que la rodea, se ve atrapada, pero sabemos que Sulphur ve finas telas donde sólo hay harapos. Julia es así.

 

El rejuvenecer no le sienta bien.

El vigor de su sexo junto al de su amado le causa más desazón que los años. Ha escogido entre el dulce envejecer y la inestabilidad apasionada de la juventud. Lo primero es una opción como otra cualquiera, aunque le cause dolor a su amante. De joven ya abandonó a un apasionado amante porque no tenía muebles. ¿Por qué no hacerlo ahora otra vez?

 

Ya sola con sus problemas

me llama para consultarme si hay algún remedio para cortar la diarrea. Realmente lo que tiene Julia es miedo. Su envejecer no será dulce como lo planea.

 

El amor de su vida

le ha descubierto un mundo de vértigo, donde la imaginación puede provocar decenas de orgasmos en menos de 24 horas; su hijo Peter se encuentra, a causa de la medicación antidepresiva de síntesis, en una situación de amodorramiento;

 

su hija Eloisa no acaba de superar su inseguridad

ante los estudios –su ascensor social-, sufriendo espasmos o convulsiones con dolor agudo en el vientre durante la regla; ya tiene prisa por casarse con Martinez o con cualquier otro Martin que tenga muebles.

 

¡Pobre Eloisa cuando descubra

algún día que su madre la empujó al matrimonio sólo con la intención de librarse de ella!

 

La situación económica de Julia se tambaleará,

pero su dignidad no le permite enseñar el culo; prefiere cerrarle a su amante las puertas de su casa antes que recurrir a su ayuda. Ayer mismo propuso comprar facturas falsas a su amiga Laura para evadir parte de impuestos.

 

Cuando Julia piensa,

hace o deniega socorro no es pecado, ni falta, ni delito. El código penal es para los amantes masculinos pobres, no para las princesas como ella. Esa es la democracia y honestidad del mundo que pretendemos construir. Y nos extrañamos que nuestros hijos no quieran seguir nuestra educación, nuestra cultura…

 

Por si fuera poco, sospecha Julia que su amante,

el hombre de su vida, la engaña con Agata, la mujer de la limpieza a la que ha sorprendido más de una vez besándole en la boca a modo de saludo.

 

Agata es polaca,

joven de muy buen tipo, delgada, y habla perfectamente francés por lo que no es de extrañar que sus relaciones con el intruso sean algo más que besos, en tantos y tantos días que se quedan solos, Agata y él trabajando... en la cama, detrás del ordenador, con una fácil penetración en una vagina diáfana distinta de la estrecha y dolorosa de Julia.

 

Claro que todo eso puede ser fruto

de la imaginación de Julia y puede que su amante sea el más fiel de los humanos. Así es Julia. Ella misma dice que su amante hace cosas que dan a entender … Por eso ha destruido, más que borrar, el teléfono de Agata. Esos cafés preparados diligentemente por su amante para Agata…

 

 

Sus cicatrices no concuerdan

 

  • Cesárea en los partos

PLATINA 200 CH

  • Corte limpio de bisturí

STAPHISAGRIA 200 CH

  • El egoísmo

SULPHUR 30 CH

 

Arrancaron de tu seno

los hijos a los que tu egoísmo se negaba a dar la luz, mediante una herida practicada en tu bajo vientre.

 

Muy distinto de la vocación familiar

de Margarita tu amiga y admiradora, que con el calor preciso de sus entrañas y el tiempo justo crió, una tras otra, tres perlas a pesar de que su marido siempre la minusvaloró; aunque no llegó nunca a abandonarla oficialmente.

 

Tus cicatrices Alexandra,

indican partos tardíos y difíciles desde el punto de vista físico, pero psíquicamente también existe un negarse a desprenderse de los frutos del amor.

 

¿O acaso tampoco fueron frutos del amor?

La sociedad se encarga de arrancarlos aunque sea a la fuerza. Quizá si te hubieran amado después de los alumbramientos tu vida hubiera sido más dichosa.

 

    ÚLTIMOS DIAS EN FRIEDENAU     

    20 – 29 DE MARZO DE 2010

                                                                 Johann R. Bach

 

como en una película del oeste aprietas las mandíbulas.

AMOR DILUIDO EN LA AURORA

 

Imagina que entras en tu conciencia:

acaba de amanecer, como en los cuentos, aunque con el lógico cansancio de un tormentosa noche,

 

sobre una playa en verano

y de repente sientes curiosidad por saber más y, como en una película del oeste aprietas las mandíbulas.

 

Ya no hay confusión:

el amor se ha esfumado con la aurora y el silencio ahoga los latidos en el pecho.

 

No puedes expresarte frente a nadie

Ya no formas parte de un tándem.


                                                                     Johann R. Bach

Cabizbajo y con las solapas del anorak subidas caminó lentamente sobre el hielo de la calle

Hace de cada esquina un andén

 

•         Tristeza por amor no correpondido

          PHOSPHORICUM ACIDUM 200 CH (en la juventud)

          CAUSTICUM 200 CH (en la vejez)

 

Cuando su amante llamó al timbre 

a las nueve de la mañana, Julia no quiso abrir la puerta. El pulsó el timbre otra vez. Ella más indignada que tozuda simuló estar ausente y no respondió a la llamada del hombre de su vida.

 

Cabizbajo y con las solapas

del anorak subidas caminó lentamente sobre el hielo de la calle, giró la esquina de la Moselstrasse mientras el aire frío se estrellaba en sus enrojecidas mejillas. Las lágrimas fluían por la pena de no tener noticias de Julia desde hacía dos días.

 

Ella no contestaba las llamadas telefónicas.

Fingió no haber oído el teléfono. Seguramente estaba reflexionando como librarse de su amante.

 

Él, sintiéndose abandonado,

se dirigió al garaje de la Moselstrasse para cerciorarse de que el coche de Julia no estaba aparcado en su sitio. Ella adivinó sus movimientos y antes de que hubiera abierto la cancela de madera y descubriera que Julia estaba en casa y no quiso abrir la puerta, lo llamó por teléfono.

 

¿Qué quieres? Fue la pregunta

que con un tono de mujer despechada lo abroncaba para evitar que su amado le recriminase su actitud como hacen los Nux vómica, que sintiéndose culpables, simulan un enfado sin consideración para ocultar su mal proceder.

 

Su corazón estaba alterado,

porque Julia se siente como si hubiera cometido un crimen. En realidad sí está cometiendo un crimen al encerrar en una clínica psiquiátrica a su hijo, ya que nunca más saldrá de esa cárcel; porque allí le cuidarán a cambio de que puedan experimentar en él nuevos fármacos.

 

Peter, poco a poco,

irá apreciando a sus cuidadores se sentirá cómodo en su "hotel" y Julia también; mientras nadie se lo recuerde. Cuando salga de esa clínica arrastrará ya para siempre su cualidad de "handicapé" (disminuido) Veremos que dicen el padre de Peter o Eloisa, su hermana.

 

Luego lo llamó. Le dijo:

Ahora tengo que salir y no tengo tiempo para nada. Son las escusas de un Nux vómica para zafarse de una situación engorrosa. Realmente huye de un escenario adverso como hace Sepia. Julia necesitaba argumentación sólida para justificar su actitud y no la tenía.

 

Pasó la mitad del día

revolviendo papeles, telefoneando a personas que pudieran conocer algunos hechos que poder recriminar. En el maletín de cuero de su amante encontró un sobre con siete mil euros: he ahí el cuerpo del delito.

 

Pensó a la velocidad del rayo:

nadie podrá probar nunca que ese dinero estaba ahí. Había que urdir un plan para quedárselo.  

 

Citó a su amante a las siete

de la tarde para ir a cenar a la "Trattoria del Corso",  reputado restaurante italiano de la Reihnstrasse, frente a la gasolinera Aral. ¡Bonita costumbre la de invitar a cenar al amante como despedida!

 

Él llegó antes y ajeno a la bronca

que le esperaba pidió una mesa para él y para la Dama de sus Sueños. Los camareros, lejos de reírse, saludaron con simpatía el cumplido. Encendió las cálidas velas de la mesa.

 

Ella llegó con el semblante frío,

serio y durante toda la cena criminalizó todos y cada uno de los actos de su amante y los de sus hijos y amigos; en cada comentario añadía un insulto o una acusación.

 

Le entregó dos cajitas

de medicamentos a modo de maleta en la puerta. El resto de vestuario,

libros, medicinas y el dinero dentro del maletín quedaban en depósito como garantía de que abandonara el piso de Fregestrasse.

 

Avergonzado y triste,

él entregó sin mediar palabra el duplicado de la llave del Mercedes de Julia. Deseó que la fría noche se lo tragara arrastrándolo como una marea baja.

 

Incomprensiblemente Julia

no fue directamente a su casa después de encerrar el coche en el garaje. Fue paseando mohínamente hasta alcanzar el 33 de la Fregestrasse. Llamó al timbre y él le abrió la puerta del inmueble. Subió lentamente pisando suavemente la alfombrada escalera.

 

Él solamente dijo dos cosas:

¿por qué has venido? ¿No ves que así lo haces todo más difícil? Se abrazaron en el enorme sofá blanco en silencio y después de largas caricias él preguntó lo obvio: ¿Quieres dormir esta noche conmigo? Ella asintió.

 

Después de largas horas de amor

ella balbuceando dijo: es la segunda vez que duermo en esta cama. Simuló seguir amándolo por miedo. Realmente estaba cometiendo un crimen. Se estaba asegurando de que su amante estaba bien muerto. Lo remató.

 

Por la mañana volvieron a Dirkhardtstrasse.

Julia preocupada por hacer creer a su amante que realmente le preocupaba su hijo Peter, le llamó pidiéndole un medicamento para la intoxicación de los antidepresivos que le estaban dando en la clínica donde lo había internado, medicamento que no le administró porque realmente Julia no quiere que su hijo se ponga bien.

 

Es una coartada para consumar

con más perfección su crimen. Esperaba pacientemente un viaje de su amante para preparar un segundo asalto porque le habían faltado fuerzas en el primero. Aquel domingo fue especial. Durante la noche hicieron el amor hasta el amanecer.

 

Luego al despertar volvieron a juntar

sus desnudos cuerpos porque ambos sabían que eran los últimos alientos de un amor moribundo; rectifico, ya muerto. Ambos interpretaban su papel.


                                                         Johann R. Bach

11 ene 2015

PLATINA O EL COMPLEJO DE JEZABEL (POMPOSAMENTE ADORNADA)

 
90 bis.  Una más que te observa en microscopio

  • Orgullosa y altanera de caderas estrechas
  • Complejo de inferioridad camuflado
                                 PLATINA 

En la Moselstrasse vive "la tigresa"
apodada así no porque sea una felina gata sino porque es la mujer del Tigre. Mujer con una cabeza enorme en tamaño y unas caderas estrechas como su garganta. Siempre viste cubierta hasta los pies, seguramente para tapar su figura y su desconfianza.

Ve a todos como seres inferiores
y su perfeccionismo y preciosidad en el lenguaje no es más que el cultivo de su altanería durante largos años. Desaconsejó mi amor desde el primer momento porque me vio como una persona de bajo perfil. Ha estado agazapada esperando este momento para mostrar su posición contra mí. Me negó el beso. Actuó con sinceridad. Realmente creo que envidiaba nuestro apasionamiento.

De sus ojos sale una sexualidad extrema
que nadie puede colmarla porque su creencia de partida es la de una mujer endiosada y siente menosprecio por todo y por todos. Su complejo de inferioridad se manifiesta en un vestir decimonónicamente largo hasta los pies para no enseñar ni los tobillos y un estreñimiento pertinaz; sobre todo cuando viaja. Quiere brillar por encima de todos.

                                                                 Johann R. Bach 

El amor tiene algo de generosidad porque siempre hay algo más y nunca se acaba del todo.

Capítulo 90. ÚLTIMOS DIAS EN FRIEDENAU  (I)

 

  • Enamoramiento en una persona madura.

 

                               CAUSTICUM 200 CH

 

El amor tiene algo de generosidad

porque siempre hay algo más y nunca se acaba del todo. Algo indefinido que nos inclina a ir más allá de lo razonable o mejor dicho, de lo socialmente correcto.

 

Esa trascendencia

hace que cuando una pareja rompe sus relaciones, se buscan afanosamente razones de peso para ello; se exagera el mínimo detalle atribuyéndole un papel capital. Se busca acusar al otro de los crímenes más abyectos.

 

Julia no es una excepción.

 

Repaso lo que escribió su amante

cuando se trasladó a Friedenau:

 

…Tienes que saber que cuando te separas de mí

me siento abandonado,  sin fuerzas para seguir adelante aunque la soledad me libera en cierta medida de mis obligaciones. Comprendo que hay que trabajar y proseguir con las actividades habituales porque somos seres libres.

 

Yo soy y me siento libre y

deseo que tú también te sientas así.


Yo, por mi parte,

aceptaría cualquier situación que tú me enmarques porque te has hecho merecedora de un lugar en mi corazón y no quiero que te sientas obligada a nada. Ese lugar que en mí ocupas puede crecer  y desplazar otros sentimientos haciéndome olvidar parte de las heridas de mi alma o, por el contrario, perder fuelle y deshincharse hasta la desaparición (cosa que no deseo). 


También quiero decirte

que agradezco tus atenciones, que me gusta tu forma de pensar, que tu ternura me colma de satisfacción y que por ello que me siento tan bien cuando estoy a tu lado, de forma que me haces ver que la vida puede ser bella. Me tranquiliza tu conversación; fluyen mis deseos cuando me miras.


Por otro lado, también conozco las dudas

que tienes respecto a mí, pero yo soy así, con mis debilidades, con mi problemática psíquica que indica que aún no sé lo que quiero, porque he vivido en una cárcel de cristal de la que es difícil escapar sin ayuda de la imaginación.

 

No me importan tus actividades sociales,

religiosas, familiares o aventuras amorosas que puedas tener en tu Camino de Santiago o al lado del Camino.

Si tú has de ser el amor de mi vida,

te aceptaré como eres o como puedes ser. Siempre he soñado con un amor por encima de cualquier barrera y ahora que puedo haberlo encontrado no voy a ser tan estúpido como para poner condiciones: te quiero, te deseo y me entrego con las reservas propias de tu juvenil corazón. Besos, besos, besos y hasta luego….

 

Al releer esas palabras

que un día le salieron del corazón del amante de Julia, veo que efectivamente estaba enamorado y se entregaba generosamente. Demasiado generosamente. Siguiendo lo anotado en mis cuaderno de notas encuentro su última carta de amor.


                                                      Johann R. Bach

¿Cómo no comprender a esa señora que a sus 60 años lo ha perdido todo?

Cap 89 de La Chica de Kiefholzstrasse 


  • Coma etílico              OPIUM C 200
  • Traumatismo moral   ARNICA C 200

 

Ayer fui a la Trattoria del Corso,

uno de los más encantadores restaurantes italianos de Berlín, en la Rheinstrasse; en la puerta quedaba solo una mesa redonda y alta en la que dos camareros estaban fumando un cigarrillo. Estaban devorando un par de minutos a la fresca brisa, fuera del agobio propio del trabajo.

 

El resto de la hermosa terraza

estaba ya recogida aguardando a que el sol de los próximos días pueda marcear sobre el cielo de Berlín. Las luces de toda la fachada ya estaban apagadas y no me percate que en la entrada, justo al lado de la puerta había alguien más.

 

Mi atención sobre los dos camareros

se interrumpió de golpe al oír un ruido sordo, rápido, inesperado, incomprensible, como algo que rozo la pared. Los tres, camareros y yo, giramos la vista hacia el lugar de donde procedió el ruido. La primera impresión fue la de ver caer al suelo un fardo oscuro y pesado.

 

Era una señora envuelta

en un largo abrigo de cuero que apoyada en la ventana pasaba desapercibida gracias a la penumbra del rincón y a la negritud de su atuendo.

 

La caída fue brutal:

sus gafas se hicieron cisco, el cigarrillo que estaba fumando seguía ardiendo, consumiendo oxígeno; en el suelo, la cara acusaba el golpe, los ojos idos; un fino hilo rojo salía de su nariz; nos lanzamos los tres en su socorro.

 

Uno de los camareros entró al interior

de la Trattoria para pedir ayuda; el otro camarero y yo permanecimos sujetándola lo más suavemente que pudimos. No recobraba el conocimiento, el olor de alcohol parecía indicar que era una SDF, lo que los franceses llaman eufemísticamente una persona "sin domicilio fijo" o lo que en Alemania se conoce como "los sin techo".

 

Sentí pena sin consuelo posible;

mis ojos querían llorar. Mi impotencia ante esa situación era total; ni siquiera llevaba conmigo el botiquín de urgencias en mi zurrón; le hubiera dado Opium para despertarla de ese terrible letargo que produce el vaho etílico y luego árnica para darle coraje para resistir el golpe menos físico que el moral de abandono (árnica es la margarita abandonada a las inclemencias del frio y viento de alta montaña).

 

Pero siento que no tengo una medicina

que pueda paliar la falta de cariño. El amor es insustituible como medicina para el alma. Me horroriza pensar que esa persona podría ser yo, o cualquiera de mis amigos, en un futuro no muy lejano.

 

¿Cómo es posible llegar a eso?

¿Cómo se puede llegar a un estado de tal soledad? ¿Cuántos millones de "SDF" o mendigos hay en Europa? ¿Cuántos de ellos necesitamos ver desplomarse física y moralmente ante nosotros para comprender que somos frágiles? ¿Cuántos minutos dedicamos al día a pensar en ellos? ¿Qué tipo de atención, oración, ayuno o acción les dedicamos?

 

                             "Avive el seso dormido y

                              despierte el alma dormida,

                              contemplando

                              cómo se pasa la vida,

                              cómo se viene la muerte,

                              tan callando".

 

Son palabras del poeta Manrique.

Muchos de nosotros nos creemos muy fuertes, creemos que esa situación nunca nos va a llegar porque nos sentimos ricos, tenemos seguros, dominamos a nuestros hijos, parientes, amigos y vecinos y les imponemos nuestra voluntad para que hagan lo que nos conviene a nosotros hasta que, de mayores, nos asesten el golpe definitivo en el momento en que nuestras piernas ya no nos puedan mantener en pie, cuando la cerviz esté a punto para la guillotina.

 

¿Cuántos ancianos tienen miedo

de ir al lavabo en una gasolinera por miedo a que sus bienaventurados hijos los abandonen? Seguramente esa señora tendrá hijos, sobrinos, hermanos que, resentidos, le habrán negado el pan y la sal. Secretamente han esperado ese momento para culminar una ansiada venganza que, al igual que un postre en verano, se sirve en plato frio.

 

Muchos de ellos alegaran

que era una alcohólica, una drogadicta, etc. Esa forma de pensar es la misma que la de aquellos que abandonan a niños que no son ni alcohólicos ni drogadictos ni tienen nada que se les pueda achacar.

 

Ante esa escena,

yo esperé una llamada de mi Esperanza que no llegó. Esperaba con alegría un ven a buscarme; un no vengas que ya hay alguien que me acompaña a casa; nos veremos mañana; un te llamo mañana. Entrando en mi ordenador pasada la una de la mañana y con lágrimas en los ojos leí una poesía de despedida.

 

Durante todo el día siguiente

la llame por teléfono sin resultado alguno. Con el alma en vilo y pensando que pudiera haberle ofendido llame a su puerta dos veces como el cartero. No me abrió. Con el peso del frío de la mañana en mi alma volví a sentir la sensación del abandono.

 

No tengo amigos

en quien pueda apoyar mi cabeza. Todos los conocidos son amigos y amigos de los amigos de mi Esperanza; mis alimentos son el amor que puedo ir recogiendo a lo largo de mi vida de mis pacientes. Perdiéndolo, lo he perdido todo.

 

Nada podría sustituir el amor

que hasta hoy tenía. ¿Cómo no comprender a esa señora que a sus 60 años lo ha perdido todo?

 

No tengo medicina alguna

para el desamor. Solo quisiera que todos aquellos que buscan cobrarse una afrenta, una deuda, un crimen que achacarle a esa señora la perdonen. Y antes de que ande sus últimos pasos no se olviden de que ella también fue niña...


                                                              Johann R. Bach

10 ene 2015

Aún de regreso no me conformaba con haberte perdido por mi incapacidad de estar a la altura que mereces.

Capítulo 88 de La Chica de Kiefholzstrasse

·      ÚLTIMA CARTA DE AMOR

         

Llegamos a París
como auténticos turistas despistados, como jovenzuelos inexpertos en esas lides. Nos dirigimos a la garita de Europcar donde esperábamos tomar posesión del utilitario Clío para movernos por las calles de esa hermosa y alegre ciudad.

Por error en los trámites del arrendamiento
no nos pudimos hacer con el vehículo. Decepcionados y cabizbajos cruzamos la nevada calle por donde transitan los taxis i subimos a un autobús que nos llevó a Paris.

En el autobús nos pusimos a comer
unos bocadillos con unas hamburguesas que desprendían un fuerte olor a cebolla. Dos personas que se habían sentado delante nuestro al sentir el olor de la comida, se levantaron buscando otro acomodo más aséptico. Nos tomaron por pordioseros.

Reímos durante todo el trayecto hasta l´Etoile.
Desde allí tomamos un taxi que nos llevó a la Rue de Batignoles. Dejamos las bolsas de viaje en el hotel y salimos a tomar un café en la misma calle frente al Hotel de Ville. Disfrutamos observando cómo, a pesar del frio, había bohemios que leían o escribían en la terraza a la tenue luz que atravesaba el enorme ventanal del bar.

Al día siguiente salimos con ansias
de ver el ambiente del París cotidiano. Fuimos casi en línea recta desde el Boulevard des Batignoles hasta el Magenta recorriendo el Bd. de Clichy y el Bd.  Rochechouart pasando por la Gare du Nord. Allí descendimos hasta alcanzar el metro que nos condujo a la Place Saint Michel.

Pasamos por la calle
que empieza en Gibert Jeune donde unos inesperados rayos de sol acariciaron nuestros rostros. En medio de la marabunta de gente que hay en ese rincón de Paris, asombrosamente, encontramos un bar restaurante pequeño, limpio, tranquilo… "chic".

¿Recuerdas?
¿Aquel té mezclado con el sabor del gengibre? El maravilloso rincón entre la escalera de caracol y el ventanal volcado hacia la tranquila calle de Hautefeuille. Ese día lo completamos con la visita al museo de los impresionistas y con una crema de verduras en "Le Mistral", el bar más "chic" de Châtelet.

Allí nos sentimos arropados
entre gente amable y amazonas. Aun éramos felices, mirándonos a los ojos al igual que al día siguiente que nos deleitamos comparando paradas del mercado de los sábados del Boulevard des Batignoles después de una noche de pasión como muchas otras.

Volvimos después de visitar el Bd. Diderot
y la Place Nation pero ya nuestro silencio no presagiaba nada bueno. Empezamos una discusión sin principio ni fin que dio al traste con nuestra enésima luna de miel.

En París me sentí impotente
por no poder comprenderte. En la última noche que pasamos juntos en la Rue de Batignoles te pedí perdón hasta cinco veces, te acaricié el pelo con toda la pasión que sentía, te besé con toda la dulzura que pude, te amé mientras lo quisiste.

Me dijiste entre besos y lágrimas
que no me abandonarías. Todo fue inútil. Al despertar lo real se mostró con toda crudeza y se impuso al amor que en la oscuridad de la habitación nos embriagó.

La sensación de abandono
iba calando en mi corazón. Mis esfuerzos por sobreponerme y reanudar mi habitual ternura hacia ti no conseguían que me miraras con los ojos de siempre. Te he defraudado lo sé; no soy como tú me querías ver ni me quieres ya como puedo ser.

Demasiadas virtudes has cosechado
para poder acoger a este humilde corazón cargado de defectos y agrias malformaciones creadas por una vida llena de frustraciones y abandonos, cuando todo parecía que podía rodar con suavidad.

El lunes fue un día gris
en el que no cruzamos apenas más palabras que las obligadas. Por la noche no quisiste ir a Chaplin a charlar un poco, me concediste ir el martes. Allí tomaste tres tónicas en lugar de la que acostumbras a tomar por obligación y yo, dos medios dedos de licor denominados copas en Berlín.

Un rayo de esperanza
apareció en mi rasgada alma al verte sonreír cuando te señalaba con el índice tu busto. De repente la tormenta cayó de nuevo sobre mis esperanzas. Me dijiste lo más duro que se le puede decir a un amor:  que te había decepcionado.

Aún de regreso no me conformaba
con haberte perdido por mi incapacidad de estar a la altura que mereces. Al llegar a casa después de atravesar la gélida Moselstrasse, el hielo entre nosotros continuaba atenazando nuestras bocas y nuestras manos.

No dormí en toda la noche.
Contigo al lado, con tu cuerpo casi rozando el mío te noté distante y fría. Al tomar tu mano la note inerte e indiferente. Las lágrimas me caían hasta mi pecho desnudo. Tu sueño impidió cualquier clemencia.

Siento como rechazas mis cuidados,
cómo tu alma niega toda ayuda que yo pueda ofrecerte y que tu cuerpo está menos resentido que tu amor propio. Con razón o sin ella, deseas estar al margen de mi medicina y de todo aquello que escasamente tengo.  Deseas reflexionar sobre tus ideas y yo tengo que aceptarlo así, pero no puedo evitar la tristeza de ver como sustituyes la decepción que te he causado por una indiferencia civilizada.

Ayer me dijiste que te había decepcionado.
Has soñado que se te habían caído los pasteles que con tanto anhelo habías hecho durante horas (¿días? ¿semanas? ¿meses?); apenas abriste los ojos me lo contaste. Los pasteles te habían caído al suelo como mi imagen.

Te he despertado con un café
en la mano y con mis caricias en tus pies intentaba besar tu alma. No sé cómo tengo que comportarme para que me perdones, para que vuelvas a decirme que no me abandonarás.

Esta noche ni siquiera podré oír
tu respiración cuando duermas. No he sido capaz ni de pedirte un beso de despedida. ¿Puede haber mayor desolación que eso? Aun así te deseo felices sueños y sé que por lo menos dormirás acompañado por los tuyos entre los que nunca debí haberme entrometido.

Ahora que siento que te he perdido
te agradezco infinitamente los meses de amor que me has regalado. Nadie me ha querido como lo has hecho tú. Quizá por eso haya llegado el momento final. Me siento distante y como diminuto  punto en el firmamento.

                                                                                 Elisa


9 ene 2015

Llamemos, por ejemplo, a la inocencia zapato con suela agujereada;

UN SIMPLE ENTRETENIMIENTO

 

Si tenemos dificultad

para entender cómo evoluciona nuestro pensamiento

 

rebauticemos las cosas

con palabras surgidas de la soledad.

 

Llamemos, por ejemplo, a la inocencia

zapato con suela agujereada;

 

a la perplejidad,

habitación de pensión alquilada por horas;

 

al no tener forma de huír (escapatoria),

once y media de la noche;

 

a la indecisión,

un tren detenido en mitad de un túnel;

 

a la vergüenza,

una monja en un ascensor lleno de gente;

 

y a la paciencia,

cualquier palabra distinta de Job

(pues ya está cogida para decir empleo)

 

                                                                    Johann R. Bach

8 ene 2015

el deseo, mano de hierro, que mantiene el timón,


EROS

Todo sucede
como si descendiera del brazo de los pulpos el armazón, la carne y las costillas del navío que vuela sobre las volutas de la tormenta:

es la permanencia del deseo;
el deseo, mano de hierro, que mantiene el timón, ferozmente lanzado hacia las playas de las ligeras lanas de tu vestido.

Arrodillado
-con música de jazz en mis oídos- entre tus piernas como el centauro Quirón

mis ojos de té –entornados-
descendían como un imán al centro más ardiente de tu cuerpo. 

                                                              Johann R. Bach