1 may. 2016

Los labios, finos, estaban suavemente veteados de densas arrugas verticales


AGNÉS LA PROFESORA DE INGLÉS

El consuelo que Cassia le dispensaba a Agnés
se mostraba insuficiente y por ello la joven profesora se volvió a encerrar en su habitación. Recurrió a una estratagema que había utilizado muchas veces para tranquilizarse: dibujó con la pintura roja de un pintalabios un círculo sobre el espejo de la puerta del armario.

Se miró intencionadamente
en aquel óvalo del espejo en la puerta de caoba, abriendo sus brillantes ojos sin lágrimas. Autorretrato. Un autorretrato en el que se mostraba cautelosamente atenta, flaca, no muy alta, de nariz estrecha y boca burlona. Su largo y abundante cabello oscuro, aunque con brotes rojizos.

Sus ojos eran rasgados y de color negro,
y refulgían bajo sus cejas triangulares. Su tieso mentón era limpio y redondo y (quizá también) algo pequeño. Hondos arroyuelos que nacían a ambos lados de la nariz discurrían hasta más debajo de los labios lo que indicaba una cierta discrasia grasa y justificaba su frilosidad.

Los labios, finos,
estaban suavemente veteados de densas arrugas verticales –denominado ese detalle eufemísticamente "código de barras". Detrás de su cabeza, los rombos brillantemente iluminados del papel de la pared descolorida colgaban como el traje raído de un arlequín.

Apaciguada por la creciente embriaguez
al ver su propio rostro relajado, Agnés apagó la luz, descorrió luego la cortina por la parte del radiador eléctrico y abrió la ventana. Una desbordante oleada de olor a almendras amargas irrumpió con el aire frío y húmedo de la calle, donde el radiador apenas había logrado rematar ningún cambio en la frialdad habitual. Sacó una mano hacia la noche en calma y creyó sentir una tenue lluvia brumosa.

Escuchó.
Persistía un sonido espantosamente familiar: el murmullo de las gotas de agua del tejado al caer sobre el balcón. Las nubes debían haber cubierto por completo el cielo privando a la noche de su luna. Cerró la ventana y se desplomó sobre la cama y se quedó profundamente dormida al instante, dejando encendido el radiador. Cuando despertó por la mañana, alguien lo había apagado.

                                                        (de la novela "Dibujos y Paisajes de Cassia")
                                                                                      Johann R. Bach.

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