6 may. 2016

Los colmillos no eran de marfil, sino de plástico aunque su color estaba bien logrado;


PRIMER DÍA DE FIEBRE

Aquella fue una noche terrible.
La fiebre se había apoderado de mi hipotálamo. Los gases aprisionados en gran cantidad en mi vientre eran los responsables de la sensación de volar. Me desperté varias veces. En todas y cada una de ellas la angustia era patente; sólo la presencia de Clara en mitad de aquellos sueños alucinantes me tranquilizaba. Recuerdo perfectamente que, como si todo hubiera sucedido realmente, Clara y yo nos elevábamos a gran velocidad y París empequeñecía con la distancia y se iba difuminando tras una niebla gris.

Rápidamente, nuestras miradas abarcaban espacios mucho más bastos. Extensiones azules y verdes, rectángulos amarillos atravesados por los hilillos de los ríos, nubes de algodón cubrían pueblos del tamaño de una mano que de no ser por el dolor abdominal podría haber sido un sueño fantástico y en cierto modo placentero.

Para no marearme le pedí a Clara volver a la cama
como queriéndome asir a la tierra del planeta. Me retiró, distraída el termómetro de la axila y lo miró después de voltearlo varias veces para ver la rayita de mercurio. "Marca diecisiete grados –me dijo-, de seguir bajando pronto llegarás a la temperatura de solidificación del agua; es decir, a cuatro grados, pero no temas las sustancias alcohólicas de la sangre impedirán su congelación".

No pude pensar demasiado en aquella afirmación de Clara pues la habitación estalló en pedazos tras una explosión seca. Las paredes y el techo desaparecieron, y, la sensación era como si estuviéramos  rodeadas por el océano de aire gélido sobre una montaña del color del cadmio. Aún no había reflexionado sobre aquella situación cuando me vi sobre el lomo de un inmenso elefante de trapo, cosidas sus orejas con hilo de oro. "El paisaje –me decía Clara- se parece al pirenaico, concretamente a la Pica d'Estats". La montaña, en efecto, un pico rocoso afilado como una cuchilla y en sus laderas las tarteras abundaban. Un poco más debajo de la cumbre unos pequeños lagos alegraban el paisaje sobre unas mesetas que verdeaban junto al gris pizarra de las rocas.

Alucinante, inaccesible para alguien que no fuera Clara, el elefante en la cima se alzaba sobre un mundo plano, adivinándose a través del aire transparente como si estuviéramos metidas en una botella azul. Los colmillos no eran de marfil, sino de plástico aunque su color estaba bien logrado; la trompa enhiesta le daba al animal de textura blanda un aspecto belicoso y real.

Arremolinadas sobre la cama, con las manos entrelazadas, no nos cansábamos de contemplar el mundo. Porque desde las alturas veíamos con una claridad absoluta, a pesar de la distancia todo lo que deseábamos ver en la tierra. Contemplábamos un pueblo entre olivos y veíamos su iglesia blanca, antigua, con un campanario de hojalata y sobre la hojalata veíamos un gato que dormía hecho un ovillo. En otro lado, junto al mar, en una taberna, veíamos una mesa con cuatro jugadores de cartas como escapándose del calor del verano y apreciábamos incluso los hilillos de tabaco quemado que escapaba de la pipa que un marinero –con el mandil, pues había ido allí solo a fisgar- fumaba lentamente. Era como si quisiéramos volver a Cadaqués.

Veíamos barcos, como naves helénicas detenidas sobre el mar esmeralda como si estuvieran descansando ante un horizonte interrogativo. En la cubierta de uno de ellos, dos marineros zurcían sus calcetines de algodón. En la playa un cura que acariciaba la pierna de una feligresa, mientras una urraca contemplaba, entre las blancas gaviotas, desde el borde de su cochecito a un bebé y a una mujer pintándose los labios. Cerca de aquella urraca distinguíamos a un juez que miraba sardónicamente al acusado y a un cirujano que le extirpaba un diente a un caballo con ayuda de unas vulgares tenazas. Mirando la escena con curiosidad unos niños se compadecían del caballo.

Aquella fue una noche terrible. La fiebre se había apoderado de mi hipotálamo. Los gases aprisionados en gran cantidad en mi vientre eran los responsables de la sensación de volar.
                                                                                                                                                                                                                             Johann R. Bach

1 comentario:


  1. XANA GARCÍA
    16:35 (fa 19 minuts)

    "Arremolinadas sobre la cama, con las manos entrelazadas, no nos cansábamos de contemplar el mundo. Porque desde las alturas veíamos con una claridad absoluta, a pesar de la distancia todo lo que deseábamos ver en la tierra.... Era como si quisiéramos volver a Cadaqués.. "Este viaje alucinante lleno de imágenes y metáforas surrealistas hay mucho más de realidad que de fantasía terrorífica.Acaso no vivimos en un mundo plano de globalización plástica,de sentimientos de plástico.No sé tal vez me equivoque en la percepción de tu relato ,ya antes leído e interpretado de manera diferente pero sentido con el mismo desasosiego.

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