28 mar. 2016

De un salto me coloqué encima de la lámpara y su calor subía por mis patitas como rayos


EL ELIXIR DE LA JUVENTUD

Hoy os voy a contar
cómo descubrí el elixir de la juventud. Ya sabéis que una araña narradora siempre tiene cosas de las que hablar.

Fue en un día gris
de esos que parece que el sol tiene dificultades para colar sus finos hilos de luz entre las nubes. Sólo a pequeños intervalos lograba colar algo de luz plateada a través de la niebla. Emilia intentaba escribir algo sin éxito. Se levantaba, iba a la cocina, abría la nevera, la volvía a cerrar sin coger ningún alimento ni bebidas frescas.

Ya me había llamado la atención
verla cómo se sentaba de espaldas a la corriente de aire mientras ventilaba la habitación pues en aquella posición no podía ver paisaje alguno que no fuera el de un cuadro de Delvaux colgado en la pared a la altura suficiente como para levantar forzadamente la cabeza.

Deambulaba de un lado a otro
como si la tristeza le inundara poco a poco los poros de su grasienta piel. Finalmente, al parecer enfadada consigo misma, llamó al "Alquimista" sobrenombre de un viejo farmacéutico ya retirado. Aquel viejo acudió casi inmediatamente al requerimiento de Emilia. Su ropa olía a membrillo como si hubiera estado manipulando esa fruta o como si en su casa lo utilizara como elemento organoléptico para camuflar los olores de las sustancias trituradas con las que se familiarizaba. Iba acompañado de un pequeño can colocado en uno de sus grandes bolsillos dando la imagen de alguien que, a pesar de sus extravagancias, sabía lo que decía.

Casi sin decir palabra
el Alquimista observó el rostro de Emilia y, como el que ha descubierto ya el mal que la aquejaba. ¿Desde cuando tienes esa fisura en mitad del labio inferior? –le preguntó. Emilia corrió a mirarse en el espejo y, se asombró al ver que en efecto su labio inferior estaba hinchado y partido por la mitad. No sabría decirlo –contestó la escritora-, de hecho acabo de descubrirlo ahora mismo.

Te voy a dejar
a mi pequeño guardián –dijo el hombre- para que cuide de ti mientras voy a buscar agua de mar para cicatrizar esa herida que tienes en el corazón. El perrito comenzó a husmear por toda la casa como si de un sabueso experto se tratara. Yo, sentada cómodamente en mi telaraña de colores me alegré de que el animal de compañía fuera un perro y no un gato molestón. Al día siguiente el Alquimista regresó con una botella de vidrio de color topacio en la que en la etiqueta se podía leer "Aqua marina".

Con rapidez tomó con un cuentagotas
una porción del contenido de la botella y diluyó una sola gota en un vaso con agua de Vichy agitando con una cucharilla el agua. El líquido resultante era al principio turbio, lleno de burbujas flotantes en un movimiento circular desacelerándose. Al cabo de unos instantes, sin embargo, como levaduras empezaban a elevarse, en pequeños círculos de espuma diáfana, hacia la superficie, mientras en la parte baja del vaso aparecía una lente límpida y reluciente, intensa e hipnótica que crecía cada vez más. No sabía si aquella claridad subía hacia el borde del vaso o sí, por el contrario, las espirales de burbujas aterciopeladas, que parecían elevarse, descendía de hecho para disolverse en la luz.

Finalmente el agua cristalina, alquímica,
pesada, hialina llenaba todo el vaso, orlado en su superficie por los numerosos saltitos de las burbujas carbónicas. Desde entonces, en mi época cafeinomaníaca seguí siempre un ritual estricto: Mientras tomaba una taza de café iba contemplando fascinada el espectáculo de clarificación de una gota de agua de marina, de las espirales transparentes de las burbujas del gas carbónico que no dejaban de elevarse desde el fondo del vaso, creciendo en volumen a medida que ascendían a la superficie, sólo después empezaba a beber aquel elixir a pequeños sorbos.

Pero volvamos al momento
en que Emilia empezó a tomar aquella dilución de una gota de agua salada en un vaso de agua mineral. En efecto, Emilia mejoró. En tan sólo cuarenta y ocho horas volvía a ser la mujer jovial y alegre olvidándose hasta de sus años. Yo la observaba alucinada y como es natural, quise probar aquel brebaje "tan milagroso". Mientras Emilia estaba en el baño me descolgué desde la lámpara y comencé a beber a pequeños sorbos. Creo que habría bebido la mitad de una gota cuando sentí, al principio de forma subliminal, los primeros efectos.

Mi cerebro,
completamente virgen por aquel entonces, pues no conocía más que el vino tinto y el aroma de la nicotina, reaccionó ante aquel líquido místico con tanta fuerza, con un entusiasmo tan total, que pilló a mi cuerpo de araña delicada desprevenido. Empecé a sentir, simplemente, entusiasmo. De un salto me coloqué encima de la lámpara y su calor subía por mis patitas como rayos. Era un entusiasmo sin motivo, una felicidad sin causa externa, una especie de borrachera, parecida a la del éxito, que crecía a medida que pasaba el tiempo. No sé cómo será inyectarse una dosis de heroína, pero aquellos sorbos –y todos los que tomé después- de una dilución de una gota de agua marina, efectivamente, cicatrizaban las heridas del alma.

Durante los años siguientes,
cada vez que Emilia preparaba el elixir de la juventud, al primer descuido, me descolgaba del techo y llenaba mi cerebro de luz como si fuera un globo inflado con el gas carbónico del agua de Vichy; hacía que me elevara, que saliera de mí, azuzaba un deseo irrefrenable de existir de verdad en un mundo verdadero en el que nada me estaba prohibido. Le hice beber aquella pócima a varias de mis amigas arañas lasiodoras y todas coincidían: todos sus alumnos se enamorabas de ellas e hilaban fino, como nunca, al manejar las ecuaciones matemáticas. Una de ella aquanómana contaba que en la época en se "drogaba con la Aqua marina" era como si tuviera siempre, a su lado, un amante.

Yo también me sentía –lo reconozco-
enamorada de todo aquello que rodea a mil besos, como si fuera posible el amor puro, fuera de los cuerpos, sin necesitarlos.



                                                                             Johann R. Bach

2 comentarios:

  1. XANA GARCÍA
    21:48 (fa 2 hores)

    "Yo también me sentía –lo reconozco-
    enamorada de todo aquello que rodea a mil besos, como si fuera posible el amor puro, fuera de los cuerpos, sin necesitarlos."

    El alquimista que huele a membrillo sabía mucho ya de la antigüedad ,el agua de mar lo cura todo,decían.Eramos río y pasamos a ser mar y se dice que el futuro está en él.Agua limpia de mar del Mediterráneo salada en sus dosis justas diluida en un vaso de Vichy producen una reacción burbujeante e hipnótica en haces de luz al leerte,los efectos en Emilia y la araña son el elixir del cuerpo y el alma purificados en el estado de embriaguez y sosiego más puros.Leer este texto es levitar,poeta!!!

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  2. Rosalva M P
    31 març (fa 1 dia)

    Quiero solo unas gotitas de ese elixir...Besos Joan

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