24 feb. 2015

Sin embargo, en días de lluvia o nieve las calles están prácticamente desiertas

FEBRERO EN BARCELONA

En febrero oscurece
al acabar lo que llamamos almuerzo esa forma especial de comer litúrgicamente.

Las rosas y los nomeolvides desaparecen paulatinamente
de las conversaciones a pesar de que nuestras manos están marcadas con puntitos rojos por haber podado el rosal.

Gatos y perros, con poco entusiasmo,
buscan rastros, y ellos mismos también los dejan.

La noche entra en la ciudad
como en el dormitorio de los niños: sorprende la criatura bajo la manta, y el bolígrafo chirría en el escritorio, como si fuera el trineo de algún vecino.

Todo eso pasa
hasta en ciudades magníficas como Barcelona, que no se viste con sus mejores colores,

demonios y dragones exhalando fuego
sobre libros y rosas hasta el mes de abril.

Sin embargo, en días de lluvia o nieve
las calles están prácticamente desiertas y sólo los comerciantes chinos situados en las bocas del metro vendiendo paraguas a diez euros tienen alguna posibilidad de alcanzar la gloria del día.

Es en esos días grises,
cuando ni tu sombra puedes ver o cargártela a la espalda, cuando el dinero se funde con la factura de los taxis y/o de la electricidad.

Hablo –todos lo sabéis-
de una ciudad donde, por más que el humo de los tubos de escape de los automóviles impregne con su carbonilla los rojos ladrillos de los monumentos modernistas

"la leche siempre blanqueará
el escalón húmedo de la entrada"(1)
                                                                                                Johann R. Bach

(1)    Homage to Catalonia (1.938).  George Orwell

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