19 jun. 2014

Así fue como vecina a vecina aprendí cómo debía comportarme con las mujeres...

                    OLGA Y LEOCADIA

 

                                                                                          "Leocadia" de Goya

 

 

A los pocos días una hermana de Gracia,

aprovechando la visita, en cierta medida habitual, subió a casa a pedirme si le podía dar clases de matemáticas a su hija que había suspendido esa asignatura del primero de bachillerato. Acogí la petición con alegría. Le dije que iría tres veces por semana.

 

Leocadia vivía en la calle Bertrán

y el trayecto se hacía un poco largo pues debía llegar con el tren a la Av. Tibidabo, después de hacer transbordo en la estación de la Plaça de Catalunya pero de todas formas de ocho a nueve de la noche no tenía ningún tipo de actividad.

 

Me hizo muy feliz saber

que alguien me recomendaba como profesor de clases particulares. Notaba que crecía cada día más en mí aquella cosa rara que con los años me acostumbré a llamar personalidad. En realidad las matemáticas siempre se me dieron muy bien aunque nunca fui un genio de los números. Así que me sentía a gusto al ayudar a Olga, una niña encantadora y aplicada que entendía perfectamente todo lo que le explicaba y su conversación tenía la madurez de una aprendiza de mujer. Por otro lado, se me hacía difícil entender cómo una niña tan espabilada había suspendido en su primer año de instituto las matemáticas.

 

Olga era una niña morena

de grandes ojos y frente despejada. La sonrisa siempre ondeaba en sus gruesos labios semejante a la escrófula de las niñas africanas y al parecer ya le atraían con fuerza los chicos. Su madre, se las arregló para que una vecinita suya tomara las mismas clases de matemáticas para evitar que estuviera a solas conmigo.

 

La compañera de Olga era alta,

esbelta, de pelo rubio y largo como el de una hada. Su piel era blanca como la tiza y sus labios, todo lo contrario de Olga: finos como los de una cobra. Olga estaba enamorada de ella y en alguna ocasión me dijo que le hubiera gustado ser como ella. Como es natural le respondí que a los chicos lesgustaba más los labios gruesos. Por otro lado Olga ya notaba ciertas diferencias en los caracteres. Su amiga era superficial y ella no. 

 

Un viernes acudí como de costumbre a la cita,

pero se habían marchado todos a pasar el fin de semana a Caldetes excepto Leocadia que se quedó en casa porque en el piso de abajo vivía su suegra una mujer ya muy mayor que no podía quedarse sola. Se trataba de una mujer que ya empezaba a tener problemas de movilidad.

 

Me dijo que no habría clase de matemáticas,

pero me pidió que me quedara para ayudar a mover a su suegra y que me pagaría igual que si hubiera dado la clase a Olga.

 

Acepté y la acompañé al piso de abajo

donde la anciana esperaba la cena. Mientras charlábamos en la cocina la ayudé a preparar la mesa camilla y después que la suegra de Leocadia cenase la ayudé a desnudarla, ponerle un camisón y meterla en la cama.

Nos sentamos en el sofá a la espera de que aquella vieja dama se durmiera.

 

Leocadia me contó

que había dejado de ir a la Universidad porque no se vio con fuerzas para seguir estudiando una carrera larga –Ciencias físicas- y se casó sin haber acabado el tercer curso. Me preguntó por mi vocación religiosa y si no me atraían las chicas. En mi cabeza algo me dijo: "sé prudente" "esta mujer quiere saber si me interesa más de lo normal su hija Olga".

 

Le conté que le había cogido la mano

a alguna chica en el cine, pero no había sentido nada. Se rió. Se sentía segura de sí misma ante mi timidez y me preguntó si no había hecho alguna otra cosa con otras chicas. Sí –le dije- con una prima mía cuando tenía ocho años: me pidió que le pusiera la mano entre las piernas, pero no vi nada extraño en ello.

 

Me hablaba de la vejez

y se lamentaba de la situación senil de su suegra y se preguntaba por qué Dios consentía el sufrimiento. Yo haciendo un esfuerzo por buscar una respuesta a esa pregunta le dije que el Ángel Caído enaltecía los cielos; sin sufrimiento parece ser que no podríamos ver la belleza ni valorar el placer.

 

La lectura de "Diario de un cura rural"

de Georges Bernanos –le añadí- me ha influenciado muchísimo para elegir mi camino hacia el sacerdocio. Sobre todo una anécdota en la que se cuenta que un día el obispo fue de visita a ver las obras de reparación de la catedral.

 

En esa visita

el obispo iba preguntando aquí y allá a los diferentes obreros en qué consistían sus tareas. Uno decía que llevaba la carretilla, otro cortaba piedras, casi todos cumplían con alguna tarea específica. En su deambular por las obras observó a un obrero que iba de un lado a otro haciendo anotaciones en un bloc. Se dirigió hacia él y le preguntó como a todos qué hacía. El hombre con cara de asombro le dijo: creía que Su Señoría estaba al corriente de que estamos rehabilitando la catedral. Aquel obrero era el único que tenía conciencia de lo que hacía. 

 

Leocadia mirándome a la boca,

me acarició la cara y paseó su dedo pulgar sobre mis labios. Me preguntó si me masturbaba a menudo. Todas las mujeres me preguntaban lo mismo al saber mi vocación religiosa. Le respondí lo mismo que a las demás: ¿qué era eso?. Me tomó la cabeza con ambas manos, me obligó a cerrar los ojos y me besó en la boca. Su beso fue prolongado, con una débil caricia de su lengua.

 

Mientras me besaba

me abrió la bragueta y empezó a acariciarme la punta del pene, que creció casi súbitamente. Vamos arriba –me dijo invitándome a seguir en su casa- que te enseñare como se hace.

 

Leocadia era, aunque doce años más joven,

una viva fotocopia de su hermana Gracia: los músculos de sus brazos parecían cuerdas y en sus hundidas sienes destacaban un par de pequeñas verrugas. Sobre el labio superior otra verruga mayor indicaba sus inclinaciones por el mundo de los desposeídos como Gracia.

 

Sentados en la cocina

dispuso dos grandes vasos de vino tinto. El suyo se lo tragó materialmente de un solo golpe, el mío iba disminuyendo a pequeños sorbos. Antes de que yo consumiera la mitad de mi vaso, ella se bebió tres grandes vasos liquidando con ello completamente la botella de vino.  

 

Empezó a sonreír

me desabrochó el cinturón, introdujo su mano acariciándome los genitales por encima del eslip. Sus ojos brillaban como dos zafiros y su labios parecían hincharse; luego cogiéndome de la mano me arrastró hasta su dormitorio. Pasivamente me dejé desnudar como requería mi posición de principiante. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me pidió el coito anal y ante mi mirada inquisitiva me dijo escuetamente que su marido nunca lo había hecho. Fue como si la víctima se entregara al sacerdote para ser inmolada.

 

Durante la semana siguiente

todo parecía estar en orden: yo seguí dando clases de matemáticas a Olga y su amiga

 

Dos semanas más tarde

tuve ocasión de hablar con Gracia y le pregunté qué opinaba sobre las mujeres que deseaban el coito anal. Me contestó como el que hace una disertación filosófica que había un tipo de mujer que deseaba el coito anal como forma de espiar una culpa o como pago por rescatar su falta de libido. Normalmente son mujeres que sólo se excitan sexualmente cuando beben vino. Yo –me dijo sonriendo- también soy de esas.

 

¿Tienes vino tinto en casa?

¿O voy a comprarlo? Ya veo –dijo Gracia riéndose- que vas aprendiendo con rapidez a manejar el pan y el vino de la eucaristía y ¿sabes? lo haces todo muy bien.

 

En aquellas clases particulares

Olga se sentaba a mi derecha y su amiga a mi izquierda; así las dos podían ver cómo operaba con los números quebrados y cómo dibujar en un diagrama de Venn el máximo común divisor y el mínimo común múltiplo. Yo tardé años en comprender lo obvio: había personas que no tragaban las matemáticas, pero lo extraordinario fue descubrir que esa "enfermedad" se podía curar. Desgraciadamente para Olga el descubrimiento llegó tarde: Eligió el camino del matrimonio.

 

Las clases las dábamos en una habitación interior

y en una ocasión en que, por una avería, nos quedamos a oscuras Olga me abrazó y me besó en los labios como uno de aquellos besos que yo robaba a las chicas al menor descuido. Así me convencí de que Olga podría ser feliz al lado de un hombre que buscara amor.

 

Cuando me despedí de Olga y Leocadia

les dije que cuando necesitaran clases de latín contaran conmigo.

 

Así fue cómo vecina a vecina

aprendí cómo debía comportarme con las mujeres que entre sus preferencias se hallan los sacerdotes (en acto o en potencia): un poco callado, atento, educado y una sobredosis de ingenuidad en la expresión.

 

                                                                Johann R. Bach

 

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