2 may. 2014

Muchos, sosegados de años en la paz del abrazo... volvemos a confesar al oído

La pureza del número

 

Todos miran o han mirado el cielo;

buscando respuesta a la existencia en la magia de la noche. Desde la antigüedad, gente sencilla, sabios, sacerdotes han observado cómo hay un beso tras cada gota de agua llovida.

 

También llueven ideas

caídas desde las estrellas, conceptos abstractos que viajan encaramados en las monturas de finos haces de luz, nocturnos casi siempre.

 

Doce es el número mágico.

Llovido del cielo invadió todos nuestros campos de trigo, las copas de los árboles, nuestros rudimentos matemáticos y el mágico transcurrir del tiempo.

 

Arriba están la Casas del Cielo.

Los doce signos del zodíaco la Casa de lo Oculto, la doce, Escorpión la Casa de la Muerte.

 

Millones de peregrinos terrícolas

inspeccionan el cielo.

 

Los astros hilan en secreto

sin lanzadera

 

en la oscuridad que se extiende

como el mar hacia el horizonte. Saturno  gira lejos bañado por sus propios anillos y aún inamovible, el que arrastra hacia atrás su carro, El Cangrejo.

 

Signos en el espacio interestelar

que hay que interpretar, que marcan el origen olvidado o el retorno a lo ignoto.

 

Espacio sin senderos,

sin distancias euclidianas por donde camina, cada vez más puro el número.

 

Muchos, sosegados de años

en la paz del abrazo, y en un tardío encuentro casi de despedida, a la vez, culpables e inocentes de lo que hemos sido

 

volvemos a confesar al oído

que en la escuela nos disgustaban los bailes de cifras. No los entendíamos.

 

                                                         Johann R. Bach

 

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