1 may. 2014

El Diablo Supremo hacia la orilla del río Leteo se encaminó...

DESPIDIÉNDOSE DEL CIELO

 

Condenado por su soberbia

Lucifer se dispone a cumplir su sentencia y se asienta en sus nuevos dominios.

 

A la vista de la negra tierra

mezclada con ardiente lava y vapores sulfurosos su rebeldía le impide el arrepentimiento y en su lugar planea venganza eterna.

 

¿Es ésta la región, el suelo, el clima

–dijo el caído ángel- el lugar que permutar debemos por el Cielo; esta oscuridad triste por aquella Celeste luz?

 

¡Adiós, felices campos,

donde mora para siempre la dicha! Yo os saludo horrores. Yo te saludo mundo infernal, y tú, profundo Averno, recibe a tu nuevo señor,

 

aquél cuyo designio

nunca puede alterarse con el lugar y el tiempo.

 

La mente es su propio lugar

y puede hacer en ella un Cielo del Infierno y del Infierno un Cielo.

 

¿Qué importa,

si sigo siendo el mismo, lo que sea y donde esté, solamente inferior a aquél a quién el rayo hizo más grande?

 

Aquí al menos, tendremos libertad;

pues el Altísimo, que por envidia no ha creado aquí, no nos arrojará; podremos, luego, aquí reinar seguros;

 

y en mi opinión reinar vale la pena,

aunque sea en el Infierno: mejor es reinar aquí que servir en el Cielo.

 

Esto es sin duda lo que debió decir

Lucifer ya transformado en Satán a Belcebú señor de las moscas y príncipe de los demonios.

 

Debió ser así

que el Diablo Supremo hacia la orilla del rio Leteo se encaminó; su poderoso escudo llevaba tras de sí, macizo, grande, redondo y de celeste temple.

 

Su amplia circunferencia

colgaba de sus hombros cual luna, cuyo orbe con sus ópticos cristales el artífice toscano de noche observa para descubrir tierras nuevas y montes en su manchado globo.

 

Quería, probablemente, su pasado olvidar…

 

                                                           Johann R. Bach

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