1 may. 2014

Los ojos que se abren y cierran como ojos de cerraduras registran por miles los labios

TOCAR LAS ESTRELLAS CON LA MANO

 

Cuando te hayan dejado sola en casa,

cuando ya ni el reloj con su tic tac pueda molestar tus sueños,

 

¡desnúdate!

 

Extiéndete

con un par de cojines bajo tu cabeza y piensa en mí.

 

Los ojos,

que se abren y cierran como ojos de cerraduras, y nunca olvidan, registran por miles, los labios conectados con sus cerebros como anguilas la bandeja del mundo,

 

los huesos

y sus articulaciones que se preparan y parten para cada truco de la imaginación,

 

los genitales,

el lastre de lo eterno, y el corazón, naturalmente, que se traga la marea y la escupe limpia.

 

Yo, desnudo también,

arrodillado ante tu cara no envidio el alma de ningún dios. Sé que un dios es sólo alma, pero

 

le gustaría que viviera

en un cuerpo para venir aquí abajo para ofrecerte un cántaro de miel como el que te ofrezco yo.

 

Te introduciría dos finos dedos

como los míos entre tus sedosos labios resbalando al compás de la danza del mundo y te rociaría con miel tus mejillas.

 

Pero no. Nada de eso hace un dios.

Al igual que otras criaturas celestiales haraganean el firmamento, sin figura alguna.

 

Sólo desea contemplar los púlsares

midiendo el tiempo o comerse sus imaginarias uñas mientras tú y yo nos deshacemos bebiéndonos nuestros cuerpos.

 

                                                              Johann R. Bach

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