17 dic. 2013

Un poco de turrón y un chupito de calvados



LA ENFERMEDAD PULMONAR

NOS VUELVE LÚCIDOS



Florencia y yo,  

como en otros tiempos, en la terraza, frente al mar, nos sentamos.



Anochecía:

Ya tallaban los grillos su diapasón minúsculo, ya frotaba sus palmas el cielo haciendo lumbre en diminutas ascuas y el mar hacía sonar su arpa de boca.



Florencia era casi bonita,

tenía unos rasgos bien definidos, quizá demasiado marcados -como los de un licopodio- pero agradables, y un poquito de papada "comme des bons gourmands".



Sin embargo, sus labios eran puro cian

y también la punta de la nariz tenía ese color, un inconfundible síntoma de insuficiencia respiratoria.



Sus manos -llena de dedos de puro marfil-,

que eran de una delgadez linfática y se veían realzadas por los puños de antiguo encaje de una camisa quizá heredada,



eran tan incapaces

de estarse quietas como los pies.



Tenía un cuello de jovencita,

con hoyuelos encima de las tiernas clavículas, y el pecho, agitado por la risa y por los angustiados y constantes jadeos, parecía delicado y joven bajo la blanca tela.



Florencia no fue una persona

extraordinariamente inteligente. Por esa razón me sorprendieron sus modernos conceptos propios de la lucidez del que se ha liberado de las cadenas del pasado.



"El movimiento de Kant y Voltaire

–me explicaba Florencia entusiasmada-, es el del culto a la razón. En realidad –insistía-, se trata de una forma secularizada del cristianismo".



"La razón sustituye al alma:

es la mejor parte del hombre, un elemento inmaterial. Uno debe resistir los impulsos eróticos porque ponen en peligro la razón".



"Es el catolicismo con otra capa de pintura".



"Aparecen la idea del alma,

de la separación entre la mente y el cuerpo, la idea de que debemos subyugar la Tierra porque nos pertenece,



la idea de que la historia tiene un objetivo

y de que hay un progreso inexorable".



"En realidad –dijo como acabando su discurso-,

no están contando una historia distinta sino que la cuentan con otras palabras".



La cena junto a los plateados reflejos

de la luna sobre el mar le devolvía la alegría, pero empeoraba su salud. Al acabar los postres un poco de turrón de Xixona y un poco de calvados,



subimos al Wrangler,

sintonizamos una emisora musical: la lluvia de la música nos anegó por dentro y las raya blancas de la carretera eran sonrisas de ballenas que nos deseaban buen viaje.



Durante el viaje

hacia la residencia de montaña donde un equipo profesional se ocupaba de la salud



las palabras de Florencia

me daban qué pensar: no somos la corona de la creación, sino un animal quizás un poco más listo y algo más interesante.



No deberíamos darnos tanta importancia.



                                                                    Johann R. Bach

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