17 dic. 2013

Entre los acuerdos no incluidos en la letra pequeña... ¡Aguanta Marta!

  LA BATALLA DE LAS ANEMIAS

 

LA BATALLA DE LAS ANEMIAS

 

Marta Guillamón entró en el aula,

tomó asiento entre Victoria y Narciso, sacó de su bolso los apuntes de patología, se armó de paciencia como el que va a oír el sermón de la montaña.

 

Narciso sacó de su macuto

un diminuto espejo y con un carboncillo se pintó las cejas, mientras que Victoria se arremangaba su minifalda para exhibir las piernas más sugerentes de la facultad.

 

El profesor, reputado patólogo del Hospital Clínico,

no tardó en aparecer. Se le podría tildar de cualquier cosa menos de impuntual.

 

Con su pajarita roja

y una flor de papel en el ojal, su busto barbudo sobresalía por encima del cuello de la camisa. Su pelo negro, lleno hasta los bordes de brillantina le daba un aire distinguido.

 

Tanta cantidad de manchas oscuras

-empezó a explicar como en un abigarrado discurso político- en el campo visual de tantos y tantos ciudadanos de países retorcidos por el hambre,

 

han llamado la atención

de la Autoridades Sanitarias de todos los países y todos a una se han levantado contra ese problema como lo hizo en su día la luna al surgir del mar como Afrodita.

 

Como algo premonitorio,

las perturbaciones sociales se multiplicaban y habían llegado a crear un problema mundial insoportable: las anemias estaban ganando, una a una, todas las batallas tanto por tierra como por mar y aire.

 

Las viejas guerras de trincheras,

en las que se dormía más que se luchaba, habían quedado atrás y se había llegado a una situación en la que era difícil distinguir los amigos entre tantas montañas de basura.

 

En una soleada mañana

-proseguía el profesor, su impecable clase magistral-, en el preciso momento en que parecía que todo estaba perdido, las anemias llegaron a un acuerdo.

 

El encuentro se produjo en un país neutral.

Allí rodeadas por las lenguas de los glaciares no tuvieron más remedio que acabar con sus rencillas y echar a los organismos extremófilos de las profundidades de los lagos tectónicos sus hostilidades.

 

¡Eh Victoria! Cuchicheó Marta:

¿Has oído eso de las lenguas de los glaciares? Debe ser como chupetear un helado. Sí, Marta –contestó la apodada Piernas Largas.

 

El vasto territorio ocupado por las talasemias

-continuaba el profesor como una máquina- fue el escollo más difícil de superar: las anemias rojas por medio de su máximo representante el Hematite Maximus

 

presentaban argumentos de peso

–históricos, culturales y paisajísticos- que parecían hacer innegociable la reivindicación de la adjudicación a un bando o a otro la totalidad de aquellos parajes infestados de millones de microorganismos.

 

Monacita, la delegada de las anemias blancas,

tenía, con su cara de luna, el aire de una orgullosa y delicada princesa. Rodeada por un séquito de torios, cerios, lantanos, itrios y tántalos se negaba a retirar sus guardias blancos de los campos ocupados.

 

Oye Narciso, aparte de enseñar

las cejas porque no exhibes tu hermosa lengua roja para ver si el profe se encandila y frena un poco sus batallitas.

 

Por otro lado, para complicar aún más las cosas

–erre que erre el profe insistía en su exposición-, Hematite había firmado, desde hacía tiempo, un pacto secreto con la más potente de las cortezas vegetales del planeta para mantener

 

dentro del mundo de las sombras

a las leucopenias, enemigas irreconciliables del colectivo de las menopáusias alegres que no gritaban cuando se las arrastraba por los patios de los conventos.

 

Ni unas ni otras querían suplicar de rodillas

ante las justicieras obsidianas, glauconitas y adularias que desde sus carrozas de oro, plata y cobre, respectivamente,

 

pedían la guillotina

como camilleros perdidos en la niebla a los que no se les ve su blanco uniforme.

 

Afónicas de tanto chillar

sin que nadie les hiciera caso, las anemias decidieron mantener fuera de las discusiones de las asambleas a todos los déficits enzimáticos hereditarios que encontraban a su paso.

 

Entre los acuerdos más importantes

no incluidos en la letra pequeña destacaron los siguientes:

 

¡Aguanta Marta!

 

PRIMERO:

 

Al mando de los generales

Cartilago 4 CH y Meduloss los ejércitos de Feldespatos cuadráticos y Apatitas deberían, en el plazo de una semana,  dejar de hostigar al sistema óseo de todas las naciones.

 

Oropimente y Cálcarea de Versalles

se encargarían de vigilar la entrega de los corrosivos ácidos y de velar por la ejecución de los acuerdos.

 

SEGUNDO:

La Lepidolita 8 DH y la Turmalina lítica 8 DH

se encargarán de repartir, junto a octavillas explicativas

carbonato de litio para todos –como una consigna- hasta obtener una cierta litemia.

 

Oye Vicky.

Esto ya no hay quien lo aguante. Si continuamos aquí este tío es capaz de largarnos el rollo de los antibióticos

 

¡Vámonos a enseñar las piernas al bar!
 
                                                                        Johann R. Bach

 

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