18 dic. 2013

Nadie pudo derrocar ... aquella fe tangrande y transparente como el roble

YA SÓLO ES POSIBLE LA MISTICA     

 

En lucha contra mis propios escritos

nadie pudo arrebatarme jamás aquella dimensión de luz salida de la inteligencia de las experiencias, ni nadie pudo

 

derrocar el luto de la fe perdida,

aquella fe tan grande y transparente como el roble que se parece a un bello árbol infinito.

 

Yo misma me sorprendía

día a día mientras robaba la vida, fugitiva de mis designios de amor. Nadie me escuchó con suficiente atención y he tenido que ver cómo los barrotes del silencio crecían y reforzaban

 

la celda de cristal de roca

y me arrancaban los cabellos mientras lloraba, reía o esperaba que alguien me contestara la pregunta sagrada: ¿Qué era eso del Señor?

 

De la idea de su existencia,

después, saqué fuerzas para resistir el martirio que sobrevolaba por encima de mí como una mariposa viva. Consumé el amor, aún en mi soledad incluso lejos de los dioses.

 

Pero finalmente volví a la ciencia

del Dolor del Hombre, que se fue convirtiendo poco a poco en mi ciencia.

 

¡Oh noche!

 

Libera mi corazón

de esta agobiante estación de amor llena de recuerdos secretos. Él es la tierra, pero la tierra quiere ser fecundada y yo ya no tengo semillas.

 

¡Oh noche!

 

Si escribir es una culpa

por qué Él me dio el don de la palabra para hablar con trémulo lenguaje de amor a quien quiso escucharme.

 

Cargada ya de años

y a punto de entrar en la cuarta edad en la que las sienes son pura ceniza y ya se han cerrado los poros del pubis ¿dónde encontraré un pellizco siquiera de buena hierba?

 

¿Qué sabe nadie de mis conventos?

¿Quién sabe nada de la madura gracia de las santas? ¿y de las grandes almas enloquecidas?

 

¿Qué puedo encontrar

entre los hosannas de un hombre culto, pero vacío de cualquier contenido humano?

 

En algún lugar se halla el canto,

en algún otro, la palabra; y, nadie se atreve a pronunciarla: Locura, mi mayor y joven enemiga.

 

Durante un tiempo llevé mi soledad

como un velo sobre mis ojos hasta que se me cayó. Causa y síntoma de mis infortunios la actitud taciturna en mi juventud fue voluntaria y deleitosa:

 

era agradable al principio concebir

y meditar a ratos sobre cosas "presentes, pasadas o por venir". Aquella especie de inofensiva locura me eran tan placenteros que podía pasarme días enteros y

 

noches sin dormir,

incluso años completos en dichas contemplaciones y meditaciones fantásticas que eran como sueños y difícilmente los interrumpía voluntariamente.

 

Pero en algún momento la escena

cambió de repente por algún mal objeto a partir del cual la compañía se hizo insoportable porque me había habituado a los lugares solitarios y me incapacité para reflexionar sobre temas agrios.

 

El temor, la tristeza, la sospecha,

el pudor rústico, el descontento, las preocupaciones y el cansancio de la vida me sorprendieron con la dolorosa alarma de la congestión de mis cervicales señal inequívoca de fracaso.

 

No puedo negar que saqué provecho

de algunas de aquellas meditaciones y que me permitieron comprender la parte positiva de aquel retiro voluntario para profundizar las palabras de Jerónimo:

 

"Dijo que las villas y ciudades

le parecían cárceles horribles; la soledad, un paraíso envenenado sólo por los escorpiones. Prefería estar vestido de saco, tumbado en el suelo, alimentado de agua y hierbas, a los placeres romanos".

 

La soledad de otros autores

como Crisóstomo, Cipriano, Agustín, en tratados enteros, la que Petrarca, Erasmo, Diego de Estella y la de muchos otros que alababan tanto en sus libros es un paraíso,

 

un cielo en la tierra

si se usa correctamente, bueno para el cuerpo y mejor para el alma: "los que están inspirados por los dioses saben vivir solos". Ese debería ser el Lema número 8 de los que

 

como hicieron siempre Demócrito,

Cleantes, y todos esos filósofos, al apartarse del mundo tumultuoso, como en la Villa Laurentana de Plinio, las "Tusculanas" de Cicerón, el estudio de Giovio, para seguir sus estudios.

 

Siempre me vi, de todas formas, observada,

como Sócrates por los soldados, con admiración de mis compañeros de la facultad, pero la frialdad y la melancolía trepaban por mis piernas amenazando invadir mis órganos más nobles.

 

¡Ay del que está solo!

Hombres y mujeres deberían aprender esa disciplina de la vida que impide que unas dulces criaturas sociables acaben siendo una bestia,

 

un monstruo, inhumano,

de aspecto desaliñado y misántropos que, incluso se aborrecen a sí mismos y odian la compañía de otros seres humanos, como tantos Timones, Nabuconodosores,

 

por consentir demasiado

a esos humores agradables, y por su propia negligencia. Lo que postuló Mercurial para un paciente melancólico se puede aplicar –creo- con justicia a toda persona solitaria:

 

"La naturaleza, se puede compadecer de ti, porque mientras ella te dio un temperamento bueno y saludable, un cuerpo sano, y los dioses te han dado una alma tan divina y excelente, tantas y tantas cualidades y dones provechosos,

 

tú no sólo los has despreciado,

sino que los has corrompido, viciado, has arruinado su temperamento e infectado esos dones con el desenfreno, la ociosidad, la soledad y muchos otros medios".

 

¡Oh noche!

 

Me he convertido en un enemigo

de mí misma y del mundo. Me he perdido voluntariamente, he naufragado, yo misma soy la causa eficiente de mi propia miseria.

 

Sí, sí. Es mi retrato.

No quiero perder más tiempo contemplándolo. Debo reflexionar solamente si aún es posible corregir mi caligrafía y si aún me queda suficiente amor propio para ello.

 

Gracias por darme la oportunidad

de escribir con mis propias sílabas todo aquello que aún no ha salido de mi pecho.
 
                                                                             Johann R. Bach

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