27 jul. 2013

Planto y cuido esos olivos

   UN MAR, UNOS ÁRBOLES, UN VIENTO

 

Desde mi morada

rodeada de olivos y vides se ve el mar y el resto del barrio marinero acariciado por un rio y un viento. Nunca fui ocioso aunque ahora mis dedos sólo pueden arar, bolígrafo en mano, una simple cuartilla de papel.

 

En el jardín crece

sonriente y humilde el Punica Granatum (sempervirens) con las ramas inclinadas por el peso de sus granados frutos; junto a él una fila de naranjos en flor sueltan su esencia de Citrus aurantium.

 

Planto y cuido esos olivos,

cambio sus aceitunas por el veinte por ciento de su peso en aceite. La mayor parte de ese aceite, el no necesario, lo vendo para ganar dinero.

 

En septiembre vendimio.

Cambio las uvas por una cantidad de vino suficiente para todo el año. Con él agasajo a los pocos curiosos que se acercan a mi morada para conocer los secretos de las estrellas y del alma.

 

Muchas mañanas,

cuando el sol y el viento emergen desde el mar, me siento debajo de la vieja parra y juego con las manchas que se mueven delante de mis ojos. Dicen que es un signo de anemia, pero a mí me entretienen.

 

En no pocas ocasiones,

durante el verano, leo o escribo bajo los racimos que concluirán si antes no han sido mermados por los gorriones. Para que eso no ocurra, cada día les dejo en la terraza unas migajas de pan seco que ellos agradecen.

 

Hacia el mediodía es fácil

que me duerma embriagado por unos dulces versos y algunos cortos tragos del porrón de fino pitorro y así entre despierto y saturado de poesía paso un día tras otro.

 

Muchas de las almas caritativas

que me visitan creen que soy desgraciado, que mi soledad se come mis mocos, pero cuando conversan conmigo encuentran rápidamente utilidad en mis ideas para ganar fama la última moneda para comprar a los espíritus libres y me convencen para que siga publicando poemas en ese enorme baúl de Google.

 

No lo veo mal

porque prefiero vivir tras una muralla de naranjos; entre almendros, olivos y vides a bajar la cabeza sirviendo a los políticos de turno para que me subvencionen un modesto libro de poesías.

 

Subvencionando libros que nadie leerá

esos ambiciosos inútiles justifican sus ingresos, sus yates de lujo y sus briosos automóviles. Viven a costa de los que no tenemos subvenciones plagiando nuestros versos y a costa de los que sí las tienen. Siempre juegan a ganar.

 

Esas personas autodenominadas bienestantes

–lo de ricos ya no se lleva-, investidos temporalmente por los poderes fácticos están instalados en la superficie del mundo terrenal y cierran los ojos y su corazón a todo lo que no sea visto con sus estrechos prismas ópticos; es decir, a todo lo que no sea ganar dinero fácil.

 

Los otros, modestos poetas,

desahuciados de los centros de las ciudades, nos vemos obligados a sobrevivir bajo paraísos de cielo estrellado y frente al mar, bañarnos los pies en una Muga1 y secarlos con la brisa que corre hacia el mar al atardecer;

 

nos vemos obligados a aprender a despreocuparnos,

a permanecer ajenos a las luchas intestinas y destructivas de una sociedad que convierte modestos artesanos en voraces consumidores con barrigas que montan sobre sus cinturones y manos llenas de grasa que han perdido sus huesos.

 

Al no ceder a incorporarme

a esa sociedad me toman por loco.

 

En realidad no se dan cuenta

de que están teorizando sus propias limitaciones y yo me desgañito y me canso cuando les digo que están muy ciegos:

 

"No veis que de los suntuosos mausoleos

de gente bienestante y nobles antiguos

solamente quedan ruinas,

donde no hay más que flores mustias

y sin un porrón de dulce vino".

 

                                                                                  Johann R. Bach

 

(1)    La Muga: pequeño río empordanés. 

 

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