25 jul. 2013

Mi planeta de adopción se llama Sol Ausente

 PARA ABANDONAR EL HOSPITAL

 

He tenido que firmar un documento

de despedida del Hospital. Ha sido un escrito largo  que parece un paquete de sensaciones y recuerdos además de despedida y testamento.

 

Me ha salido un poco abigarrado,

pero es realmente un reflejo de lo que ha acabado siendo el final de mi vida. Si, ya sé, la despedida final es un "dies certus an incertus quando", pero la despedida es sólo una despedida del Hospital Carioca. Es sólo el comienzo de "la despedida". El texto es el siguiente:

 

Antecedentes

 

Yo, la que suscribe,

Elisa Roger Bach, bióloga encargada del Departamento de los Niños del Hospital de Investigación Carioca (HIC) manifiesto en escrito de puño y letra, con caligrafía totalmente legible estas memorias para que mi caída entre los hombres no muera en el olvido.

 

Mi planeta de adopción Sol Ausente,

el que ronda los mares de Mercurio, el que ha visto mis últimos 136 años (equivalentes a 34 años terrestres. 1 año = 1 vuelta alrededor del sol), tiene que ver en cómo mi alma lo empezó a abandonar en una noche de verano en la que mi cuerpo echado entre flores se sintió cansado y colmado de placer al mismo tiempo, de forma que ya no podía reanudar mis tareas.

 

No recuerdo, de mi pasado,

cuanto caminé entre nieblas y espantos antes de pasar por la cárcel, auténtico gozne sobre el que pivoté irremediablemente. Una luz lenta y suave me tomó cuando encogida abrí los ojos realmente por primera vez.

 

La cúpula en la que me hallé

era de paredes tiernas, recorridas por maravillosos diagramas de mapas, códigos, ojos, abismos, letras formando cosas que desconocía, abecedario de mi nueva lengua: el portugués.

 

Fue como si una mano me alzase

a través de la sangre y el gemido de la soledad. Acostado yacía a mi lado un ser de ojos verdes. Alguien me tenía de las piernas. Mi piel húmeda sufría un aire y una luz extraña. Hubiera querido hablar, pero de mi garganta sólo salió un grito que presentí como un ritmo futuro.

 

Mi idioma antiguo se inflamó

en visiones que, chocando con la lengua que oía, originaban sumas musicales.

 

Pero luego brotaron sonidos

y las cosas me fueron dadas poco a poco. Logré el idioma lógico de todos: brasileño permeabilizado totalmente de español. He crecido; veo las cosas lejanas; pobres ante la dureza ardiente que toco día a día.

 

Tal vez me entristezca recordar

la lengua engendradora y musical –el catalán- de mi Cielo lejano, o los cuerpos transparentes y celestes de mi pueblo natal, opuestos a la opaca materia cruzada por humores terribles de mi cuerpo que apenas había llegado a los sesenta años (terrestres).

 

Asístí a algo que me hirió hasta la locura.

Mi padre murió cuando yo contaba sólo con 9 años. Rodeado de flores efímeras oscureció su piel, la nieve ocupó su sangre en aquel invierno. En una gran caja de madera lo pusieron bajo tierra ante mis atónitos ojos.

 

Supe y temblé.

En mi País Anterior las almas suben, cambian de cielo, de luz, de velocidad; el cuerpo de cristal queda dormido entre hierbas. Por siglos, por milenios aguarda el regreso de aquellos que huyeron en la luz.

 

Tengo ahora 94 años terrestres,

según los cálculos minuciosos de los movimientos de nuestro Sistema Solar. Oculto, como puedo, mi lengua visionaria. Pero todo para mí es obertura de sinfonías fantásticas, selvas iluminadas. Así el montaje que doy a las palabras resulta desesperado como el de una "Niña a la Deriva" más.

 

Jugué en los grandes patios estratosféricos

y dibujé con tiza senderos que me obsesionaban. Pero algo, algún error debió suceder. Un sendero trazado por mí en la noche artificial del Hospital -siempre estuve sola- cobró vida propia. Sus líneas, partiendo de una elipse que representaba mi casa se desataron en una red de canales curvos, puentes colgantes y subterráneos en el fluido elástico del espacio infinito.

 

Un mareo feliz me acosa

al decir "subterráneo". Sentí decenas de veces sumergirme en el vacío como un ángel que baja del cielo al Pais de las Sombras… y el Hospital me parecía una y otra vez, una estrella lejana en la que vive un pájaro que canta por mí.

 

Cuando se abría la puerta azul,

creía bajar 1.728 bloques de 1.728 pisos cada bloque, con 48 escalones cada uno ellos de una escalera espiral en la que cada escalón tenía una altura de 12 centímetros –

 

Sin embargo toda mi vida

fue un sinsentido hasta que no tuve un hijo. Su nacimiento hizo que pudiera viajar hacia las estrellas, recluirme en una casa de cristal, ajena a millones de acontecimientos que acaecían como gotas de agua de una lluvia cayendo sobre millones de mundos. Todos ellos inabarcables para mí, para mi imaginación, para mis sueños. Todo mi trabajo en el Hospital -mi granito de arena-, a pesar de su modesto tamaño, llenó de pasión mi vida mientras intentaba arrastrar hacia los cielos a decenas de "niños a la deriva".

 

Testamento

 

Nombro herederos universales a Carmiña C34-90-M93 y a Leonardo P17-95-V25 a excepción de una pensión de 3.000,- € mensuales destinada a Manuel S34-70-V95, al cual nombro como usufructuario de la Casa de Cadaqués y otra pensión de 2.000,- € a Silvia B34-83-M89. Todo ello bajo la supervisión de la Junta del Hospital HIC a modo de albacea. Todos los trabajos científicos de mi propiedad, así como mi mismo cuerpo, los cedo en este mismo acto a la la Biblioteca de la Ciencia. Los cuadros de mi estudio se los dejo a partes iguales a Carlo y a Xabier. En cuanto a mi hijo le dejo exactamente lo que en Catalunya  se llama Legítima (a la tercera parte de mi patrimonio).

                     Extracto del diario de Elisa                                                                           

                          Johann Roger Bach

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