23 may. 2013

Qué cerca de tu oido estaba ese dormir de las olas...

   AÚN SIN CONTAMINAR

 

Ese llegar a casa,

dejar la cartera llena de libros en los bajos del perchero, ese entrar en la cocina, buscando la mezcla de aromas del café, los membrillos y el clavo…, no es cualquier cosa.

 

Qué satisfacción llegar a tiempo,

para escuchar la radio, sentarse en la penumbra de la cocina, esperando la rebanada de pan con aceite y azúcar mientras el sol bate aún con furia, calentando la fachada de la casa antes de derrumbarse, donde ya nada puede incitar a la desmesura…

 

Qué cerca de tu oído estaba

ese dormir de la olas, justo en el momento que salías de la escuela y el mar aprovechaba para dormir su siesta y dar una tregua a los pececillos que se acercaban a la arena buscando las migajas de la merienda de los niños...

 

No era poco ese sentirse esperada,

en casa con lo imprescindible a punto para las sonrisas, con los ojos cotidianos listos para leer en el polvo de tus rodillas las correrías del recreo; y, la toalla húmeda preparada para limpiarte los churretes de la cara…

 

Tan lejos queda, y al mismo tiempo

aún tan cercano, el recuerdo de ese sentirse besada, en tus mofletes, con suavidad para evitar que se desprendiera el parche que te ha de corregir el estrabismo, abrazada con fuerza, conteniendo un poco la respiración y oyendo palabras cariñosas…, las mismas de cada día…

 

Todo humilde,

pero aún sin conservantes ni contaminaciones…, en su estado puro. 

 

                                                                                    Johann R. Bach

 

 

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