20 may. 2013

CARTA DE AMOR DE UN RELIGIOSO

Carta de un joven religioso enamorado a la Dama de sus Sueños

 

 

Hola mi amor

 

He ido a la estafeta de la estación

y he hallado puntualmente tu carta; como las demás, ésta ha llegado a los cuatro días justos. Ya queda menos para tenerte otra vez entre mis brazos y repetir aquellos paseos en vespa por las carreteras del Montseny en los que tú me rodeabas con tus brazos, con tus mandarinas cosidas a mi espalda como una Audrey Hepburn abrazada a Gregory Peck sobre la moto en aquella película (Vacaciones en Roma).

 

¿Te acuerdas de aquella mañana

en el cine de las Galerías Condal? Era el único sitio donde nos podíamos acariciar entre sombras y butacas, por la mañana. Ahogabas tus gemidos mientras en la pantalla Audrey Hepburn y Gregory Peck se besaban en cualquier rincón de Roma.

 

Ayer fui de Excursión a Turbenthal

en el cantón de Zürich. Cerca de un monumental castillo me tumbé sobre los campos de alfalfa (Luzern en alemán significa alfalfa) y bajo un cielo despejado como pocas veces lo vivimos aquí, me puse a soñar contigo. Sobre mis ojos se confundía el cobalto de este cielo con el azur que tú y yo hemos saboreado tantas veces sobre la arena de la playa de los Baños de San Sebastián.

 

A la vuelta al seminario he escrito otro poema para ti.

 

LA HERENCIA DEL ÁNGEL CAÍDO

 

He aquí que por fin llega al verbo

un hombre alucinado por la belleza de una noche que se llena de luz plateada cada veintiocho días en mitad de un tristísimo minuto y fatigado del lento rodar del día miserable.

 

Camina y camina como un ángel

que perdió sus alas en el último incendio, se detiene como la vida al borde de la arena, como las hierbecillas sueltas que flotan en un agua no limpia,

 

donde a merced de la tierra

briznas que no suspiran, por escasez de oxígeno, se abandonan a ese minuto en que el amor fluye.

 

El pelo crespo por el viento ondea.

Ante él se ven extensas playas, nubes felices, un viento así dorado invitando a enlazar cuerpos sobre la arena pura.

 

En ese paisaje un hombre ve, presencia.

Es un hombre que vive, duerme. Es una forma que respira al mismo ritmo que la mar sacude y en su pecho algo late con fuerza como las olas al batir las playas.

 

No, no confunde ya el mar

–del que surgió-, el mar inerte en apariencia con su corazón agitado.

 

A partir de aquellas noches de luna

ya no mezcla nunca sangre con espumas tan libres. El color blanco es ala, es agua, es nube, es vela; pero no es nunca rostro. Un color delicado por su cuerpo corre.

 

Por eso, tirado ahí, en la playa;

tirado allá después en el duro camino; tirado más allá, en las duras rocas al pie de las enormes montañas, un hombre ignora el verde piadoso de los mares, su vaivén melodioso y vacío

 

y desconoce el canon eterno de su espuma.

 

Tirado sobre la tierra yace

como la pura hierba. Un viento huracanado -que más tarde bautizará con el nombre de Tramontana-, como un dios, lo peina como a los grandes pinos.

 

El amor, como un número,

tan pronto es agua que sale de una boca tirada, como es el secreto de lo verde en el oído que lo oprime, como es la cuneta pasiva que todo lo contiene, hasta el odio que afloja para convertirse en el sueño.

 

Por eso cuando en mitad del camino,

un solitario ángel caído que fue dorado siente próximo -y lejano al mismo tiempo- el cielo como una inmensa bóveda y, sin embargo, con sus débiles piernas nunca pétalos

 

arrastra la memoria opaca con amor,

con amor al sollozo sobre lo que fue y ya no es. Arriba entre las flores altas cuyos estambres casi cosquillean el limpio azul vaga un aroma a anteayer, a flores derribadas,

 

a ese polen pisado

que tiñe de amarillo constante la planta pasajera, la caricia involuntaria ese pie que fue rosa, que fue espina, que fue corola o dulce contacto de las flores.

 

Ese hombre cabizbajo,

de más negro semblante como el silencio de la noche que transcurre después de alguna muerte, pasa borrando apenas las huellas de los autos, de los hierros violentos

 

que fueron dientes siempre,

que fueron boca para morder el polvo.

 

El dulce hombre

bajo el duro caparazón de sus hombros –apéndice de lo que fueron alas- ha renunciado a ser confundido con una mariposa, aunque su sangre sigue gimiendo encerrada en un pecho distinto de la forma del olvido, descendiendo hacia

 

unos brazos

que crean un diminuto mundo perdido casi en el mismo centro del oscuro Cosmos. ¿Qué podría hacer sino buscar los besos de una diosa del amor?

                                                                                          Arsenio L. Duval

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Sabes que no me gusta

que te obsesiones con esa tontería de la diferencia de edad. ¿Acaso el Ángel Caído pudo escoger a quién amar? Mírate al espejo y verás que aún nos queda la aurora. Mira tus pechos con mis ojos y tus hombros desnudos y sentirás en tu mejilla mi deseo: esos instantes que huelen a pétalos de rosa, que resbalan por el mundo de los enamorados como nosotros, como nuestra saliva sobre la piel.

 

Nos queda aún una aurora sin soledad,

porque ausencia no es soledad, yo te llevo conmigo en todo lo que hago y en el mínimo espacio cabemos los dos. Sabes, porque te cuento todo lo que pasa en el seminario, que aquí hay de todo, hermanos amables, simpáticos; profesores buenos y regulares.

 

También hay homosexualidad

–menos de lo que se cree- y a veces tengo que pasar por un mal trago. Concretamente un día que tuve que dormir en la misma habitación que mi tutor de lenguas (el francés sin problemas, pero la sintaxis alemana no se la tragan ni los hambrientos cocodrilos). Me propuso una relación carnal. Como es habitual en mi carácter me hice "el longuis" y cuando vi aquel culo peludo como el de un mono, pensé en el tuyo, suave y acogedor, y, no pude conseguir la mínima erección con lo que mi tutor desistió no sin antes intentar una felación.

 

A nosotros también nos queda una aurora

de frescos dormitorios con sábanas de estrellas y lechos de romero y lavanda. Yo estoy encantado de regalarte eso que llamas guirnaldas de flores que un adolescente, apenas despierto, prende en un trozo de soga trenzada entre las piernas mientras tomo lo mejor de tus años: experiencia, amor, sabiduría… ¡vida!

 

Sorprendentemente nuestro "padre espiritual"

nos expresó a un pequeño grupo de seminaristas, que hace falta hacerse un lugar entre las sedas, entre los remolinos inquietos de la carne, entre el juego amoroso y la confidencia grandes amigos de la noche; y, que hay que huir de las palabras vacías. Empiezo a pensar que tiene razón: hace falta ocultarse entre las sedas; hace falta convertirse en el espíritu iconoclasta, sacrílego que, descubriendo el emblema del sexo, intimida, escandaliza, pero enciende los deseos, esos deseos que un sacerdote mantiene tan ocultos como la grasa sobrante de su vientre bajo la sotana.

 

No habrá castigo

para aquellos que como nosotros se amen a condición de que nadie sepa que nuestro amor es puro como el número. En tu última carta me decías que tu amor sería eterno, pero ya no estabas tan segura de que el placer que gustosamente me regalas pueda tener la misma duración. ¿Acaso se puede separar del amor, el placer? Tú misma me dices que te vuelven loca mis poemas y que te conviertes en fuente cuando los lees. ¿Qué puede impedir que ese mismo placer pueda ser recíproco? Creo que nada, mi amor, nada ha de separar nuestros corazones:

 

te he de amar hasta el último latido;

tuyo o mío.

 

Yo también tengo mis dudas

y a menudo me pregunto ¿Qué vine a hacer aquí? En esos momentos de nebulosa intelectual pienso en tus ojos, en tus dedos y su caligrafía -maravillosa forma de acariciar-. Vine a no saberme, vine a estar. Hago: leo cosas que creo que son importantes, estudio los programas obligatorios, escribo poesía, miro los cielos de noche y de día, sueño que me besas, estoy en Lucerna, no lejos de ti. Estoy en lo que hago, soy lo que hago y amo. Estoy en lo que miro. Soy lo que me enseñaste a mirar y sobre todo cuando pienso en ti dejo de estar frente a mí mismo.

 

Quiero estar aquí,

retirado en parte para comprobar que nuestra separación reafirma más y más la necesidad de tus brazos, tus besos, tus miradas encendidas; para comprobar que mi deseo de tu saliva no es pasajero. Aquí puedo experimentar que los deseos –sobre todo los de ese tierno monte de venus tuyo- son formas que quieren llenar las ausencias, estratagemas, fallidos intentos del reconocimiento.

 

Sí, sí, eso lo veo muy claro,

sin embargo, el miedo al autoengaño surge a veces en mí de repente como aquellos antiguos diablos que saltaban de su caja sobre un resorte en espiral cuando levantabas la tapa.

 

Siento entonces que la noche es fría, muy fría.

 

Y te llamo en voz alta

porque te necesito, necesito tu amor y la seguridad que sale de tu boca acompañando a las palabras que susurras junto a mi oído aunque no estés aquí.

 

Te quiero tanto que me cuesta creer

que sólo faltan unos días para poderte abrazar.

Hasta entonces besos, besos, besos…

 

                                                                      Lucerna a 3 de junio de 1.96…

                                                                             Tuyo siempre:  Arsenio

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