8 sept. 2012

¿QUÉ SERÍA LA ALEGRÍA SIN EL DOLOR? ( www.homeo-psycho.de )

                                        LESIÓN EN UN OJO

 

Después de un día

de intenso trabajo de bosque (Forstarbeit) las sombras se caían en el albergue, cada una por su lado. No tenías ganas ni de ir a cenar y sacándote las botas, te dejaste caer sobre tu litera. Creías que estabas sola y te disponías a cerrar los ojos aunque sólo fuera en un sueño corto.

 

Angelika tosió un poco

y te sorprendió que ella tampoco hubiera ido a cenar con el resto de las chicas. Te incorporaste y fuiste a sentarte en su litera. En la penumbra apenas si se veían sus gafas y no te apercibiste de que llevaba un ojo tapado con una gasa.

 

Con voz temblorosa

te puso al corriente de su jornada: se había clavado una astilla en un ojo y en la clínica que se la sacaron le advirtieron de que durante veinticuatro horas permanecería sedada y que no era conveniente ingerir ninguna clase de alimento.

 

Sentiste piedad por aquellos

ojos vivos, azules como el cielo y despiertos como los de un gorrión. Un torrente de lágrimas caían sobre su rostro y de vez en cuando las enjugaba con un pañuelo ya empapado de tanto llorar.

 

Sentía más dolor

por el abandono de ver que ninguna de sus compañeras había renunciado a la cena para permanecer junto a ella que por la lesión en sí.

 

El mareo de la anestesia

le producía un vacío en el estómago y de vez en cuando una angustia mortal le subía hasta la garganta y su frente sudaba copiosamente.

 

Tomaste su mano

entre las tuyas, apoyaste tu cabeza sobre la suya y sentiste los latidos del corazón femenino: rápidos, débiles, algo irregulares. Pero dulces como la miel y las uvas. Tú los escuchabas, pero ellos notando la presencia de tu rostro se aceleraron: buscaban el beso.

 

La luz había caído

con el derrumbamiento del sol y todo era aparente. Y lo que no lo era también.

 

Sus lágrimas te dieron la sal

que necesitabas mientras parafraseabas en tu mente a Anacreonte: "Deliro y no deliro me bastaría con que me necesitaras".

 

Las yemas de tus dedos

palpan aún hoy aquel pijama de hospital que se coloca sobre los cuerpos de los pobres con botones mal cosidos y bien descosidos mientras meditas sobre qué sería la alegría sin el dolor.

 

                                                                             Elisa R. Bach

 

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