3 sept 2015

Me replegué sobre mí misma.


LLEGANDO A LA CUMBRE DEL TURÓ DE L'HOME


En algún momento pensé
si Corinne esperaba que me abalanzase sobre su boca, si esperaba mis caricias o simplemente lo que quería era no estar sola, pero al mirarle los ojos sólo veía un vacío indescriptible y en sus labios una ligera línea blanca como si hubiera bebido leche que no eran precisamente algo erótico. Con esa pobre compañía de Corinne como vecina se acababan mis relaciones con otras personas del poblado edificio de París.

La invité a visitar Barcelona. Pero su silencio me indicó que nada esperaba de mí. Me preocupó durante algún tiempo aquella sensación de mostrarte dispuesta, útil, sentirte necesaria en contraposición al menosprecio por no colmar las expectativas de personas de ambiciones superficiales.

Me replegué sobre mí misma. Al principio intenté apuntarme a un centro excursionista, pero mi carácter retraído me alejaba de todos los grupos -muy cerrados, por cierto- y decidí ir haciendo excursiones en solitario. Fue así que un viernes a la tarde tomé el tren que me llevó hasta Sant Celoni. Desde allí cargada como una mula con exceso de alimentos en la mochila me dirigí caminando hacia Santa Fe.

A mitad de camino la noche cayó sobre mis hombros despiadadamente y me alejé un poco de la carretera, coloqué mi saco de dormir entre los pinos, miré al cielo para ver si había luna y estrellas, pero las nubes tapaban por completo el firmamento. Me quedé dormida sin darme cuenta. Me desperté un par de veces durante la noche y al amanecer mis ojos estaban abiertos como platos. El hambre me obligó a desperezarme y desayunar.

El sol salió temprano y las nieblas huyeron como fantasmas al tercer canto del gallo. Caminé de nuevo montaña arriba y detrás mío se cernía espléndido el sol, iluminando una y otra vez nuevas hermosuras. Evidentemente, el espíritu de la montaña del Montseny me era benévolo. Probablemente sabía que el poeta, o poetisa en su caso, es capaz de narrar la belleza; y, aquella mañana me dejó ver su Ápex respirando por el Turó de l'Home como estoy segura de que no todos lo han visto.

Pero también el Ápex me vio a mí como sólo Clara me ha visto: en mis pestañas centelleaban perlas preciosas como en la hierba del valle. El rocío matutino del amor humedeció mis mejillas, los susurrantes chopos, plantados en hilera junto al camino, me entendían, sus ramas se apartaban unas de otras, se movían arriba y abajo al igual que los mudos que expresan su alegría con las manos y a lo lejos se escuchaba un sonido milagroso y enigmático, como el tañido de las campanas de una iglesia. Se dice que son las campanillas de los rebaños, que en el Ápex están afinadas con amor y pureza sin igual.

En un recodo del camino me senté con la intención de comer algo y descansar y, sorprendentemente, me volví a dormir. Cuando abrí los ojos el sol había subido ya muchos peldaños de su marcha diaria. Por su posición juzgué que sería mediodía cuando me tropecé con uno de esos rebaños, cuyo pastor, un joven pelirrojo y amable, me informó sobre el camino que debía tomar para ir al lago de Santa Fe. Estábamos en una zona sin casas cercanas y por ello me alegró bastante que el pastor me invitara a comer con él. Nos sentamos para tomar un ligero bocado consistente en queso y pan. Las ovejillas atrapaban las migajas, las adorables terneras blancas saltaban a nuestro alrededor y hacían sonar traviesas sus cencerros mirándonos sonrientes con sus grandes ojos risueños. Disfrutamos de aquel banquete como reyes e, incluso, mi anfitrión me pareció un rey en toda regla y si me hubiera pedido desnudarme para que me entregara a él, lo habría hecho sin dudar.

En lugar de realizar mi deseo, nos despedimos amistosamente y, alegremente comencé a caminar montaña arriba. Pronto me recibió un boscaje de altos abetos que apuntaban al cielo mientras que sus coníferas colgaban cerca de mi cabeza. Un poco más arriba me topé con las enormes secuoyas, árboles por los que siento respeto desde todo punto de vista. Y, es que en mi imaginación me parecía comprender que su crecimiento no fue nada fácil y que en su juventud las habrían pasado moradas.

Mirando los árboles, apretándose unos con otros, alrededor del lago pienso en el trabajo que sus raíces tuvieron que realizar para romper la tierra granítica para absorber el óxido silícico base de la consistencia de sus tejidos y sus frutos las piñas, organizadas de tal forma que su estructura les permitiera sobrevivir a los incendios provocados por el rayo sobre los rastrojos del bosque.

A pesar de todas las dificultades meteorológicas, las secuoyas se han elevado hasta esa  imponente altura. Y abrazadas a las piedras, como si estuvieran soldadas a ellas, se yerguen con mayor firmeza que sus cómodos compañeros en el manso suelo forestal de la parte baja de la montaña los prolíficos castaños de La Batllòria.

El satisfactorio crecimiento de esos árboles era una gran esperanza para mí y mis problemas endocrinos: la esperanza en la propia naturaleza de la vida.

Lo más delicioso era ver cómo la dorada luz solar penetraba en la verde espesura de los abetos, las raíces de los árboles formaban una escalera natural por la que yo ascendía jadeante hacia el Turó de l'Home acortando así el sinuoso camino que conducía al observatorio. Por todas partes había mullidos bancos musgosos, pues las piedras estaban cubiertas de las más bellas variedades de musgo de siete u ocho centímetros de espesor, como si fueran almohadones aterciopelados de color verde claro. Por todas partes, un delicioso frescor y un ensoñador murmullo del agua de aquel minúsculo torrente. Aquí y allá veía cómo el agua goteaba bajo las piedras con brillo plateado, bañando las desnudas raíces y las fibras de los árboles.

Ante aquella fuerza natural yo me inclinaba escuchando a un tiempo las secretas historias de la creación de las plantas y los tranquilos latidos del corazón del Montseny. En algunos lugares, el agua brota de piedras y raíces con mayor fuerza formando minúsculas cascadas creando entornos idílicos para reposar. El murmullo y el susurro mezclados con los trinos de las numerosas especies de aves sonaban maravillosos; la nostalgia quebraba con el canto de los pájaros, los árboles musitaban a mi paso como mil lenguas de muchachas; como con mil ojos de novicias me miraban las extrañas flores silvestres que extendían hacia mí sus sépalos, de singular anchura y graciosamente dentados; juguetones centelleaban aquí y allá los divertidos rayos del sol; todo estaba como hechizado, todo resultaba cada vez más y más misterioso; un sueño milenario cobrando vida y ... el amante aún sin aparecer.

Después de un largo reposo en el observatorio y una exploración ocular de un mapa orográfico en relieve en una de sus pequeñas estancias me despedí del famoso y solitario meteorólogo padre de diez hijos emprendiendo el camino hacia Sant Marçal con la intención de subir a Les Agudes.

                                                         Johann R. Bach

entre árboles de oro


EN UN JARDÍN DESHECHO POR LA LUNA

Jamás vi su espalda,
jamás vi su frente excepto en sus fotos. Sólo sé que camina en mí con sus ojos de té, sedienta.

Recuerdo -la Noche Cósmica vigila eternamente-
que en un lugar parecido a un jardín deshecho por la luna entre árboles de oro, ella entró en mi alma callada,

como una Diosa del Amor.

Desde entonces camino
pensativo por bosques de eucaliptus como si pudiera llegar hasta ella Península del Amanecer Primero, Mañana del Recuerdo.

¿Me darà el mar el cóncavo vacío que no olvide?
¿Me hará puro de pura inocencia?
                                                                                                                                                     Johann R. Bach


2 sept 2015

El Plà de la Calma era un auténtico y bucólico escenario


EN EL SILENCIO DEL PLÀ DE LA CALMA (fragmento)

Nadie hubiera creído lo que vi
cuando, insomne en aquel Pla de la Calma, salí fuera de la borda donde nos habíamos refugiado de la tormenta de granizo.

De explicarlo
me hubieran tomado por el mismísimo Diablo ya que las sospechas nunca significan para los humanos un designio positivo.

Abandoné el calor de mi saco
y el blando colchón de paja de aquél refugio de piedras hábilmente colocadas por algún providencial pastor, salí como la aurora al campo completamente blanco. El granizo lo cubría todo con sus granos esféricos llenos de gotitas de aire, caminé ligeramente para no enfriarme.

Junto al camino
había una enorme encina que parecía haber sobrevivido a los vientos de aquella meseta que parecía rozar el cielo. Me apoyé en ella y vi aquello que nadie hubiera creído que vi: Sintiendo que la temperatura del aire mejoraba todo parecía como si de repente hubiera entrado en los confines del Edén, en donde un deleitoso paraíso, en aquel momento más cercano, coronaba con su verde vallado como un rural baluarte la planicie de un erial escarpado -limpio ya del granizo caído-, cuyos bordes hirsutos de crecidos matorrales y espesa salvajez, negaban la entrada.

Pensé si estaba soñando
con el Valle del Silencio situado a los pies del pico Aquiana, en los Montes Aquilanos de la Comarca de El Bierzo en León. En la cima de aquel paisaje crecía insuperable una umbría de gran elevación. En ella estaban situados casi geométricamente cedros, pinos, abetos y copudas palmeras combinadas con castaños, cerezos, almendros, granados y naranjos.

Era un auténtico y bucólico escenario
y a medida que sus ramas subían superpuestas, de sombra sobre sombra, se ofrecía un boscoso anfiteatro de una majestuosa visión. Con todo –seguí grabando en mi retina-, por encima de sus copas surgían unos muros secos de piedra que parecían proteger bancales de dorados olivos, de verdor y de belleza llenos.

Y por encima de aquellos muros
se veía una hilera circular de los mejores árboles, cargados de los más bellos y desconocidos frutos, flor y fruto a un tiempo de doradas tintas, mezcla esmaltada de alegres y diversos colores; en los que el risueño sol imprimía sus rayos con más gusto que sobre nubes de una hermosa tarde en aquella meseta del Plà de la Calma,o sobre el arco iris cuando Dios ha rociado la tierra con la lluvia.

Tan hermoso el paisaje parecía
que casi me olvido de mis compañeros empeñados en la prolongación de sus sueños en un campo helado por el granizo en aquel gris amanecer. Si les hubiera contado lo que vi…

Si les hubiera contado
que me topé, frente a frente, con una dama que, con tan sólo un velo turquesa cubría su cuerpo; si les hubiera contado que, acercándome a ella sentí en el pecho una suave oleada de calor y unas corrientes eléctricas que partiendo de mi bajo vientre alcanzaban mis pezones; y, que llegué incluso tan cerca de ella que sus labios rozaron los míos…

¿Cómo explicarles que me dijo
"buenos días, que Dios te bendiga querida"; y, que así se borró de mi retina o del paisaje? ¿Qué hubieran pensado si les hubiera relatado que tan cerca había estado de su cálida respiración –suave boca, manos y cabello-, que sentí por primera vez en mi cuerpo aquella sensación en la que una mujer cree que ha tocado el cielo con la mano?

                                                                    Johann R. Bach

cómo su boca se abría para llamar a alguien


EL NUEVO AMOR DE TÍA ALICIA (fragmento)

El sombrío rostro de Tía Alicia
era lo contrario de la risueña cara de la prima Trinidad. Su semblante, lleno, de mejillas y párpados caídos es el que me viene a la memoria cuando alguien emplea la expresión "como manzana agria" su aire de un cierto disgusto.

Recuerdo que un día mientras miraba por la ventana la vi cómo bajaba a la cancela de la casa en aquel espeso atardecer de septiembre -de palmeras solitarias y violento sol contra los muros- y ya en la calle movía su cabeza como mirando a un lado y a otro, como buscando a alguien que no alcanzaba a ver, quizá el rostro de algún niño que se alejara entre el escaso tráfico de las últimas esquinas o que pudiera regresar de la escuela.

La vi cómo hacía gestos como de saludos que pronto se desvanecen pues nadie acude; cómo su boca se abría para llamar a alguien, despacio al principio, con inquietud después, por encima de la lluvia, pero de su garganta no parecía salir palabra alguna. Daba la impresión de que el paso de los años por encima de su rostro no eran la causa del borrado de la alegría de la juventud.

Vi algunos coches enormes con su antigua carrocería de madera circular por la calle. Ella continuaba aguardando, aunque se hacía tarde y la lluvia seguía. Pensé años más tarde que quizá sólo querría sentir la lluvia sobre su rostro, levantar los ojos y ver cómo se encendían las luces en los balcones de las casas vecinas desdibujadas tras la fina cortina de las gotitas de agua. Vi cómo aguardaba un poco más deseando que la noche se cerrara. Un autobús rojo se detuvo a tan sólo unos metros de ella y parecía que escuchaba a su lado animadas despedidas de gentes que regresaban animadas del trabajo. Y, sin embargo aguardaba -al parecer sólo para oír aquellas voces que eran la única alegría que recibían las puertas quemadas por el sol y los pasamanos donde crecía la herrumbre- sobre la acera de aquella calle que estaba sola, aún sin asfaltar no lejos del manicomio del barrio de Verdún.

Días después pude comprobar que

en el segundo en que un nuevo amor
se mostró como un meteoro,

su corazón tuvo al cielo entero
para recibir lumbre.

Fue mediodía en su poema,
supo que la angustia dormía

que no le bastaba
el optimismo de las filosofías

                                                                                          Johann R. Bach

1 sept 2015

Tal como respiro


TERNURA DE MUJER

Tomo una poesía, la leo y la aprieto.

Casi imperceptible en mis dedos.

De su luz última brotan
sus significados reales y/o imaginarios
subiendo por mis venas mi brazo.

Hasta aquí.
Hasta el último signo de mi pecho.

Tal como respiro.
Mordiendo el aire me llega tu forma.

Una forma de la tierra húmeda.
Uno de los ecos de ternura de una mujer.

                                                               Johann R. Bach

Allá en lo alto parecía que iba a romperse la tapa del cielo.


VINO DE ESTRAMONIO

Aunque solo eran las ocho de una calurosa tarde
bebí tres vasos de vino de estramonio.

Al primer vahído me tumbé sobre la cama,
pero soñé cosas como si hubiera bebido vino de Hyosciamus:

Me paseaba desnudo
arriba y abajo por el pasillo esperando que tus ojos se posaran sobre mi piel.

Veía arder las flores de plástico del recibidor,
saltar en llamas la pecera con sus peces sin poder salir y mi corazón como un pájaro herido por un mar de mercurio sin límites.

Mis manos en cruz,
mi alma con su boca de mil siglos profecía acostada a mi lado con ojos húmedos y cuerpo de niño, se apercibían cómo se gangrenaban los dedos congelados.

Allá en lo alto parecía
que iba a romperse la tapa del cielo. Me desperté sudando. Anochecía.

¿No notáis en lo que escribo que anochece?

Desde muy joven, la prima Trinidad escribía cosas que yo aún no podía entender. Se escondía de la tristeza de su madre Alicia. Su padre Antonio murió al caerse de un tranvía. Era un buen hombre que se declaraba ateo y defendía siempre que podía una postura ética ante la vida. Era enemigo de todo cinismo y creo que Trinidad siguió todos sus pasos a pesar de la corta edad en que se quedó huérfana.

Repetía, a la menor ocasión, que la mujer siente una particular atracción por aquellas formas de la cultura que son más próximas a la experiencia humana. Defendía la idea de que la mujer es fértil intelectualmente hasta edades muy avanzadas.

Y se rebelaba contra aquella realidad social que hace que la relación de la mujer con su propia vida esté cargada de servidumbres. No es que no fuera guapa, inteligente y de una gran disposición de ánimo, pero envidiaba a los hombres que no han tenido que enfrentarse nunca al gran problema que aquellos tiempos era la virginidad, ni conocen la maternidad, ni el aborto, ni el estigma de la belleza física; y tantas cosas más que han hecho de la vida de la mujer un espacio cargado de silencio y de destrucción.



                                                                 Johann R. Bach

27 ago 2015

Se acercó el ángel Montserrat



LOS SENTIMIENTOS DE TÍO ARTURO
   
Aquel día de sol implacable,
sobre la limpia camisa pasó Tío Arturo los correajes: luego tomando su sable de brigada, salió de la casa cuartel. Aquel sol tan vasto como la calle misma, lo entusiasmó algo, aunque pensaba ¡"Si mis guardias fueran más sensibles"! Eran trabajadores, dispuestos y disciplinados, pero no lograban conformarlo. El día anterior los había visto devorar las sandías de la barraca de la feria como si fuera la primera vez que probaban una fruta prohibida.
   
Golpeó su pecho y sus botas con el sable enfundado, se lo colocó en el costado izquierdo del cinto y la flamante Astra en el derecho y puso en marcha su azul moto Iso. Disfrutando del aire tomó la carretera dispuesto a llegar hasta Manresa y mostrar su nuevo vehículo a los antiguos compañeros. Al llegar a El Bruc una larga caravana de camiones y automóviles detenidos en la fuerte pendiente con el "capot" levantado y los motores humeantes comprendió que el país no funcionaba. Una tenue sombra producía sobre todas las cosas en una mañana en la que el azul invadía la tierra sagrada; puso primero en duda si sus guardias serían capaces de ver belleza en aquel paisaje de conductores con expresión circunfleja en su mirada, alzó la vista al cielo y se calmó con las bellas vistas de la montaña de Montserrat. Luego se dirigió un poco titubeante hacia un grupo de camioneros y comenzó a dar órdenes disfrazadas de consejos destinadas a liberar un poco el paso de los vehículos que circulaban en dirección contraria.
   
¡Aquellos guardias de tráfico eran muy duros!
Decidió abandonar la ruta y visitar simplemente el emblemático Monasterio de Montserrat. Después de haber sorteado unos cuantos vehículos salió en su persecución un perro que con ladridos amenazantes le hizo detener la moto y al poner el pie a tierra las enormes fauces del can hicieron presa en su brillante bota. Sin pensarlo dos veces Tío Arturo sacó su pistola reglamentaria y disparó cuatro tiros a bocajarro sobre el animal. Reanudó su viaje como si aquello fuera una vulgar anécdota.
   
¿Qué sentía el brigada
al limpiar la sangre de su bota antes de entrar en el sagrado recinto? ¿Seguía pensando en la poca delicadeza de sus guardias comiendo sandías?
  
Tío Arturo, fuera por necesidad de amor o por imitar –hacer un poco de sus vidas- amaba (o a sí mismo se repetía) a una muchacha joven y ágil que vivía más allá de Monistrol, en una casa gris y roja que aún hoy existe. La quería con el deseo que lo empujaba a emprender largos paseos en moto hasta su casa. Nunca quiso pasar los umbrales de la finca, tal vez algún guardia suyo lo hiciera con su novia, pero él no quería caer en aquella acción.
   
Si ella se escondía en un dolor sin motivos aparentes,
si movía sus manos y sus muñecas con una nerviosa soltura, no la interrogaba, pero al dejar sus ojos en su rostro lo hacía con ternura. Buscaba de apoyarse en la valla que rodeaba la casa y el espacio que hacía las veces de jardín y descansar somnoliento de espaldas a la rural construcción, para no fijarla mucho en su memoria, cosa contraria de cuando observa a sus guardias, o cuando recibe órdenes de sus superiores; hasta sentir sobre su nuca los pasos de su amiga. Besaba su rostro, acariciaba su pelo con tranquilo ademán.
  
Si después de todos aquellos actos,
todos cumplidos como desde lejos, pero concretamente, meditaba sobre ella, solamente recordaba un conjunto móvil colorido y armonioso, y ningún secreto recuerdo oscurecía el infinito espacio de su alma. Guardaba íntegro el enigma pequeño o inmenso, de aquella muchacha, quería tan sólo lo que era inaccesible y difuso en ella y eso lo mantenía a sus espaldas.
   
Aunque sólo fuera esporádicamente,
caía en algún gesto común a sus guardias.
   
Me imagino que con el paso de los años,
en su retiro definitivo en Castellón sus ideas evolucionaron a la par del nuevo tiempo. Recuerdo que en la última visita a la casa del primo Arturito vi en una estantería un cuaderno rojo. Sólo había unas notas en la primera página como si fuera el esquema de una novela o ensayo y que durante un tiempo me dio qué pensar:
   
Es normal que nos sintamos incómodos
en todas partes, pues poco a poco hemos cambiado nuestro destino de dioses por un destino de mercaderes.

………………………   ………………………   ………………......  ...............

Ángeles que pudieron existir:
Ermessenda, Clementina, Margarida, Aurembiaix, Flordeneu.

………………….   ……………………….   ………………….   ………………

Se acercó el ángel Montserrat
y le dijo todo al oído. Ella encantada con aquellas palabras le susurró. No lo escribas. Suena como un cuento diabólico. Un momento -dijo el querubín- falta el final, pero para que no lo sepas voy a borrar mi imagen del mundo de los mortales.

…………………………………………….  …………………….  ………………

Apoyando el oído en la tierra
se oyen las asambleas de las Tinieblas y los Muertos. A muchos, esas discusiones les suena a música celestial

……………………..  ………    .................. ........................    ..............................                                               ​

​                                                                                      Johann R. Bach

Río donde termina el ciclón



MISSISSIPI BLUES

 
¡Oh Mississipi!
 
Río que arrancó
-con la ayuda de otro río indio, el Missouri – de su cuna, de un tirón, a nuestros hijos de tez oscura: dales el rostro de tu pasión.

Río donde termina el ciclón,
donde nos detuvimos a beber y a construir nuestras humildes casas, haz rodar por tus arenas de olvido el barro de nuestro tambor.
 
¡Oh Mississipi!
  
La tierra es tu temblor, el sol ansiedad,
y en su noche cada pobre algodonero cuece de tu cosecha el pan.
   
Tantas veces castigado
por el vuelco de diluvios ahora abandonado a tu suerte, privado de voz.
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de los músicos de callosas manos,
no hay viento que se dulcifique ante los remansos de tu perezoso proceder.
   
Río del alma vacía,
del andrajo y la sospecha, de antigua pena de deportados que se devana, del chopo joven, de la compasión.
   
Estribillo (repetir 2 veces)
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de los chiflados
que duermen abrazados al jazz , de trituradores de melodías y  afiebrados, embriagados, de ritmo, de la noche que  conchaba embusteros y
amodorrados de opiáceo sueño

que bajo las desgracias de los tifones
ven belleza en los abandonados campos de algodón.
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de los mejores que sí mismos,
de nieblas en flor, de la lámpara que apaga la angustia de su sombrero con agua y viento huracanados.
   
Río del respeto a los sueños,
río que oxida el metal de nuestros instrumentos, donde las estrellas tienen ese brillo que niegan al mar.
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de la afición a la música irradiada
y del grito que emboca las aguas, del huracán que muerde la viña y anuncia el vino nuevo.
   
Río de corazón intacto
en un mundo enloquecido por prisiones de acristalados muros, ampáranos violento y amigo de las abejas de la canción.
   
Estribillo (repetir 2 veces)
   
¡Oh Mississipi!
   
Río de los chiflados
que duermen abrazados al jazz , de trituradores de melodías y  afiebrados, embriagados, de ritmo, de la noche que  conchaba embusteros y
   
amodorrados de opiáceo sueño
que bajo las desgracias de los tifones ven belleza en los abandonados campos de algodón.
   
                                                                              Johann R. Bach

25 ago 2015

Quisiera decir al viento que el poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo.


NOTA A LOS LECTORES DE GOOGLE

Quisiera que no se molestaran
aquellos a los que no les gusta la poesía ni el paisaje que la inspira;

tierra movediza, horrible, exquisita,
y condición humana heterogénea que se apropian una de otra y se cualifican mutuamente.

La poesía se extrae
de la suma exaltada de sus reflejos.

Quisiera que se perdonara
al hombre o mujer de la estabilidad unilateral poetas por vocación.

Quisiera decir al viento
que el poema es el amor realizado del deseo que permanece deseo.

Quisiera ser como el poeta
que no se irrita por la horrible extinción de la muerte, sino que confiando en su tacto particular transforma todas las cosas en hilos prolongados.

Quisiera ser como el poeta,
que en el umbral de la gravedad, igual que la araña, construye su camino entre las estrellas de la noche.

En parte oculto a sí mismo,
se muestra a los demás –en los rayos de su astucia inaudita- mortalmente visible.

Quisiera que no se molestaran
aquellos a los que no les gusta la poesía ni el paisaje que la inspira.

                                                                                  Johann R. Bach

24 ago 2015

¡Oh vida! Dales a los vivo ... un poco de tu sutil sensatez


BULIMIA DE JUSTICIA

Como médico temo
tanto la fiebre alta como la clorosis de los años que seguirán a la reducción de ciudadanos con trabajo y de derechos sociales.

Presiento que la unanimidad confortable
de los que han conseguido un lugar bajo el sol familia y empleo,

la bulimia de justicia
de los maltratados y maltrechos de nuestro sistema social tendrá sólo una duración efímera, en cuanto se retire el vínculo que anudaba nuestro esfuerzo.

Por aquí se preparan a reivindicar lo abstracto,
más allá del río Ebro y más allá de las montañas del Pirineo reprimen ciegamente

todo cuanto es susceptible de atenuar la crueldad
de la condición humana de este siglo y permitirle acceder al porvenir con paso confiado.

Los fantasmas multiplican los consejos,
las visitas, esos fantasmas cuya alma empírica sólo es un montón de secreciones y neurosis.

Esta lluvia que cala al hombre hasta los huesos
es la esperanza de agresión, la escucha del desprecio.

Nos precipitaremos en el olvido.

Se renunciará a desechar, cercenar, curar.
Se dará por supuesto que los muertos inhumados llevan nueces en los bolsillos y que el árbol acabará surgiendo algún día de manera fortuita.

¡Oh vida!

Dales a los vivos
que recorren Europa en masa si todavía hay tiempo, un poco de tu sutil sensatez sin la vanidad que engaña, y por encima de todo, acaso,

dales la certidumbre
de que no eres tan accidental ni privada de remordimiento como se dice. Lo odioso no es la flecha, es el gancho.

                                                                                               Johann R. Bach

23 ago 2015

TRINIDAD ERA LA ENCARNACIÓN DE UNA ESMERALDA


LA VOZ DE LA PRIMA TRINIDAD

Recuerdo que siempre que se hablaba en casa
De la prima Trinidad se la ponía a caldo por su carácter -por lo menos- "exótico". Yo escuchaba sin tener una opinión clara sobre ella. El día de mi octavo aniversario, mi madre comentó escandalizada de que Trinidad había anunciado el asesinato de Kenedy. Yo no sabía ni siquiera quién era aquel Kenedy y aquel comentario no hizo ninguna mella en mi espíritu.

Tio Arturo decía de ella que era
la encarnación de una esmeralda.

Y a Trinidad le encantaba esa definición y rebuscaba allí donde creía que  podría hallar información acerca de las esmeraldas como si buscara algo parecido al Google de hoy un gran baúl lleno de respuestas.

Comenzó a acariciar el espacio existente entre el color mismo del verde esmeralda y el aire, los cuerpos ajenos a ella, arrastrados por las tormentas. Recorría las calles de orientación norte-sur para poder ver la luz a raudales a las doce del mediodía.

Revolvía bibliotecas y librerías descubriendo en el constante estudio de su ser, rebeldías que la asombraban profundamente.

La prima Trinidad acostumbraba a salir corriendo sin causa alguna y "sus cantos" parecían desgarradores lamentos. Cierto día nos cogió a los primos pequeños, nos llevó al cuarto trastero y nos leyó algo que llevaba escrito en una hoja de papel verjurado de color amarillo ahuesado.

"Os leo este cuento a vosotros –nos dijo- porque los mayores no podrían entenderlo. ¿Conocéis lo que es una vibración? Sí, sí como un temblor. ¿Sabéis que todos los seres humanos vibran? Tiemblan. A veces nerviosos ante un acontecimiento importante, a veces de miedo, a veces de satisfacción…

"Todo esto lo he descubierto en un sueño
que he tenido esta noche: Caminaba sobre las aguas, mi piel obediente se dejaba perfilar por el mar y un frío de otra clase presentía en mis pies. Luego se hizo presente la humedad en mis rodillas. Era la humedad de la neblina. Bajo las olas cada pez hacía un surco en la arena del fondo una voluntad diferente de cada uno de ellos. Comprendí a los peces, los contemplaba con beneplácito…"

¿Nos vas a dejar? –dijo sorprendido Tío Arturo que estaba escuchando tras la puerta- ¿te quieres apartar de nosotros? "No –dijo la prima Trinidad con cierto aire de seguridad en su voz-, al contrario, este temblor nos une. Es sencillo… "

Los niños boquiabiertos teníamos la sensación de estar viendo un teatro de guiñol aunque sus palabras se grabaron en nuestros corazones: "sólo el temblor sobrevive a los años. Lo difuso del temblor (o vibración). La vibración del cuerpo humano es como una profecía de lo que va a suceder"

No acabó el cuento que nos quería leer. Pero desde aquel día la luz para mí fue diferente: vibrante. Algo vibrante como nosotros.

Meses después ocurrió el gran magnicidio.
Toda la familia dejó de considerar a Trinidad como una muchacha desbocada. La cosa era seria. Otra vez la sensibilidad de Tío Arturo había detectado un valor inmenso en lo que decía la prima Trinidad aunque él mismo reconocía en muchas ocasiones que no alcanzaba a comprender sus palabras, pero lo atribuía a su propia ignorancia, no a que la prima dijera frases poco cuerdas.

Pasados los años

Me adhiero a las palabras de mi prima Trinidad,
a sus entusiastas palabras, a su voz que era un rugido, el silencio obligado de sus amigas. Nada más.

Cuando decidió encaminarse hacia el campo de la libertad y extenderla a todos los pueblos del Pirineo, siempre los mismos hombres de manos rudas y tez quemada -más que por el sol por la humillación de cargar sobre sus costillas el latrocinio descarado de aquellos que no hablaban nuestra lengua- le abrían las puertas de sus casas como si de Juana de Arco se tratara.

Felicito a mi prima Trinidad por no aceptar la derrota mísera de unos rostros interrogantes. La felicito por perseguir continuamente la causa de aquella vibración; la felicito por haber hallado la respuesta que era  una incitación una pregunta.

Es cierto. Había aprendido a "GRITAR NO" a todo aquello que le pareciera una injusticia. Su obsesión fue siempre la de hacerse oír.

Creo que finalmente lo ha conseguido.

                                                            Johann R. Bach



UN REI ANTICATALÀ. Crec que ja ha begut oli.

!!! QUE SE SÀPIGA !!!

 

La recent intervenció del rei Juan Carlos I davant l'Assemblea General de l'ONU, lamentant la situació colonial de Gibraltar, té el seu origen en el tractat d'Utrecht (1713), amb motiu de la guerra de Successió (1700-14).

 

Si el govern espanyol considera anacrònic aquest tractat i aspira a la seva derogació, cal recordar que en el seu article X es determina el lliurament a perpetuïtat de Gibraltar als anglesos, a canvi que retirin l'ajut militar i econòmic als catalans.

                              

Per l'article XIIIè del mateix tractat s'autoritza Felip V, el primer Borbó, a desposseir els habitants de Catalunya de les seves constitucions, lleis i privilegis, assimilant-los als castellans i incorporant-los així a la corona d'Espanya, i per tant a promoure, l'any 1716, el Decret de Nova Planta, de trista memòria.

 

Si l'Estat espanyol recupera Gibraltar, per derogació del tractat d'Utrecht, per lògica i norma jurídica internacional caldrà també restituir les llibertats nacionals dels catalans, derogats per Felip V arran d'aquell tractat.

Doncs, vinga!, que el recuperin d'una punyetera vegada!!!