8 ago. 2015

Miré mi cuerpo, que era el cuerpo de la mujer que amaba:



NOCHE KAFKIANA CON LUCRETIA



No podía creer lo que estaba pasando, Me desperté, como en un amanecer kafkiano, transformado, transferido a Lucrettia. No puedo demorar más tiempo la descripción, la vivencia de ese momento hasta cierto punto insufrible e invivible.



Yacía de espaldas y me veía en las pupilas de un ser borroso inclinado sobre mí: veía allí el rostro de Lucrettia, levemente deformado por la esfericidad forzada del ojo. Cuando el embudo de mi conciencia aumentó, me di cuenta de que aquel ser tenía mis rasgos y de que me miraba con un terror infinito. Miré mi cuerpo, que era el cuerpo de la mujer que amaba: tenía sus mismos brazos, sus pechos, su cabello, sus caderas, sus  piernas. Tenía su misma piel sin vello, sus huesos, y en los labios el sabor a éter de su carmín.



En una oreja tenía también un pendiente verde esmeralda, era suyo, el oro brillaba en la cama, entre nosotros, entre la ropa amontonada. Y ella era yo, un largo y enjuto de hombre, el pecho huesudo, las caderas estrechas, el sexo como un cacahuete entre los muslos peludos y, sobre todo, tenía mi cara, mis ojos, mi larga mandíbula, mi bigote sobre unos labios sensuales y sufrientes.



Era yo inclinado sobre mí mismo como no me había visto nunca, ni siquiera en sueños, como si hubiera salido de mi cuerpo después de muerto y me contemplara desde todos los ángulos a la vez. Su transformación en rinoceronte o en un insecto no habría sido más espeluznante. Nos contemplamos largamente sin hablar y sin acercarnos. Estábamos demasiado cansados y aturdidos como para poder pensar. Nos vestimos maquinalmente, confundiéndonos de ropa e intercambiándonosla unas cuantas veces. Nuestros gestos vacilaban, los movimientos titubeaban, la mano no conseguía agarrar. Nos mirábamos como unos seres de mundos diferentes, basados en químicas, biologías y psicologías completamente distintas.



De repente, el que estaba frente a mí se dejó caer sobre la cama y, con el rostro hundido en la almohada, se echó a llorar violentamente, hipando y suspirando. Golpeaba la almohada con el puño y se retorcía como si estuviera poseído. Pero entre aquellos accesos de llanto, comenzó a distinguirse otro sonido. Venía del otro lado de la puerta y parecía un susurro, una mezcla de rumores débiles: silbidos, crujidos, un chasquido como de escobillas o maracas. Al oírlo, el que estaba a mi lado (le llamo así porque no podía creer que "aquél" fuera Lucrettia) se calló, luego, con una expresión perpleja, me agarró de la mano y me arrastró con una fuerza inusitada fuera de la habitación. Al pisar el suelo, aplasté con el zapato una mariposa gigante, que batía aún sus alas andrajosas.



Las cucarachas gigantes, los grillos-topo, las arañas y los escorpiones hormigueaban por el suelo, configurando una terrorífica alfombra viva. A cada paso los aplastábamos por docenas. Los gusanos se arrastraban junto a las cobras, la pitón había empezado a soltar sus anillos del tronco del árbol y el crótalo chasqueaba amenazador su cola. Todos esos seres parecían aún aturdidos, pero se espabilaban rápidamente. Como corazones perezosos las medusas palpitaban en el alcohol y los peces más pesados, se habían sacudido hasta volcar los recipientes y ahora golpeaban con la cola húmeda las baldosas del suelo, abriendo sus fauces dentadas. Jadeantes llegamos finalmente a la sala de los minerales, que lanzaban sombras de colores sobre las paredes.



Encontramos la manilla con la que habíamos encendido la luz, pero ¡ni rastro de la puerta! La puerta rojiza que daba al corredor subterráneo tenía que estar allí, pero no la encontrábamos. Tanteamos todas las paredes, casi llorando de desesperación, pero sin resultado. Estábamos acorralados. A duras penas dimos con una puerta que daba a una escalinata de caracol ascendente. Al subir por aquellos peldaños construidos para personas de una cierta altura nos pareció una eternidad, hasta que por fin llegamos a una trampilla y nos escabullimos en el aire fresco de la noche del Treptower Park.



A lo lejos se distinguía la estatua del soldado arrodillado sobre un fondo de frondosos árboles sobre los que se posaba una nube de luz cuyo origen era sin duda la del puerto. Era una noche preciosa, como sólo pueden serlo allí las noches de verano. Nos cogimos de la mano y nos miramos a los ojos por última vez. No teníamos nada que decirnos. Sabíamos que todo estaba perdido, que de ahora en adelante cada uno tendría que arreglárselas como pudiera. Nos fuimos hacia la gasolinera  a la que nos conducían las nuevas piernas el único lugar habitado e iluminado las veinticuatro horas del día. Nunca sabríamos qué había que hacer sino haciéndolo.



Eso es todo. Desde aquel día, no volvía a saber nada de Lucrettia. Quién es, como puede sobrevivir. No lo sé ni quiero saberlo. Ya no reconozco en aquel cuerpo extraño a la chica que constituyó mi obsesión y mi locura durante un año entero, tal vez el último año de mi vida pues intentar seguir viviendo en estas condiciones me parece algo absurdo ahora. He protegido mi conciencia de la visión de su cuerpo cubriendo los espejos con la textura engañosa de la tela. Pero no me puedo proteger de su interior, que me agrede a través de unos vericuetos psíquicos mucho más pérfidos. El monstruo que me posee, se ha encaramado sobre mí con sus patas y me tiene preso, atado con unos finos hilos y me maneja como una marioneta cualquiera.

                                                                                        

Me voy mezclando con él a cada momento que pasa, como los condenados en la fosa infernal de los que un día nos atrevimos a alzar la voz y pretender vivir en libertad. Incluso esos mismos pensamientos, me pregunto, ¿son míos o suyos? ¿De dónde procede la edulcoración de muchas de las páginas de mi confesión?¿De dónde ese estilo un tanto patético de algunos de mis escritos que no va conmigo habitualmente?¿No son acaso los venenos de la fiera, el jugo que chorrea de sus encías ocultas en lo más profundo de mi arqueocerebro?



Me equivoqué al comenzar a escribir, al retirar este toldo, al representar este psicodrama con el patio y los palcos vacíos. ¿Para quién he escrito esta comedia y otros tantos miles de poemas?¿Estás tú ahora a mi lado?¿Puedes tú, ahora ayudarme?¿Puedes en caso de que hayas leído hasta el final de estas líneas?



                                                                            Johann R.Bach

4 comentarios:

  1. WOOOOW! UN FINAL MAGNÍFICO , NO ME LO ESPERABA >_<

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  2. Hombre Andrés, ¿puedes ser más explícito? Un crítico teatral como tú creo que tiene muchas cosas a decir sobre es frase lapidaria "... Me equivoqué al comenzar a escribir, al retirar este toldo, al representar este psicodrama con el patio y los palcos vacíos"...

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  3. Me parece una descripcion terrorifica, de una matamorfosis mutua, con los cuerpos intercambiados, prisioneros en una casa de la que consiguen salir, al final, al exterior , con una serie de insectos y serpientes persiguiendolos. Toda la narracion es sobrecogedora. Literatura del horror, buena, pero que impide el sueño.Julio.

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