8 ago. 2015

No resultaba difícil comprender el matriarcado.


LUCRETIA: LOS FINOS HILOS DE ARAÑA

Al despertar,
nos recuperamos al contemplar con ojos como naranjas, entre carcajadas, las posturas de los hombres primitivos, negros, encogidos y desnudos alrededor de una hoguera de astillas. Aunque estaban desnudos, los atributos viriles de los hombres de Neandertal o de Cromañón brillaban por su ausencia, las mujeres, en cambio, podían presumir de unos saquitos mamarios esplendorosos en el pecho enjuto.

No resultaba difícil comprender el matriarcado.

Aquella nave terminaba en un pasillo que daba acceso a una estancia que simulaba tener las paredes de piedra, minuciosamente construida con cera, con murciélagos momificados colgados de las paredes de cartón piedra. Casi sin detenernos pasamos a otra nave inmensa donde una multitud de escarabajos gigantes en forma de semilla, adornados con toda clase de cuernos y mandíbulas. Nos costó separarnos, en cambio, de la granvitrina en la que, en toda su monstruosidad, yacían con las patas extendidas, las arañas.

Si Thomas Mann viera aquella colección de monstruos nos relataría cómo el veneno de la picadura de Mygale lasiodora (tarántula llamada viuda negra) provoca el enamoramiento de los colegiales hacia la maestra, o cómo Theridion curassavicum –la tarántula de la isla de Curaçao- provoca irritabilidad nerviosa al menor ruido, cómo el contacto con Aranea diadema (la tarántula de la cruz papal) provoca el surgimiento de acné alrededor de la boca, o cómo la Tarántula cubensis –dela isla de Cuba-provoca la aparición de verdaderos granos llenos de pus –ántrax- por todo el cuerpo.

Es curioso que estos rostros del horror, no aparezcan nunca en los cuadros medievales como alegorías de las tentaciones del Diablo o cómo elementos torturantes del Infierno de El Bosco o cómo encarnación del demonio en medio del Hades. A su lado, los dragones o cancerberos con sus pezuñas, resultan criaturas ridículas. ¡Y qué nombres tenían, alineadas en sus frascos todas las arañas del planeta: todas sugerían, en sentido latino, el estremecimiento, el horror!

Algunas eran gruesa, de cuerpos robustos y patas cortas, con garras visibles; otras tendían unos quelíceros rojos como embadurnados en sangre. Algunas eran delgadas y secas, como las tarántulas tan bien analizadas por Thomas Mann o por Linneo, con vientres negros o pálidos, con cruces siniestras como la de la mencionada Aranea diadema o manchas púrpuras, como jeringas; otras, esféricas y con los alambres de las patas diez veces más grandes que el cuerpo. Entre ellas, la araña pajarera, del tamaño de una rana, negra y peluda como un sexo grotesco, era la imagen misma del espanto.

Lucrettia no conseguía apartar la mirada de aquel cuerpo de quelíceros también peludos, extendidos hacia adelante. Desplegó los dedos de la mano izquierda y los pegó al frío cristal de la vitrina, sobre las garras mismas de la araña. En aquel cristal quedó impregnada la huella empañada de su mano.

Los escorpiones eran más fáciles de soportar. Eran todos casi idénticos, desde los imperiales hasta los que cabrían en una caja de cerillas: ambarinos, translúcidos, una sola raya negra verdosa se transparentaba a través del caparazón de ópalo, era el trayecto del veneno, que atravesaba los segmentos de la cola como si fuera su médula y llegaba hasta el aguijón extremo. Las pinzas grandes no provocaban terror, eran las pinzas del inofensivo cangrejo.

Salimos precipitadamente de aquella estancia –como si nuestro alto en las arañas hubiera sido excesivo y ahora estuviéramos retrasados- y pasamos apresuradamente junto a los crustáceos (una langosta del tamaño de una liebre, un cangrejo rojo en un frasco), los miriápodos y las escolopendras. Nos detuvimos un rato ante las estrellas de mar, los ofiúridos de brazos largos y enredados y las estrellas de cinco puntas, como de coral, bañadas ahora por la palidez de la muerte.

Yo me fijaba en Lucrettia, reflejada en las vitrinas verdosas. Estaba cada vez más rara, más transfigurada. Su sonrisa se volvía estereotipada, como una especie de promesa, de insinuaciones que yo no conseguía descifrar. Me remolcaba más allá tirando de un dedo y, algunas veces, cuando me demoraba demasiado, se colocaba a la altura de mi hombro, me empujaba y me arrastraba hasta que conseguía moverme de sitio.

¿Formaba parte todo aquello el mundo del Ápex?

Apenas si podía reflexionar sobre ello. ¡Con cuánto placer deambulaba yo entre peces de piel reventada, artificialmente pintados, a travé de la sala dedicada a ellos! Lucrettia no quiso detenerse ante los numerosos reptiles y camaleones de colores desvaídos como si hubieran salido de oscuros tratados de demonología. El veneno chorreaba de estos seres de pesadilla. Pasamos como si huyéramos hacia las salas acristaladas en las que, enroscadas al tronco de un árbol, esperaban la pitón y la anaconda. Lucrettia, sorprendentemente, acercó el rostro al cuerpo grueso y escamoso de las gigantescas serpientes. Cogió entre sus manos la trigonocéfala cabeza de la anaconda y la miró concentrada.

Aunque fueran de vidrio, los ojos rojos, claros del reptil eran fascinantes. Esta vez fui yo el que tuvo que arrastrar a Lucrettia entre los cocodrilos aplastados, de barrigas blandas, tumbados en grandes pedestales de madera. Roja como el coral, con anillos anchos, negros, la serpiente surucucú del Brasil estaba enroscada en la vitrina junto a una cobra un tanto famélica y víbora con y sin cuernitos.

Nos detuvimos a descansar en un gran sofá y mientras Lucrettia hablaba, transfigurada hacía rato, se había transformado simplemente en una criatura excitante, en una hechicera extraña, en una monja en éxtasis con las manos entrecruzadas. La tome en mis brazos y la tendí suavemente en aquella especie de sofá de madera. Hicimos el amor como la primera vez de nuestra vida. No es por pudor –algo que no tiene espacio en las novelas que escribo- que apenas hablaré de aquellos gestos, de aquellas sensaciones, sino porque, de hecho, no tuve en ningún momento conciencia de lo que me estaba sucediendo.

Ella, aunque estaba completamente desnuda, aunque estaba más viva que nunca, parecía tener un contorno infinito, irreal. Era sucesivamente, una boca con la piel de los labios sosa, un pecho pequeño, oleadas de cabello extendidas en lugar de almohada, una respiración agitada. Cuando penetré en ella, todas estas impresiones en mosaico se fundieron como si hubieran empezado a destilarse, blandas como la plastilina infantil e igualmente coloridas, con el mismo olor como de semillas de lino. Tuve de repente el sentimiento del todo.

Era una luz pálida, una tensión sin límite, una intuición sin comunicación. Permanecimos un instante así suspendidos y luego, como las lagartijas por la mañana, nos desentumecimos poco a poco, volviendo, en la medida que podíamos, a nuestra vida limitada.
                                                                                                                                                         Johann R. Bach

2 comentarios:

  1. Me tienes en vilo! Lo que sí decir que la pasión es indiferente a lo que les rodea porque no me sentiría tranquila entre tanto insecto y reptíl, no vaya a ser que alguno se confunda de ubicación.....
    Pero lo dicho Johann espero la continuación.>_<

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  2. la continuación se halla en UNA NOCHE KAFKIANA CON LUCRETIA y luego hay un epílogo a toda ese relato de la LA BIBLIOTECA DE TREPTOWER PARK

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