17 ago. 2015

Es un cuerpo ideal para aquél que busca la mujer ideal.


UN ROSTRO SIN MAQUILLAJE  (fragmento)

La lluvia caía torrencialmente
cuando la cúpula del observatorio iniciaba su apertura, por lo que la maniobra quedó abortada.

Protegiéndome con el amplio impermeable
llegué hasta el Monasterio de Les Avellanes y me puse a mirar fijamente por la ventana las gruesas gotas de aquella agua cristalina, aunque mis ojos como naranjas no necesitaban mirar otra vez a los cielos.

De repente un relámpago descomunal
llenó de luz el cielo cegándome momentáneamente. En ese preciso momento oigo unos pasos en el rellano, una llave gira en la cerradura y entra ella. Trae en la piel del gorro ruso, el olor del bosque sagrado de fuera. En la entrada se sacude los botines, en los que había embutido sus pantalones vaqueros ajustados con una cremallera a los tobillos. Se quita los guantes de conducir -de esos que son mitad de punto y mitad de cuero fino y dejan al aire las dos últimas falanges de los dedos-; la chaqueta de pecarí, que le llega a las caderas, y se queda con un jersey del mismo color que los pantalones: un azul índigo.

Se arranca el pañuelo
de color fucsia del cuello, estampado con dibujos orientales, muy finos, y se quita los botines de cremallera. La miro, paralizado, con atención para poder describirla luego en mi diario. Parece tener unos cincuenta y cinco años. No tiene un rostro bello -lo que probablemente le haya ayudado a madurar intelectualmente-, es más bien extraño. Ahora está sonrojada por la carrera a la que le ha obligado la lluvia, pero poco a poco va apareciendo la palidez del platino garfilado.


Sus ojos parecen perfilados con un lápiz demasiado negro y alargados en un rabillo grasiento. Su boca sería bonita sin esa ligera sombra de vello bastante visible sobre el labio superior excesivamente adelgazado por los años.

Con unos pómulos prominentes,
con el pelo corto y ondulado a la altura de las orejas, con el cuello erguido, de una cierta majestuosidad inútil ya en este planeta, recuerda en cierto modo a una figura bizantina de un mosaico dogmático y minucioso. No se está quieta ni un instante, de lo contrario la descripción me sería más fácil, aunque creo que ya he grabado en mis retinas lo esencial.

Ahora se saca el jersey por la cabeza,
así que puedo distinguir mejor su cuerpo, increíblemente hermoso, casi adolescente, sin concordancia con su rostro. Sólo la doble papada y una pequeña curva de grasa en torno a las caderas atenta contra la gracia de este cuerpo. Es un cuerpo ideal para aquél que busca la mujer ideal. Al cuello lleva una crucecita que ahora le cae por la espalda, entre los omóplatos, y en los dedos, ciertamente secos y pellejudos, un montón de anillos con turquesas prueba de su complejo de Jezabel.

Ahora se ha sentado sobre la manta de lana,
se saca los pantalones y se queda con sus medias de color café con leche mientras yo sigo paralizado totalmente. Se quita también la camiseta blanca, bajo la que aparece su blanca piel. Se levanta y revuelve en un armario minúsculo que curioseo ahora también yo. Es la ocasión para poder admirar de nuevo su grácil silueta, que nada tiene que envidiar a la de cualquier jovencita.

Coge una toalla y entra en el baño.
Se oye al cabo de un rato el ruido de la ducha, que no durará demasiado puesto que sospecho, por cómo refunfuña y se queja Martina, que no hay agua caliente. Porque se llama Martina, un nombre que, en primer lugar, no le va en absoluto y que, además, suena como raro, no demasiado cómodo para mí. Sin embargo le llaman Tina y como los que la llaman así les trae sin cuidado su nombre completo, todo resulta normal.

Doy vueltas por la estancia cada vez más agitada.
Mis patas, mis garras, mi kafkiano vientre transparente ocupan toda la habitación, que resplandece cada vez más con la caída de los relámpagos. Hace rato que no se oye la ducha en el baño, pero ella no sale. Se siente de vez en cuando el chasquido de algún frasquito al ser depositado en la balda, después otras vibraciones más ahogadas, difíciles de descifrar, el agua del grifo y los ruidos del lavado de dientes.

Se ha agotado mi paciencia.
Me cuelo por debajo de la puerta y aquí estoy, a unos pocos centímetros de ella. Está desnuda hasta la cintura y, con el pelo revuelto, teñido de ese negro artificial tan oscuro, muestra, por fin, su edad. El rostro sin maquillaje, que empieza a maquillar ahora de nuevo, tiene algo de masculino, de barbilampiño, de asiático. Sus pechos maravillosos, son la parte más joven de su cuerpo. La crucecita que antes estaba en la espada se ha enganchado del pezón de uno de ellos y brilla allí, en la almohadilla cálida de la mama. Tanto se ha agitado, tanto se ha secado el pelo con el secador, tanto se lo ha peinado ante ese espejo –manchado en una esquina y al que se le ha caído un tornillo- que, ya ves, se han hecho las seis y él tiene que aparecer de un momento a otro.

Distingo en su rostro, precisamente bajo el maquillaje, una palidez que no tiene que ver con el matiz de su cara, una palidez de los rasgos psíquica diría yo. Se siente mal, es evidente, está confundida. Debería estar nerviosa e incluso contenta, pero hay algo en sus vísceras o en su cerebro que la ha perturbado. Sus labios están rígidos y tristes. "Una sonrisa hipócrita en sus labios de coral". Labios de oriental triste, de ídolo triste.

Sale del baño y empieza a vestirse. Me resulta poco interesante y además tengo prisa, así que abandono la celda del Monasterio, salgo por la puerta trasera –la que da al parquin, y me arrastro, horrenda, con mis patas peludas que ocupan toda la acera encharcada. No hay nadie.

                                                               Johann R. Bach

3 comentarios:

  1. Interesante!!! Estoy esperando la segunda parte para saber como continúa. El porqué de su tristeza bajo el maquillaje. >_<

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  2. Siempre, la celda de un monasterio, donde ocurre el encuentro de la protagonista con Tina, y la tristeza de esta, tiene un morbo especial, pues esta en el limite del pecado con la mistica, por eso atrae el relato y el final provisional, que puede ser debido a cierto remordimiento de la oriental.

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