18 ago. 2015

No me apetece caer enfermo


UN JOVEN DE VEINTICUATRO AÑOS (fragmento)

Él tampoco está. Sigo caminando hasta la carretera y avanzo por el margen izquierdo acechando cada vehículo que pasa. Lo distingo, por fin, dentro de uno de los vehículos que se detiene junto a mí y al cual me subo yo también.

A este joven se le pueden echar unos veinticuatro años. Es bastante alto, castaño, con unos mechones especialmente largos que escapan de su gorra de piel con visera. Los pelillos dorados de su barba y su bigote apenas consiguen endurecer su rostro infantil. Tal vez, en realidad, se trate tan sólo de un jovenzuelo desvaído y desorientado, que desde hace unos días vive con una mujer treinta años mayor que él.

Me apresuro, en cualquier caso, a hacerme un hueco bajo su piel, a deslizarme por sus capilares, a nadar en su sangre a través de sus arterias cada vez más gruesas, entre las islas de hematíes y los erizos blancos de los leucocitos, con sus miles de dedos adornados con anillos con incrustaciones turquesa, hasta llegar, junto con todas las morrenas y aluviones del mundo, al inmenso delta de su cerebro, donde me acomodo confortablemente, recogiendo las garras a lo largo del cuerpo. Con cada metro que el taxi avanza en dirección a la habitación donde espera Martina, mi hambre aumenta, mi deseo insaciable se acerca al apogeo. Circula el automóvil despacio pues la cortina de agua que está cayendo disminuye la visibilidad.

No me apetece caer enfermo sólo por mostrarme irresistible ante ella. Martina está colgada de mí –o eso parece- y yo no necesito complicaciones. Sin embargo, tiene algo interesante, creo que en primer lugar es la edad, que me hace sentir ligeramente cohibido en mis relaciones con ella, culpable, –es la primera mujer que me pide eyacular en su boca- y hace que me ruborice aunque… eso me gusta.

Estar con una mujer madura debe ser el sueño de cualquier muchacho. Pero en mi caso es otra cosa. Ella me interesa menos como iniciadora en el erotismo que como simple concepto o idea de lo que es una mujer hecha y derecha, de una mujer verdadera. Las compañeras de la facultad y las universitarias en general no son, la mayoría de las veces, otra cosa que gatitas presuntuosas, envueltas, eso sí, en la luz ambarina de la mirada y en una especie de inconformismo bobalicón. Sin pasado, o sin ser aún conscientes de él, son anexos de discoteca cuyo erotismo, cuando existe, es uno puramente social y estético, ellas provocan dentera en la imaginación como la fruta aún verde.

La mayoría no madura jamás –tampoco lo desean-: desaparece su encanto y se suman a la multitud de esposas decentes durante años, con una sincera vocación de normalidad. Tiempo habrá para acercarse a la peligrosa edad del adulterio…

El tierno jovenzuelo que piensa en estos términos,
cerrando unas veces un ojo y otras el otro, se apea del taxi en la oscuridad y se dirige lentamente -a pesar de estar empapándose- hacia la casa en la cual, en el ático, le espera Martina quizá ya con la cena en la mesa adornada con una vela en el centro.

Muchos creerán que, cuando pienso en las chicas, hablo sobre unas uvas demasiado agrias para mí, y no les falta razón. De hecho para ser sincero, no he tenido mucha relación con esas mujeres esculturales y bien emperifolladas a las que me refería antes. Tuve una relación a los veinte y era también una "madurita" de treinta y cinco. Luego ha caído alguna que otra de vez en cuando. Pero les tengo manía a esas adolescentes ñoñas que te dejan, que te dejan, pero no te dejan. ¡Estrechas vamos! Perdí el tiempo inútilmente, durante varios meses, junto a una de esas, así que estoy saturado.

No he vuelto a intentar convivir durante mucho tiempo, en serio, con una mujer. Martina es para mí una oportunidad inesperada: puedo dormir en su casa, algo que no he hecho, nunca con nadie. La conocí en una fiesta de su sobrina. Ella ayudaba en la cocina y no participaba de la fiesta. Conversé con ella mientras todos bailaban. Me fascinó con sus ideas. Al principio pensaba en que dirían familiares, amigos y los que me conocían si me veían con ella en el cine o paseando por el parque cogido de su mano. Podrían creer que iba con mi madre. Pero al oírla hablar y opinar sobre los textos que yo había leído mis prejuicios desaparecían y la iba encontrando más y más atractiva.

Espero que lo único que hagamos sea aprovecharnos,
sin problemas, sin complicaciones, uno del otro durante una temporada que fijo provisionalmente de unos veinticinco años, tiempo suficiente para qué ella se canse de mí.

Espero, sin embargo,  que todo salga bien.

                                                                  Johann R. Bach

1 comentario:

  1. Precioso!!!
    Pero aún hay que avanzar mucho en el pensamiento de las personas en cuanto a la diferencia de edad, sin tener en cuenta la igualdad de sentimientos que borran de un plumazo los años de diferencia. .... también existe el deseo de sus almas .>_<

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