18 ago. 2015

Besos, caricias, besos… Café.


UN ANILLO CON TURQUESA (fragmento)

¡Ajá! En el portal ya se nota más calor y al menos no te pinchan en la cara las gruesas gotas. Subo la sórdida escalera. ¿Por qué diablos huele siempre a incienso recién quemado? Aquí está su puerta de tono azul violáceo, con mirilla. Llamo y me abres tú y, como siempre, me dejas boquiabierto porque ansío, con un cierto embarazo, ver tu figura, y tú apareces guapísima: tienes una sonrisa que realza aún más tus pómulos, y la línea de tus cejas es menos circunfleja y autoritaria de lo que me esperaba.

Tu cabeza es altiva y orgullosa, su aspecto ligeramente viril, te confiere esa ambigüedad que me fascina. Me ayudas a desembarazarme de mi ropa empapada y con las costuras caladas, y me quedo con mi camiseta azul. Me siento en la cama, sobre la manta a rayas rojas, así que el camuflaje es perfecto. Estoy un poco nervioso, porque ninguna chica se ha arreglado así para mí jamás, Martina. Hay en ti una mezcla de ternura, cariño y timidez que me anima. Pero si me fijo mejor, hay algo más. Te acaricio el pelo y te pregunto si estás triste. No es exactamente tristeza eso que observo, es otra cosa, pero así se pregunta. Titubeas ligeramente y luego me lo cuentas. Tienes una voz algo gruesa, de profesora pedante, con un respeto desmedido por la expresión correcta. Hablas como un libro abierto. Pero ahora ya te conozco.

Dentro de un par horas, te dejarás de distinciones artificiales e incluso te burlarás de todo. Sólo así resultas simpática y juguetona. Pero aún nos queda un rato antes de la cama. Aguantaremos algo envarados y conversaremos sobre asuntos literarios.

Tomo tu mano y contemplo el anillo con la turquesa. Me gusta mimarte, con otras he sido siempre un tipo imposible. Te levantas y pones en el molinillo el café, ajustas la tapa de plástico transparente y mientras el motorcito vibra, la sujetas con la mano. Te agarro por la cintura y ya no quiero portarme bien: aprieto mis genitales con fuerza contra tus glúteos. Sé que tenemos toda la noche por delante y que hay que respetar un cierto orden porque, de lo contrario, puede ser feo, humillante, desagradable, pero me temo que no tengo la experiencia suficiente como para poder esperar. Cuando estoy contigo, que me atraes tanto, me dan ganas de dejarme de conversaciones y cogerte en brazos y usar la lengua en otras funciones.

Lo intento, tú también te has dejado llevar, pero habría que soltar la tapa y todo el café se desparramaría por la habitación. Me contengo y, mientras tú pones agua a hervir, hablamos tranquilamente sobre nuestras últimas lecturas. Tú lees un libro insignificante simplemente para distraerte y lo has paseado en el bolso durante varios días. Yo he terminado, de hecho he devorado, los dos últimos libros que me prestaste la semana pasada.

Besos, caricias, besos… Café.
Lo sorbemos en tus tacitas blancas con una rayita cobalto. He empezado a temblar, se me ha acabado la paciencia. Pero, ¡ay!, tengo que seguir esperando. Porque otra vez me torturas con tu zodíaco, sólo con verlo se me ponen los pelos de punta. Te empeñas en comentar que si esto que si lo otro. Cómo seré yo en los negocios, cómo soy en el amor, qué tipo de inteligencia tengo, qué enfermedades debo prevenir. Dios mío, una mujer es capaz de volverte loco en una sola noche. Por supuesto, durante este rato no pierdo el tiempo, te acaricio con las dos manos. Pero el resultado es que unas veces lees con voz más queda y otras te detienes y cierras los ojos. Pierdes –al sentir el placentero cosquilleo bajo la piel- el hilo, pero no te das por vencida en absoluto.

Al final no llegas a ninguna conclusión. Lo dejas y empezamos a hacer la cama. Luego nos desnudamos (tú, como siempre, te cambias en el baño y apareces, púdica, con el albornoz de flores rojizas bajo el que, para mi siempre renovada decepción, no llevas nada). Para cuando tú te metes en la cama yo ya llevo un rato acariciándome los genitales -para impresionarte con su tamaño si ello es posible- bajo el inmenso edredón.

Ahora sí… tu piel contra la mía.

                                                                                 Johann R. Bach


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