21 may. 2015

cuerpos tan juntos y tan distantes…




LA CARNE PLETÓRICA DE  TÍA CINTA

La tibia noche de junio
les abatía los miembros.

Tía Jacinta y él,
subidos encima del entarimado de la azotea de aquella casa junto al mar, miraban las estrellas, como quien mira el mapa del futuro.

Cada uno su futuro,
el de tía Jacinta ceñido al esplendor de su cuerpo, conocido desde hacía siete años sólo por las cámaras de la empresa de publicidad que

la perseguían día y noche
al igual que los moscardones de la prensa del corazón.

El de él -flor de diecisiete años vírgenes-
futuro mental, futuro de subterfugios: un enredo de sentimientos despreciados por el miedo a la carne.

Y aquella carne pletórica, la de ella,
y la carne de él, más lánguida, pero no por eso menos ardiente,

¡cómo resplandecían en la noche oscura
por los cuarenta años de diferencia tan tensos, por la llamarada del sol amontonado sobre el busto de tía Jacinta y por

los abiertos ojos del principiante!

La piel tirante de la noche,
la brisa sobre las tablas aún calientes sobre la terraza, el río de sangre tan similar que corría por aquellos

cuerpos tan juntos y tan distantes…

Fue la noche de amor más larga
que recordara tía cinta. Arriba en el cielo, quizá sonrieron las estrellas. Sin embargo,

abajo en el piso ladraba ya,
incansable, esperándolos un personaje sombrío postrado en una silla de ruedas y la jauría del futuro.

                                                              Johann R. Bach

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