16 mar 2014

Y floto en una nube como nunca lo hice en mi juventud

AMOR CON ESPUMA DE AFEITAR

 

Es tan extraño y sorprendente

que, justo al cumplir los sesenta y tres, hayan desaparecido los cuartos de luna de mi pecho, que

 

el cable negro ya no cuelgue

impertinente sobre mi frente sino que está como embutido dentro de una peluca de rizos blancos, que

 

no me reconozco en el espejo.

 

Me cuesta creer que Olof sea sincero

cuando me dice que me desea, que le gusta mi carácter, mis ojos, mis labios y… que tengo el culo más bonito del mundo.

 

Sólo tiene veinticinco años.

Es muy atractivo, aunque oí una opinión sobre él distinta a la mía: dos vecinas que ignoraban que yo estaba presente decían en la panadería que era muy joven para ser casi calvo y

 

los huesos de sus clavículas demasiado prominentes.

Opinaban que se pasaba demasiadas horas estudiando y por eso su piel era blanca y que su color rosado era debido al exceso de pecas y vello rubio.

 

Llegaron a decir

que oían sus pasos en los ensayos –riéndose de él- para conseguir cómo andar con gracia y dejar de ser un poco amanerado, cosa difícil porque cuando se nace …

 

Interiormente sonreí.

Ignoraban que montaba a caballo como un príncipe metiendo la punta de los dedos como un pie, con delicadeza, en lo que él llamaba el estribo.

 

No saben que ha aprendido

a inclinarse ante las señoras maduras tirando la pierna hacia adelante y haciendo una amplia curva con el brazo,

 

no sin girar ligeramente su cara

para decirles al oído que las encuentra radiantes como una mañana.

 

Cada vez que Olof me visita

 me dice con dulzura que ha subido otra vez los peldaños de la gloria para ver a su diosa.

 

Me repite continuamente

que quiere aprender a escribir bien mi idioma para componer frases bonitas y dedicármelas.

 

¡Qué diferente es todo ahora!

 

Los recuerdos de mi vida anterior

se hacen cada vez más vagos. Me casé con Luis porque creí que mi vida iba a cambiar: huía del autoritarismo de mi padre y de la indiferencia de mi madre a la que no culpo porque tenía que ocuparse de la familia y del despacho del pan desde muy temprano.

 

Así que con apenas veinte años

ya estaba embarazada de dos mellizas. Dos niñas que en lugar de apreciarme como madre me trataron, hasta su desaparición de la casa, como a un ama de llaves:

 

El amo y señor de la casa

y del restaurante era Luis. Sus palabras no eran más que ásperos improperios, sus miradas dardos envenenados. Mi vida se había convertido en un huir constante de su presencia.

 

¡Qué diferente es con Olof!

 

Mientras se afeita,

brotan aquí y allá, a través de la blanca espuma, diminutos puntos de sangre que la tiñen de rosa. Él parece no notarlo y sigue afeitándose y tarareando.

 

Después de lavarse la cara

y darse en ella palmaditas con una loción que huele a whisky escocés, se echa hacia atrás el cabello rojo de las sienes. Lo lleva siempre bien cortado.

 

Su apuesta cara de piel rosada

y pecosa reluce aún más cuando se alisa su rojo bigote con las puntas de los dedos.

 

Tiene la nariz fina y recta,

y unos ojos grises vivos y chispeantes que hablan de una inteligencia juguetona y el fósforo que se desprende de ellos me enciende hasta el delirio aunque su mirada sea a través del espejo.

 

A menudo me unta en las mejillas

y en los labios con la espuma que le sobra al afeitarse y luego me besa de forma que me olvido de que mi cuerpo está cargado de años.

 

Y floto en una nube

como nunca lo hice en mi juventud.

 

A veces le pregunto

¿cuánto va a durar este amor? Él me mira con dulzura y me contesta que el tiempo suficiente por lo menos para que otro tres de enero caiga –como este año- en viernes.

                                                          Johann R. Bach

 

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