CADAQUÉS COSIDO A LA ESPALDA
Cuando Marta Guillamon estaba triste
cogía un espejo redondo sacado de una antigua polvera y mezclaba su imagen con la del espejo del lavabo de forma que
-decía- podía ver el pueblo de Cadaqués
cosido a su espalda. Allí, apoyados en sus hombros, como una mochila, estaban sus mejores recuerdos.
Cadaqués era para ella la demostración
de que los pueblos son la ilusión de que las cosas van juntas de algún modo, los granados, los almendros, los algarrobos, las viñas y los olivos,
las tormentas levantadas
por el genio de ese tenaz viento huracanado que se mete en el cuerpo, la alegre música de la sardana de algunos domingos.
Quizá debido a esas ideas Marta
se hizo erudita en pueblos.
Evidentemente esa erudición
le llevó a posicionarse.
En un mundo
en el que estaba prohibido posicionarse, comparó Armenia –un pueblo completamente desconocido en aquellos oscuros años- con Catalunya en cuyos pueblos
sus músicas habían sido tildadas
de folclore decadente,
sus lenguas negadas, represaliadas
y sus literaturas expoliadas.
Vistos así los pueblos
algunas líneas se hacen lógicas aunque mucha gente ajena a Catalunya pensarán que las líneas que pintaba en sus poemas Marta, eran ella misma; pero no es así.
Sencillamente sabía
dónde colocaba el dedo en sus mapas y lo misterioso del deslumbrante mar que logró acabar de pintar: las líneas que allí están.
Antes de que hubiese cualquier calle y su carro,
o esquina o virtud, ¿quién estaba en ese maravilloso paisaje de Cadaqués para hacer las preguntas?
No fue Marta la que más destacó
en su particular erudición,
pero sí la primera en escribir que
“en Cadaqués, la primavera aún es como era,
que allí la lluvia silba por las ventanas junto a la tramontana y que los anhelos,
desde muy lejos, nos alcanzan;
que el miedo en el Cap de Creus es eso:
un miedo de septiembre porque se apaga el fuego de las cigarras.
En cada una de las hojas de su diario
Marta pintó a alguno de sus habitantes, pues Cadaqués ha sido siempre un pueblo de memoria.
En cada hoyo
–nos recordaba- surge un olivo, de cada pincel nace un artista: es un pueblo con suerte…”
Todo eso sonaba –y aún suena-
como un pueblo de cierta importancia, dónde una persona podía ir más allá de sí misma,
o conocerse a sí misma,
como se prefiera.
Johann R. Bach
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