15 mar. 2014

"No vayas más por este manicomio de solos, hombre o mujer:

EN EL MANICOMIO

 

En el manicomio bebíamos un vino añejo

denominado La Bota del Abuelo y de vez en cuando no sabíamos si se estaba mejor dentro o fuera.

 

Eran tiempos en que la visión

que los otros internos –los médicos- tenían de mi médula y mi carne era como la ceniza que algún dios extraño que quisiera humillarme sin conseguirlo.

 

No obstante me obligaban –sus miradas-

a ver la forma de mí mismo; niño en ropas de colegio paseando por una calle larga y tensa (en la infancia todas las calles son largas);

 

ir bajo una lluvia de cobre

con el guardapolvo de rayas verticales, a veces feliz después de haber sufrido un

 castigo, el azote como una cruel necesidad impuesta por los Ángeles Tronos.

 

Aquel vino rancio y dulzón

nos hacía caer en un mareo, un terror confuso (en un jardín que yo intuía como nocturno) y venían a mi mente todos aquellos a los que amaba como si ya no fuera a verlos nunca más.

 

Y el propio jardín adquiría vida

engendrando al infinito; como si temblara en ese infinito que palpa con sus raíces que mueve los ojos y manos de aquellos que me miraban extraviados entre los arbustos salvajes de las noches.

 

En uno de los maravillosos rincones

de aquel pequeño paraíso los nenúfares y los peces carminosos de un estanque poco profundo acompañaban en sus gestos a unas diminutas tortugas, y,

 

las aguas malsanas

preñadas de sales descendían de la negra lluvia ácida de las fábricas de la zona como si todo tuviera que morir o por lo menos huir.

 

Aún conservo algo que escribí

en una de aquellas noches de guardia: “No vayas más por este manicomio de solos, hombre o mujer:

 

santo peregrino del Asilo de los Ángeles, abandona tu torturante mundo invención extraña a tu propio ser; abre la garganta y expulsa de tu paladar a todos los mercuriales demonios”.

 

Así, para ti, sólo para ti,

ha de llegar el grito, como mar que tirita, el grito de sumisión del mundo subterráneo que arde en los abismos del Manicomio Imaginario.

 

Ante él has de hacer oídos sordos

y saltar alegremente entre las amapolas la cara amable de los opiáceos”.
 
                                                                  Johann R. Bach

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