12 mar. 2014

La vida, indiferente, fluye y se propaga siguiendo el camino de la luz ignorando el florecer de tu amargura.

   EL DOLOR  (Y LA AUSENCIA DE LUZ)

 

Hubo un día en tu vida

en que sin saber por qué se levantó en ti como una amenaza una sombra y se te ocurrió condenar a todo lo que fuera oscuro porque el color negro estiliza la figura y adelgaza hasta la misma voz.

 

Desde aquel día rechazas

imágenes tras imágenes si son sepias de modo incomprensible como si llenaras la soledad añadiendo sillas y más sillas en una sala que sólo el polvo se ha de sentar.

 

Es en invierno

cuando tus pensamientos se mueven dentro de un frío castillo, pero nunca los finalizas hasta la primavera. Lo que no quiere decir que debieran andar realquilados.

 

Así que sueles abandonar la casa

con la sensación del poeta –y algún que otro político- que se disculpa ante las cosas, sólo para que no duela más tu ausencia.

 

Sabes que resistirá bien la tramontana,

y, la lluvia porque no es un montón de yeso, sino un lugar donde un niño buscará su pelota.

 

Esta vez ya no volverán aquellos estudiantes

que empollaban la Biología como si fuera vino. ¿Recuerdas aquellas extrañas palabras?

 

“La cohesión de las células

no debe ser preventivamente coloidal principalmente en el microscopio polarizador.

 

La herida es sólo un concepto…”

“El límite entre la lechuga y el agua y la espumosa estructura del azúcar, exceptuados los factores temporales…”

 

“La ameba, amiba, baja los párpados

Y a toda velocidad intercambia su núcleo con un beso…”

 

Del cielo cae el frío

con el derrumbamiento del sol. Todo te parece aparente; y, lo que no lo es, también.

 

Vuelves a meditar

sobre qué sería la alegría sin el dolor.

 

Las yemas de tus dedos

palpan aún el pijama de hospital que se coloca sobre los cuerpos de los pobres con botones mal cosidos y bien descosidos.

 

Rechazas la silla de ruedas;

prefieres caminar con dificultad, pero caminar. ¿Te estás repitiendo o acabas de reencontrarte?

 

La vida, indiferente, fluye

y se propaga siguiendo el camino de la luz (según Huygens) ignorando el florecer de tu amargura. Y es que no es fácil habituarse al dolor y acumularlo en el diván oscuro del recuerdo.
 
                                                                 Johann R. Bach

 

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