1 feb. 2014

Que ningún hombre intente ... saber lo que le habrá de suceder a él o a sus hijos

ENTRE LAS VIÑAS DEL PARAÍSO

 

Mis hijos acostumbran a preguntarme

y a preguntarse por el lugar en que uno empieza. Y con razón. ¿Acaso no subvierte todo comienzo las tiranías del tiempo y del lugar?

 

La Península del Cap de Creus,

esa es la zona gris en la que normalmente me encuentro con escaso propósito o designio.

 

Una viña vigilada por viejos alcornoques,

un rincón poblado por prometedores olivos… y, el olor del mar … Todo ello me transporta a un lugar en el que ya he estado antes;

 

tan reconfortante como el sonido

de los granados cuando son atravesados por el viento que les da carácter, belleza y fertilidad para una oreja nostálgica y algo dura.

 

Todo eso es a un tiempo banal y útil

allí en mitad de los caminos con una moto rápida que se come la sinuosa carretera que conduce al mar, a ese pueblecito blanco.

 

Esa carrera

hace que me olvide de mí mismo, que piense en John Milton el primer gran poeta que se liberó de la rima de sus versos hacia 1663 como una forma de superar su ceguera y su desilusión política.

 

Hay quien dice

que lo importante es el final –siempre abierto-, que lo que marca la diferencia es el cómo acaba uno, ¿no son los finales el lugar donde cierras la puerta pero no echas el cerrojo?

 

Música extraña que comienza,

la pista de baile que empieza a llenarse ahora contradiciendo a Robert Frost que tuvo la ocurrencia de decir que lo mismo daba jugar al tenis sin red que escribir un verso libre.

 

Volando contra el viento

sobre dos ruedas en esa península pienso –intentando olvidarme de mi propio principio- que en si yo hubiera sido periodista en el Edén

 

le hubiera preguntado a Adán

sobre cómo veía él el futuro ya que su principio era obvio.

 

¿Qué dolor sentiste

–comenzaría con esa pregunta la entrevista-, Adán entonces, cuando viste el final de toda tu descendencia, final tan triste cómo ver como se mataban tus hijos originando la despoblación?

 

¿Cómo pudiste superar

el que te anegara otro diluvio de pesar y de lágrimas, que te sumergió como a tus hijos;

 

hasta que el Arcángel te levantó amoroso,

y te quedaste de pie al fin, aunque tan desconsolado como cualquier padre que llora por sus hijos,

 

ante sus ojos destruidos de una vez;

y apenas te atreviste a lamentar: ¡Oh funestas visiones del futuro!

 

De regreso a la viña pasan

por mi cabeza las palabras con las que Adán me hubiera contestado:

 

“Que ningún hombre intente

en adelante saber lo que le habrá de suceder a él o a sus hijos, infortunios que no podrá evitar su previsión, futuros males que por conocidos no le resultarán menos penosos en la aprensión ni en la realidad”.

 

Al llegar a casa, acompañado del viento de Tramontana, esos temores desaparecen; ya no necesito estar advertido; los pocos que quedan, finalmente angustia consumirán

 

errando por este Edén de vino, aceite y almendras.
 
                                                 Johann R. Bach

 

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