29 ene. 2014

Cicatrizando heridas con agua de mar

UNA CASITA EN BRETAÑA

 

Yo estaba al corriente

del contenido de la Sentencia a propósito del proceso de divorcio que Yvette había mantenido durante años con su marido y cuyo Fallo a favor de ella significaba que

 

él le tenía que ceder

prácticamente la mitad de todos los inmuebles que se habían adquirido durante el tiempo que permanecieron casados, además de un auténtica fortuna en metálico.

 

Ese Fallo judicial

fue interpretado por el marido de Yvette como una humillación y después de firmar toda la documentación necesaria, adoptando el aire de una persona civilizada que aceptaba –casi alegremente- la Sentencia, se ofreció para acompañarlas de regreso París.

 

En una de las rectas,

debió sentir las punzadas en el pecho de la rabia contenida, lanzó el lujoso Mercedes a toda velocidad y se salió a la primera curva. El auto se estrelló contra los árboles después de múltiples vueltas de campana.

 

Comprendí de forma dolorosa,

y no a través de los libros, que detrás de cada crimen hay una situación de humillación que el que la vive se ofusca hasta el punto de no amar su propia vida.

 

Con el tiempo necesario

se le ha ido enviando al cerebro de la persona afectada mensajes de peligro que no son atendidas porque la egolatría –normalmente bañada en alcohol y tabaco- es más fuerte que la inteligencia.

 

Se menosprecia al enemigo pequeño

que precisamente por no poder enfrentarse directamente va maquinando y creciendo en la sombras. Yo misma pude comprobar que la humillación abre unas heridas en el alma que tardan años en cicatrizar.

 

Me despedí con gran pesar de la fábrica

que me había dado una profesión y me convertí en la enfermera de Yvette.

 

Durante dos largos años compartí el dolor,

día a día, con la persona más maravillosa del mundo. También eso fue placentero.

 

A veces Yvette soltaba auténticas culebras

por la boca mientras hacía los ejercicios de recuperación transmitiéndome a mí toda la rabia que llevaba dentro –que no era poca-.

 

Después de esos ataques

de intolerable dolor, se tomaba una dosis de Chamomilla 30 CH, se relajaba y me comía a besos, pidiéndome perdón.

 

Ya lo ves –decía- estoy hecha una piltrafa,

pero una piltrafa millonaria… Te tengo a ti. Efectivamente cuidarla día y noche fue tan placentero como amarla:

 

el dolor y el sacrificio fueron asignaturas

que también aprobé –me siento muy orgullosa de ello- Yvette se recuperó casi totalmente y decidimos comprar una pequeña casa en el puerto de Dinan.

 

Solíamos pasar allí semanas enteras,

paseando por la vieja Rue du Port. Cicatrizando heridas con agua de mar.

 

                                                            Johann R. Bach

 

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