8 feb. 2014

Encendió las dos velas que adornaban la mesa

RESURGIR COMO LA ESPUMA

 

Aquel día cumplía los cincuenta.

Al salir del baño, se había envuelto en un albornoz de suave rizo del que solamente sobresalían las piernas y las manos.

 

Del armario de cristal,

tomó el pulverizador y roció sus cabellos -llenos ya de canas teñidas de rojo- con fluido y aromático aceite.

 

El suave cepillo de color ambar

dividió la sedosa masa en largos filamentos color naranja semejantes a los surcos que, sirviéndose de un tenedor, traza el alegre pastelero en la mermelada de albaricoque.

 

Dejó descansar el cepillo y,

tomando con delicadeza el cortaúñas, recortó los extremos de sus párpados mate, para dar misterio a su mirada.

 

Tenía que hacerlo a menudo,

pues volvían a crecer enseguida.

 

Encendió la lucecita

del espejo de aumento y se acercó para ver el estado de su epidermis. Alrededor de las aletas de la nariz sobresalían los huecos de antiguos comedones formando así la llamada piel de naranja.

 

Se quitó el albornoz

y se pasó la beta que hacía las veces de cinturón y se la pasó entre los dedos de los pies para absorber los últimos restos de humedad pues era propensa al hogo “pie de atleta”.

 

En el espejo podía verse

a quién se parecía: en su amplia boca a Sofía Loren, en sus ojos una presentadora de informativos de la televisión, pues su cara era redonda, las orejas pequeñas como las de las

 

personas que envejecen lentamente,

la nariz recta como la de Nefertiti y la tez dorada por los baños de sol. Su sonrisa era como la de un bebé y

 

el hoyuelo de la hermosura

daba a su barbilla un toque de fortaleza y voluntariedad.

 

Era alta y de piernas largas,

lo que unido a una cierta simpatía madurada durante años por un esfuerzo de empatía le daba un aire agradable a las mujeres y cierto temor a los hombres.

 

En efecto, a las chicas les hablaba con dulzura,

y a los chicos con alegría aunque distante. Casi siempre estaba de buen humor y en sus horas libres leía y leía…

 

Se vistió con un traje azul marino:

el pantalón marcaba casi excesivamente sus glúteos pero ceñia elegantemente sus tobillos y sus zapatos rojos hacían juego con su cabello.

 

Se dirigió al comedor

para ultimar los preparativos para la cena. Miró el reloj y vio que sólo faltaban diez minutos para que su invitada amiga llegase.

 

Encendió las dos velas que adornaban la mesa,

 

puso una suave música de jazz

que ayudara a soportar aquellos larguísimos minutos que se habían de consumir antes de que comenzase una nueva etapa de su vida.

 

                                                          Johann R. Bach

 

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