10 sept. 2013

El creer que eras un dios quitaba grandeza a tus victorias

 SOÑASTE OLVIDANDO TU SEXO

 

Ayer soñaste olvidando tu sexo que…

 

Pasaban los años como los días

y aumentaba el número de personas que te miraban con reproche por estar sola.

 

Conversabas cada vez menos

con menos amigas de la infancia y mirabas quizá a los niños con otros ojos.

 

Otras voces seguían murmurando

y desaparecían enseguida, como quien sale de un museo y en el primer paso que da en la calle se pregunta si acaso existe lo que acaba de contemplar.

 

Tú te quedabas ahí inmóvil, inmóvil aún.

Tu rostro tenía un gesto mohín, un trazo: algo había pasado por él y lo había dejado marcado como el desgarro de un colmillo.

 

Tu casa se había llenado de grillos,

de polillas, de insectos. Ya no conocías tu cuerpo. Era el comienzo de la primavera de tus cuarenta y cinco años. Los días se acomodaban. No así la tristeza.

 

La tristeza no se acomodaba nunca.

 

Pero a ratos te parecía

que en algunos momentos podías ser compasiva con esa imagen, que podías incluso dejar tu propio cuerpo olvidado en casa y salir sin él, subir al autobús sin él, un descuido,

 

y que eso sería como una fábula educativa

para muchachas inconscientes.

 

Te despertaste con la boca seca…

Miraste la hora. Sólo eran las dos de la mañana. Fuiste a orinar y volviste a conciliar el sueño.

 

Comenzaste a soñar de nuevo…

 

Esta vez eras Alejandro El Magno

¡Qué pesadilla! Hablabas desde tu tumba con tu padre Filipo. Se reía de ti. Tú medio enfadada le preguntabas el porqué de sus carcajadas.

 

¿y quién –te decía Filipo-

no iba a reírse al ver al hijo de Zeus desfallecido, pidiendo auxilio a los médicos? Ahora ya muerto, ¿no crees que muchos se burlaron de eso, al ver tendido en toda su extensión el cuerpo de un dios, hinchado y llenos ya de gusanos sus genitales y pudriéndose ya incluso antes de fallecer como el resto de cuerpos mortales?

 

Los gusanos –contestabas quejándote de sus burlas-

son a causa de una enfermedad desconocida que pasando los siglos será bautizada con el nombre de diabetes, una verdadera plaga.

 

No me río del lamentable estado de tu cuerpo

en el que se encontraba cuando te enterraron sino de aquella utilidad de que hablas: el hecho de que vencieras fácilmente a tus enemigos por creerte un dios.

 

Eso quitaba grandeza a tus victorias,

pues todo parecía defectuoso,

al tratarse de la obra de un dios.

 

En la pesadilla cada vez estabas más irritada…

 

No creo que piensen eso de mí

–seguías sin pódelo evitar con tu verborrea- , pues me comparan con Heracles y Dionisio. Es más, sólo yo conquisté la famosa roca de Aornos; ellos no la ocuparon jamás.

 

¿No te parece suficiente desfachatez

–te espetaba Filipo acariciándose su pierna anquilosada- el compararte con Heracles y Dioniso, que ahora ni siquiera en este momento de presentarte a las oposiciones de cátedra, vas a olvidar tu estúpido orgullo?

 

Con sudores fríos

y rápidas pulsaciones te despertaste…

                                                                                Johann R. Bach

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