9 sept. 2013

En algún tiempo, acaso soñó, secretamente, con ser un literato conocido

PETER, ESCRITOR DE SAINETES

 

La inteligencia de Peter –llamémosle así-

le impedía tener un pensamiento plano, aunque las líneas curvas nunca fueron su fuerte. Escribía sainetes en las tardes de los sábados.

 

Muchas veces, en su evolución temporal,

condenó con sus actos lo que defendió con palabras lo cual no es costumbre extraña tanto en políticos como en escritores.

 

Como coronación de una campaña editorial,

escribió algunos cuentos cortos, editó una revista de pretendida literatura –todo ello muy original- y hasta hilvanó veinticinco capítulos de una novela.

 

Según él, trataba solamente de argumentar

desde la literatura los mismos temas que en sus discursos ante ejércitos enteros de hormigas. En realidad no es del todo así.

 

En uno de sus dramones costumbristas,

no exento de gracia ni de un cierto encanto en sus faltas de ortografía, narra la vida del hijo de un bedel del Instituto llamado Santos. El nombre de pila de ese personaje no aparece en ningún capítulo.

 

Santos era, al parecer, un muchacho de gran talento

–alter ego sin duda de Peter-, cursó estudios de derecho y llega a la capital, donde cae bajo las garras de un caciquillo de barrio. Se presentó a las oposiciones a cátedra de aquel mismo año y luego se quejó durante años de no tener suficientes apoyos políticos.

 

La realidad es que  no destacó

en su original ejercicio escrito o más bien sí. En él explicó la notisia de aber fayesido su habuelo en una vataya nabal frente a las kostas de kuba.

Ya podéis imaginar el revolcón de risa por los suelos de los correctores.

 

Para más inri,

explicó lo importante de aquel hejemplo por lo hagudo de la situación: el mayor hasunto del siglo. Como se puede ver Peter usaba las haches a la menor ocasión.

 

Pues bien, bajo sus páginas

se adivina el espíritu romántico del autor. Mucho ateísmo solapado, mucho positivismo aritmético, mucho darwinismo de cuchara de palo y,

 

al ponerse con la pluma entre las manos,

nos encontramos ante un ingenuo romántico que trata de poner orden en el mundo desde la omnipotencia del literato.

 

Lo que cree que no puede realizar

con su actividad social –lo que no es poco-, lo critica y lo resuelve en el papel con acento siseante y si ve que el camino del ideal puede llevar hasta la destrucción o la marginación; hasta allí lleva a su protagonista Santos.

 

Sobre un cuaderno, a modo de hoja de ruta,

Traza una línea ascendente que piensa seguir fielmente para trepar en un país que él considera atrasado: insistir en lo de la cátedra, luego el asalto al Rectorado y, simultáneamente, dada su capacidad, a la Consejería de Instrucción y a la Sociedad para el Progreso de las Ciencias Jurídicas.

 

Visto desde fuera,

podría parecer que Peter utilizó la literatura como válvula de escape -jajaja- y que en principio trató de valerse de ella, sobre todo de su actividad periodística, para darse a conocer.

 

En algún tiempo, acaso soñó,

secretamente, con ser un literato conocido. En sus escritos dejó todas sus frustraciones pero se hacía un lio con eso de mentir bien las verdades y/o ocultar las mentiras con mentiras que parecieran verdades.

 

Llama la atención,

cuando se ve el discurrir de su vida, narrada por él mismo, cuando se leen sus escritos hautobiortografikos como él mismo los denomina, ese regusto de melancolía matutina, tan de barrio, esa tristeza, esa espuma del esfuerzo, del hambre del que no come si no le invitan, del origen social modesto.

 

¡Ah! Se me olvidaba decir

aquello de que cualquier parecido con la realidad se considerará mera coincidencia.

 

                                                                          Johann R. Bach

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