13 sept. 2013

Imaginé el cuerpo de mi amigo yaciendo en esos momentos ...

RELOJ DE CARILLÓN

 

Ayer me llegó la noticia

de que a un amigo le ha tocado la lotería. Miré la gran manecilla negra del dorado reloj de carillón en el momento de tocar las once treinta y nueve de la noche y observaba cómo avanzaba el fino segundero al ritmo del corazón con pequeños brincos contenidos.

 

Pensé que el tiempo a menudo se dilata

cabiendo en un día días, prolongándose en el sueño los rostros, las callejas que suben serpenteando hacia las colinas urbanas.

 

Imaginé el cuerpo de mi amigo

yaciendo en esos momentos con alguna compañía pagada a modo de celebración. Así es el mundo.

 

Dado que siempre fue un hombre

de buenos modales, al conocer la noticia su corazón debió comenzar a latir a ciento cuarenta pulsaciones por minuto suficiente taquicardia para alterar su buen tino.

 

Podía verlo sentado ante su pequeño escritorio

en la planta baja de su antigua casa modernista cuando le dieron las congratulaciones. El teléfono móvil se le cayó de sus temblorosas manos al oír el número del Primer Premio. Sólo la muerte podría haberlo sorprendido tan súbitamente.

 

El volumen de su cuerpo contrastaba

con su afición a los más frágiles objetos de vidrio antiguo, pero anoche –creo- que entre el no comer, el mucho beber y el no dormir con revolcones continuos sobre camas y suelos, debió perder por lo menos cinco kilos y otros tantos años.

 

A veces tengo la impresión

de que estoy destinado a vivir una vida larga precisamente para eso, para grabar en mi memoria la suerte de unos amigos que después de las buenas nuevas se olvidan de mí porque creen que ya no me necesitan.

 

Se equivocan. Uno no puede escapar

del nerviosismo del café cuando la fortuna llama a sus puertas. Esté donde esté necesitará aún más que antes a los amigos que siempre le acompañaron en los momentos de zozobra.

 

Vuelvo hoy a mirar la gran manecilla

del carillón y observo el fino segundero avanzando al ritmo de mi corazón –sesenta latidos por minuto- con pequeños brincos contenidos.

 

Son las once treinta y nueve.

Sólo ha pasado un día. Pienso en mi amigo y las largas noches de insomnio que le esperan rodeado de nuevos amigos.

                                                                                         Johann R. Bach

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