25 abr. 2013

ORACIÓN SÉPTIMA

           ORACIÓN SÉPTIMA

 

¡Oh noche!

 

Sé que no tengo excusa.

Sé que además de ciego he sido más sordo que inteligente, pero esta noche oigo tu voz nítida. Sí, sí, te oigo.

 

Tu mensaje de ir erguido

entre los que están de rodillas, entre los que vuelven la espalda y los derribados en el polvo, me llega al alma con toda claridad.

 

¡Oh noche!

 

Me salvé para no vivir;

he de dar testimonio y no tengo mucho tiempo. El cómputo final es lo único que cuenta, por ello atravesé las puertas de mi propio monasterio y heme aquí escuchando tus apremiantes llamadas.

 

Mi ira ruge impotente

en mi pecho -y necesita ser como el mar- cada vez que escucho la voz de los humillados y golpeados, pero… ¿qué puedo hacer?

 

¡Oh noche!

 

Me sorprende tu deseo

de que no me abandone mi hermano el Desprecio para los delatores verdugos cobardes que sólo esperan ir al entierro de miles de personas honestas y con alivio arrojar terrones de azúcar al objeto de que sólo la carcoma escriba su biografía retocada;

 

me sorprende que me exhortes

a no perdonar cuando en verdad no está en mi poder perdonar en nombre de los traicionados.

 

¡Oh noche!

 

Fui reclutado en mi infancia

por los Carmelitas cuando mi orgullo era innecesario ¿acaso no había mejores?, pero ahora, siguiendo tu consejo me guardo muy bien de aquellos que no precisan de tu cálido aliento surgido de los astros y de los que no puedo esperar ningún consuelo.

 

Hoy, cuando te retires

y en las cumbres de las montañas los rayos rosados del amanecer den la señal como los tambores del cuartel para que la sangre diga a la estrella de mi pecho que repita los viejos conjuros de la humanidad, sus cuentos y leyendas, repetiré las grandes palabras con terquedad

 

como los que marcharon

por el desierto y murieron en la arena aunque no espero premio alguno y, sin embargo me alcance una zurra de risas completada con un homicidio en las colinas de un basurero.

 

¡Oh noche!

 

Oigo tu voz. Sí, sí, nítidamente.

Oigo tus consejos y me da sosiego cuando me dice: Sé fiel. Ve.

 

                                                                                         Johann R. Bach

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