14 nov. 2013

Toco ahora una boca que inventa otros signos

ENFERMÉ, ME CURÉ, APRENDÍ.

 

Fue en una noche de San Juan.

A pesar de mi corta edad, lo recuerdo bien porque todo eran petardos.

 

Mis hermanos me enseñaron los cohetes

que iban a lanzar aquella noche. Para enseñarme cómo funcionaban me hicieron coger uno por la caña mientras mi hermano acercaba una cerilla ardiendo a la mecha.

 

El cohete empezó a lanzar un chorro

de estrellas calientes sobre mi mano. Cuanto más me quemaba más se aferraban mis dedos a la caña. Finalmente el cohete explotó nublándome la vista y me caí de culo encima de la cama.

 

Me cubrieron –lo recuerdo como si fuera ayer-

Mi ennegrecida mano con una pomada amarilla y con una venda blanca me cubrió desde los dedos al codo.

 

Durante muchos días

no pude hacer uso de mi mano derecha y aquella incomodidad me impedía en parte el sueño.

 

Despierto y a oscuras

en aquella sala del hospital escuché la voz de las estrellas. Fue ella la que me dijo que el espacio era infinito, que el tiempo era una utopía de nuestra sangre;

 

que las estrellas que habitan cada átomo

de nuestro cuerpo también nos están oyendo. Que el clamor es total y desesperado;

 

que la muerte es un sueño

del cual despertaremos en el reino alucinante, lleno de chispas de objetos danzando por encima de nuestras cabezas.

 

Una de aquellas mañanas,

después de que me extrajeran el líquido encéfalo-raquídeo para observarlo al microscopio miré por uno de aquellos grandes ventanales.

 

Afuera, los árboles,

los seres y los fotones ante mis ojos tomaron la maravillosa forma del sueño: se cubrieron de una niebla dorada y triste.

 

Sobre todo y todos

los demás enfermos de la sala había un gran silencio.

 

Quedé preso,

alucinado por aquella luz de gas de las farolas de la calle Casanovas que atravesaban los árboles desnudos y por un viento del que sólo oía su silbido que parecía venir de un abismo desconocido.

 

Sentí cómo una legión de criaturas

me animaban a soñar que la salida de aquel hospital estaba próxima.

 

Fuera ya de aquellos signos

y bien lejos, toco ahora una boca que inventa otros signos y lanza el aliento sobre los ojos en carne viva del recuerdo.

 

Desde entonces prometí

habar siempre del País del Sueño que levanta su mar y su rama en la leve trama de mi frente de carne de cobalto sede de mi memoria una selva de cristales.

                                                    Johann R. Bach

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