10 nov. 2013

De la tierra abonada con los restos de los caballos que dieron su vida, surgió, de nuevo, mi vida

     MI SÉPTIMO ORIGEN

       

Recuerdo muy bien mi séptimo origen,

cómo resurgí de una pequeña esquirla de hierro oxidado incrustado en un pedazo de la pezuña de un caballo bayo.

 

De la tierra abonada

con los restos de los caballos que dieron su vida en la batalla de Alma y de la nieve que cubrió durante varios inviernos los hombros de ese pequeño núcleo biológico, a tan sólo un palmo de la superficie, surgió, de nuevo, mi vida.

 

Sin embargo, esta vez,

la memoria no puede

ayudarme demasiado.

 

Atropellada en mitad de la calle

y rodeada de curiosos no sentí, como en otras ocasiones, dolor alguno. No sé por qué pensé que me moría junto al bordillo, muy cerca de una abertura de cloaca.

 

Haciendo un pequeño esfuerzo

mi espíritu se levantó sobre mí y flotando logré ver mi propio cuerpo. Yo estaba allí y cómo había llegado hasta allí, cómo me había llegado la muerte, es todavía un misterio para mí.

 

Con un poco de imaginación

elaboré la hipótesis de que fui atropellada por un coche. La presencia de un quiosco junto a mi cadáver pudo ser la causa de que no viera cómo un coche me iba a atropellar.

 

En pocas palabras,

cuando me di cuenta de que estaba muerta, ya hacía tiempo que estaba vagando dentro de un ataúd de madera noble ya descompuesta por la humedad de millones de pequeños hongos.

 

Oía el grajeo de las urracas,

y los cuervos, nerviosos, urajeando como locos, no se atrevían a acercarse porque vieron vida en mis ojos incorruptos, una vida a la que ellos temían y con razón: una vida de sombras blancas.

 

El aire era fresco y claro…

aunque algo cargado de polvo, un polvo que se tragaba al respirar. Era la enésima recomposición de mi alma que penetraba en un nuevo hogar.

 

Amanecía.

Quise abrir los ojos, pero no pude hacer el menor movimiento: era demasiado pronto. Aquellos ojos, simplemente, parecían no ser los míos.

 

Quise también

levantar las manos

y lo mismo.

 

De pronto sentí miedo,

un miedo punzante que atravesó mi corazón como si me hubieran clavado una daga. Era de nuevo, una conciencia que buscaba hacerse sitio entre mis aurículas.

 

Hubo un tiempo en que,

mientras gozaba de un periodo de vida material, me divertía pensar en que la muerte es la extinción del sistema nervioso y que todo movimiento quedaba paralizado, pero

 

la muerte no eliminaba

la capacidad de las criaturas para percibir y sentir lo que sucede a su alrededor.

 

Así que cuando sentí

sobre los míos, los ojos de aquel poeta, me estremecí mientras sus palabras se grababan en mi alma:

 

"No vas a estar metida

en ese cuerpo para siempre. Así que, no te quejes".

 

                                                                    Johann R. Bach

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