15 oct. 2015

la guerra desplegaba su pequeño carnaval viril a lo largo de kilómetros,


EL LIRISMO DE TÍA KARINA Y EL UNIVERSO DE LOS HOMBRES



Se llamaba Caterina debido a que en su lugar de nacimiento (Soller) era un nombre muy popular, pero en la familia se la denominaba Tía Karina por la influencia rusa de la época muy distintas de las cursilerías actuales Caty, Katty, Katia, Kattia...

La guerra civil era la responsable de sus coquetas representaciones detrás del bosquecillo de Can Dèu, al otro lado de la Iglesia de Sant Julià d'Altura, bien lejos de Sabadell de aquellos años, lo que es tanto como decir que en ningún sitio, en los confines de un mundo que ni siquiera era el nuestro. Nadie quería visitar aquel paraje acompañándola. Se prefería en la familia convertirla en una leyenda; así podíamos vivir con ella.

Cierto domingo, había llegado temprano a aquel paisaje lleno de caminitos húmedos y embarrados con raíces de árboles atravesándolos a todo lo ancho como huellas de patas de aves enormes. A fuerza de no ver otra cosa en el mundo que los milagros de la vida vegetal y animal, se situó en un extenso prado detrás de una pequeña cresta que daba al lugar -me imagino- el aspecto de una mano inmensa con la palma hacia el cielo, cubierta de hierba y matojos. No es difícil recrear, en aquellos momentos, una ráfaga de viento cálido flotando bajo su cuello que le hiciera comprender que había cruzado una línea roja, la invisible frontera que todos los humildes habíamos trazado en la tierra y en nuestras mentes.

Me imagino al alguacil que la había seguido a distancia levantando los ojos y viéndola sentada sobre la espesa hierba salpicada de margaritas blancas, el tejido claro de su vestido, extendido alrededor de su cintura y me traen a la mente ciertas escenas campestres que se ven reflejadas en bucólicos cuadros. Con facilidad puedo representar en mi mente el prado y las flores que lo esmaltaban al parecer sólo para ella; cómo de vez en cuando, la brisa alzaba los vaporosos rizos de su cabellera, que le cubrían la nuca, de tenue sombra. Como cualquiera otra maestra estaba mirando al frente, hacia lo que nosotros nunca quisimos ver. Tía Karina miraba aquel paisaje con una sonrisa inefable, una sonrisa a cuyo lado las que dedicaba a diario a sus alumnos -y El Cielo sabe qué hermosas eran-; parecían formales y distantes. Miraba la llanura -que se extendía hacia el macizo de Sant Llorenç de Munt-, parda, temblorosa e infinita.

A lo lejos, la línea del frente puede que se confundiera con la del cielo de tal modo que por momentos parecería que varios soles se alzaran al mismo tiempo y volvieran a caer con un ruido de cohete fallido. Por lo que tengo entendido la guerra desplegaba su pequeño carnaval viril a lo largo de kilómetros, y visto desde Sabadell debía ser un simulacro organizado en un decorado para enanos de circo. La muerte no soportaba tanta pequeñez, y podría estar simulando que se marchaba llevándose todo su cargamento de dolor, de cuerpos destrozados y gritos perdidos, de hambre y miedo en el estómago, de tragedia.

Tía Karina miraba todo lo que sucedía en el mundo -el mundo de todos nosotros- con los ojos muy abiertos de la maestra que más tarde, durante muchos años en su propósito vocacional habría de explicar a "sus niños". Cuando fue sorprendida por aquel alguacil que no hablaba nuestro idioma tomando notas en su cuaderno lila con un lápiz tan pequeño que apenas asomaba entre sus dedos, sus labios pronunciaban palabras que tal vez fueran las mismas que escribía.

Como en una escena que yo hubiera visto realmente Tía Karina sintió que alguien la observaba, a sus espaldas, como un ladrón. Se volvió sin miedo y sus ojos se tropezaron con los del alguacil que en sus manos mantenía una carabina. Los gestos de ella se paralizaron durante unos segundos que debieron ser una eternidad. Luego sus ojos se deslizaron hacia las manos que sostenían el arma y volvieron a clavarse en los ojos del funcionario. Era como si nada viviera, como si nada se moviera en su interior, como si la sangre la hubiera abandonado para irse a otra parte.

Los ojos de Tía Karina debieron ser como dos clavos mojados en vinagre que se clavaban por todo el cuerpo de aquel hombre que empezaba a avergonzarse por haber interrumpido los pocos minutos gozosos de aquella injusta guerra. Él debió encogerse de hombros decidiendo desaparecer de aquel paisaje y dejando a Tía Karina en su universo. Un universo demasiado feo para ella. O demasiado estrecho, demasiado asfixiante. Un universo que los dioses y las princesas no se dignan mirar ni cuando lo atraviesan con la punta de los labios:

el universo de los hombres.

                                                                                   Johann R. Bach

3 comentarios:

  1. COMENTARIO DE PATRICIA

    Precioso!!!! Esa manera de ver el mundo a través de de los ojos de Karina , me causa ternura, pasión y dulzura.
    Ha conseguido construirse una sonrisa en la poca belleza de un mundo de guerra . Ha conseguido un pequeño Paraíso para que sus alumnos supieran que dentro de lo malo hay también algo bueno y bello delante de sus ojos, solo tienen que abrirlos bien.

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  2. Fiel a su nombre, Karina, no quería ver esa estúpida guerra, e iba a observar la naturaleza, los arboles, el amanecer, abstrayendo de su entorno mas inmediato, para explicar a sus alumnos lo que seguía sucediendo en los paises, y sus sueños.Hay vida después y antes de esa guerra, y hermanos a quienes ayudar y enseñar sin imponer la violencia.Julio.

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  3. COMENTARIO DE XANA

    Karina mira al frente como se ha de mirar a las peor de las guerras de este país con los ojos muy abiertos cruzando la línea roja de la desolación,y sabe que la única conquista que merece la pena es la de la paz ,con esa sonrisa suya que es una potente llamarada a la esperanza ,algo que toda maestra ha de transmitir.Gracias ,poeta, por traernos sus ojos limpios de máscaras.

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