7 jun. 2015

Por un momento pensé en mi amigo Wolf promotor de la Larga Noche de los Museos de Berlín,


BERLÍN (II) LA NOCHE DE LOS MUSEOS

Aquella noche fui a cenar temprano.
Lucretia preparó una ensalada de tomate y queso y unos currywursts que estaban buenísimos. El vino tinto, en abundancia, nos alegró un poco Aquella cena tan frugal estaba pensada simplemente como un tente-en-pié pues la noche iba a ser larga: El Berlín de los Museos nos esperaba.

Por un momento pensé en mi amigo Wolf
promotor de la Larga Noche de los Museos de Berlín, en su casa de campo -una antigua granja compartida con otras cuatro familias- y sus manzanos en la que las veladas podían alargarse hasta bien pasadas las tres de la mañana. No me veía con él desde el verano. Cuando no estaba en Buenos Aires, tenía que ir a Madrid o a Praga. Era ya como un ministro atendiendo su representación a más de cien museos de todo el mundo. Su mujer tenía múltiples reuniones sociales con grupos que practicaban Yoga y a pesar de vivir cerca de casa era prácticamente imposible verla. ¡Todos tan distintos de Lucretia qu tenía tiempo para todo!

Su cálida mano tiraba de la mía
cuando salí de mi ensimismamiento. Me plantó ante la vitrina donde se guardaban los tacos de jugar al billar. Me indicó que sujetara el lateral mientras que con un cuchillo le daba vueltas a un tornillo cromado y garfilado. De pronto toda la vitrina se giró en un ángulo de noventa grados dejando al descubierto unas escaleras de mármol parecido al Rojo Cehegin.

Era una escalera cuadrada en la que cada tramo estaba compuesto por siete peldaños. Descendimos doce pisos al final de los cuales salimos a un pasadizo de enormes dimensiones parecido a una estación de metro que albergaba a cuatro camiones antiguos, pero que parecían estar en buen estado de conservación y montones de cajas de madera cuyo contenido aún hoy es un misterio para mí.

El sótano terminaba en una cueva artificial con siete enormes puertas de garaje a cada lado. Era una cueva minuciosamente reconstruida con cera, con murciélagos momificados colgados de las paredes, como si hubiese querido camuflar aquel enorme hangar. En un recodo nos detuvimos y nos besamos. Nunca había sentido aquel gusto en mi lengua: la curiosidad por saber qué era todo aquello mezclado con su saliva me produjo un placer próximo a la excitación por miedo.

Seguimos caminando
por uno de aquellos túneles iluminados por pequeñas bombillas de 25 watts hasta llega a un lago cristalino, lleno de reverberaciones, el agua goteaba de una estalactita formada alrededor de un tubo de metal coloreado como el bronce. Deduje de ello que nos encontrábamos bajo un lago o río y por la distancia recorrida podría tratarse de un bello paisaje del Spree.

Subimos por una escalera idéntica
a la de la entrada de la Puderstrasse, hacia la superficie, pero tomamos un pasillo situado en la sétima planta. Todo el vestíbulo de una gran sala estaba iluminado. A través de unas estrechas aberturas a modo de ventanas se adivinaba, en medio de la noche, un chispazo azul como escapando de la catenaria de un tranvía.

Se me pasó por la cabeza
que aquella luz tenía que verse desde fuera a través de las ventanas cenitales de la gran bóveda, pero el tirón de mano de Lucretia como si tuviera un recorrido y un horario por cumplir. Entramos en una gran sala llena de vitrinas. Era cómo bañarse en la gran locura de los invertebrados: salones enteros repletos de vitrinas con monstruos. Diablos y ángeles de carne pálida, conservados en frascos de alcohol. ¿Es asco o muerte lo que me enseñas? –le pregunté a Lucretia. Se estremeció y por toda respuesta me besó en los labios. De hecho, en las primeras vitrinas se conservaban ejemplares más bien graciosos: espongiarios como encajes blancos, tubulares, o como las hojas agitadas de un alga, o como una copa, más bien un cáliz, un Grial de esponja con una peana de medio metro.

Entre las celentéreas
se exponían medusas en recipientes planos, seres alucinantes, oleadas verdes sobre oleadas rosas sobre oleadas azules, y también corales: corales en arbolitos retorcidos como una cinta de ADN, brillantes como el plástico, la gorgonia como una rama torpona llena de sangre con algo de cianosis, madréporas blancas y esféricas como terrones de sal gema. Cuando pasamos junto a los gusanos, Lucretia fingió vomitar como haciendo broma, aunque algunos resultaban hermosos: púrpuras y ambarinos, con incontables pliegues y ondulaciones. Los moluscos tenían como estrella principal al pulpo, pálido y asqueroso dentro de un recipiente tan ancho como una tubería; a su lado se encontraba el nautilo con su concha anaranjada de estrías negras, con su manojo de tentáculos que nacían de los ojos.

Sentí que la sangre me hervía,
palpando desde la cintura de Lucretia mis dedos buscaban el centro neurálgico de su vulva mientras su mano se aferraba a mis genitales como si los quisiera abarcarlo todo con una mano. Nuestros labios no querían separarse. Esa sensación de soledad dentro de un museo sintiéndose observados por miles de silenciosas criaturas era excitante como un primer beso. ¿Callaban todos esos testigos sólo por no ser de nuestra especie?

Después de habernos revolcado por el suelo
como amantes de un solo día pasamos ante incontables insectarios, lanzando todo tipo de exclamaciones, como si estuviéramos inspeccionando una extraña fauna propia de un planeta desconocido. ¿Cómo era posible que la materia existiera bajo formas tan espantosas? En primer lugar las termitas, pululando en su nido esférico como de un metro de ancho; luego las avispas, algunas negras y tan largas como un dedo, la Vespa crabo dorada; cicadas como moscones feos y mantis que devoran al macho.

Lucretia se detuvo encantada
ante las mariposas exóticas, las mismas que aparecían con frecuencia en sus sueños, me señaló unos ejemplares con las alas más grandes que la palma de la mano, de un azul eléctrico o un amarillo cadmio, sedoso, que terminaban en una cola de golondrina o una cabeza de cobra: gusanos de alas somnolientas. Algunos eran peludos como la felpa, otros translúcidos como el cristal.

Ven amor –me dijo-
ámame otra vez antes de pasar a la sala de los minerales y las piedras preciosas. Toda ella era boca y saliva.

                                                                  Johann R. Bach

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