26 nov. 2014

La abeja reina es la única que tiene un reloj de pulsera

UN BARRANCO AMARILLO

 

Algunas tardes, cuando me quedo dormido,

mi sofá se desliza hacia los campos y se detiene frente a un barranco. Intento volar como las abejas para evitar la caída.

 

Ante un abismo sin fin

la ansiedad me despierta y en la oscuridad, desde la mesa donde reposan naranjas, granadas y los plátanos

 

una abeja posada sobre la fruta

me mira a los ojos. Mis músculos tardan en desentumecerse y antes de desperezarme

 

me cubro con las manos el pecho

y no me atrevo a apartar la mirada de ese minúsculo insecto social e imagino su cara pálida en la que destacan

 

las visibles venas

bajo la fina piel de sus sienes. Pienso en su mundo rotando alrededor del sol… como el nuestro.

 

La eternidad está enamorada

de los frutos del tiempo. Especialmente el programa genético de la abeja le procura una laboriosidad fuera del tiempo:

 

al igual que el color preferido de las arañas

es el de las naranjas y plátanos, el color miel la excita de tal manera que no tiene tiempo para penas,

 

revolotea una y otra vez el panal

y no puede construir más que hexágonos único polígono que se desliza siempre por el mismo plano.

 

La abeja reina es la única

que tiene un reloj de pulsera para medir las horas de la sabiduría y en el momento preciso engendra otra abeja reina;

 

es la única que saca la cuenta

de los días que faltan para que la sequedad del verano paralice la actividad industrial,

 

el peso de los paquetes de miel

almacenados en contenedores con forma de prisma de base hexagonal y la medida de todo en años de escasez.

 

¡Qué suerte poder pensar

en un barranco lleno de frutos y flores!

 

                                                              Johann R. Bach

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