25 mar. 2014

"Me digo a mí misma... lo que le recomendaría a cualquiera que se sienta invadido por la soledad

OSERVANDO LA LUNA

 

Sobre la luna hemos escrito

–desde Plutarco hasta hoy- todos los poetas. Es hora de que la luna escriba algo sobre nosotros.

 

Podría escribir por ejemplo:

“Insensatos. Sois unos insensatos. Paso por vuestro rostro y lo divido en dos mitades.

 

El corte es tan fino que ni tan sólo os desadhiere.

Pero una mitad vuestra vive por siempre truncada, pendiente de mí, gravita a mi entorno.

 

La luna, sabéis,

tiene sus satélites que son los hombres”.

 

Pero también en la redondez de su cara

parece que hay algo escrito menos romántico cuya traducción no literal viene a decir en los idiomas terrestres:

 

“Me digo a mi misma –no sin un cierto esfuerzo-

lo que le recomendaría a cualquiera que se sienta invadido por la soledad, o arrastrado por una agradable melancolía y

 

por vanas fantasías,

y que por carencia de empleo no sepa cómo utilizar su tiempo, o que se sienta crucificado por las preocupaciones de una posible guerra en Ucrania

 

no puedo prescribirle mejor remedio

que apuntarse a un curso de idiomas o de literatura o asociarse a un grupo de esos que observan los cielos nocturnos”.

 

“Hacedle ver a esas almas solitarias

que no deben forzar excesivamente su juicio y convertirse en un “esqueleto”; o que

 

no haga como esos enamorados

que no ven más que dramas televisivos y/o ociosos poemas,… lo que muchas veces que

 

terminan tan locos

–bendita locura- como Don Quijote”.

 

Observemos detenidamente la luna

y aprendamos ese conocimiento escrito en su superficie y reconozcamos que es más dulce que la miel,

 

más suave que el pan,

más alegre que el vino: un real consuelo.

 

                                                            Johann R. Bach

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