27 mar. 2014

con el polvo aún prendido a la belleza de tu rostro

EN LOS MARES DEL ESTE

 

Hoy hace frío,

el día es gris y no saldré a pasear. Ni siquiera a tomar un café junto al cartero jubilado. Total nadie en el barrio me va a echar en falta.

 

Me quedaré leyendo

entre las dos puertas de los balcones, encortinadas y doble cristal y, frente al antiguo espejo crucificado en la pared con gruesos cáncamos.

 

Leyendo en este rincón del Atlántico,

pensaré en el Este y el mar que lo baña. Despojando mi mente de otros pensamientos que puedan enturbiar mi imaginación llevaré a cabo la agradable tarea de escribir sobre las nubes algunos interrogantes sobre él.

 

La cálida mesa barnizada,

dos sofás y cuatro sillas con respaldo de okume doblado me procurarán un ambiente de relleno que evita la melancolía.

 

La blanquecina luz

que entra en la sala, difusa –quizá debido a las cortinas- es suficiente para hacer que los cuadros de las paredes tomen vida.

 

No tardaré en oír cómo se para el motor

–muy familiar- del coche y la voz joven del chofer, soberana, pidiendo que se le abra la puerta la sangre subirá a mis ardientes mejillas.

 

De repente el espejo,

la mesa, las cortinas, las paredes, todo se teñirá de púrpura. Me levantaré con un movimiento brusco, con un latir de corazón más vivo.

 

Saldré al pasillo,

 oiré su respiración mientras me bese y despediré a la mujer de la limpieza agradeciéndole el orden que pone en la casa los lunes.

 

La habitación se teñirá de rojo,

como mis mejillas. El joven cuya voz habrá excitado mi memoria, bello, sudado, con largos y encrespados cabellos rojos, comenzará a desnudarse, se sentará en un viejo sillón de terciopelo rojo y ribetes dorados.

 

Miraré sus piernas bien proporcionadas,

ligeramente sonrosadas mas no abrasadas por el sol: de piel gruesa y el vello rojizo.

 

Se producirá entre los dos

un denso, aunque breve silencio.

 

La luz de la habitación

parecerá desplazarse, como la de las galaxias, del rojo al violeta con destellos dorados.

 

En las espinillas

estarán aún las huellas que los calcetines habrán dejado al ceñirlas y las uñas brillantes y regulares con un ligero ribete de polvo que hace más carnales las uvas de los dedos delatarán el paseo a paso vivo y atlético.

 

Con un gesto inexplicablemente provocador

le diré que se acerque, que ponga su cabeza entre mis piernas porque quiero acariciar su cabello.

 

Él contendrá una mueca

no de disgusto precisamente.

 

Es entonces cuando le diré,

bajo todo este decorado, más o menos estas palabras:

 

“Te pedí que vinieras

y ahora no sé cómo empezar. He estado esperando todo el día a que caiga la noche, que se alarguen las sombras en la calle, que entren en casa las siluetas de los árboles y de las estatuas,

 

que oculten mi cara

y mis manos y que salgan esas palabras sin definirse todavía –o que titubean- de mi boca: esas que no conozco y que me intimidan.

 

Te pedí que vinieras sin pensarlo,

sin prevenirte, sin dejarte tomar aliento, sin que hubieras podido tomar un baño,

 

con el polvo aún prendido

a la belleza de tu rostro.

 

Ven. Échame el aliento.

 

Se han hecho más largos los días;

pronto llegará el calor; lo percibo en los tejidos, en la madera de los muebles, en tu propia piel como una triste tregua”.

 

Hoy hace frío,

el día es gris y no saldré a pasear.
 

                                                                       Johann R. Bach

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