26 dic. 2012

LAS TARDES DE UN ALFEREZ. PRÓLOGO

                                     El Ciudad deMahón
 
Viví, por primera vez, la insularidad

de Mallorca y en menor medida la de Menorca desde el primer momento en que supe que me habían destinado a la zona militar de las Islas.

 

Se abría ante mí un paréntesis

-el servicio militar- que no iba a hacer desaparecer de mi vida ese secreto que llevamos todos sobre nuestras espaldas y que lo vivimos tomándonos todo como una apariencia; y que las fuentes poco a poco se van perdiendo en el paisaje.

 

Mi frente acusaba con alguna sombra

el cansancio del final de carrera donde en el sprint final perdí la cola de mis cejas y parte de mi entusiasmo por la vida. Me sentía antiguo y un simple encefalograma hubiera demostrado que mi cerebro estaba arrugado e ilegible.

 

¡Qué pergamino sucio y viejo era mi piel!

El último campamento en Castillejos al que me sometí para conseguir la estrella de Alférez me había quemado la cara y los brazos y mis mucosas tomaron la senda de la deshidratación del paisaje.

 

Una pasión insana, insatisfecha,

de algún modo no colmada, como el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, me proyectaba e inquietaba a la busca de lo ignorado y del pezón que nos sustenta. Sentía en definitiva que la falta de libertad no desautorizaba el paisaje.

 

Iba a entrar en un mundo –horrible-

exclusivo de hombres cuando mis ojos deseaban ver, una por una, todas las hembras de todas las playas.

 

El deseo de estar junto a la alegría

de sus sonrisas jóvenes (o maduras jóvenes) era fortísimo; y estar cerca de su simpatía y encantos, con un cobalto maravilloso de fondo a ambos lados del horizonte, era casi una obsesión.
 
                                                                                            Johann R. Bach
                                                                              www.homeo-psycho.de

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