3 jul. 2012

16, RONDA DE SANT ANTONI. Poema original de Elisa R. Bach www.homeo-psycho.de

                                        16, RONDA SANT ANTONI

 

Una de las primeras noches en tu nueva casa

con ocho años cumplidos, e incluso,

como se decía entonces,

caminando sobre tus nueve

tu corazón palpitó desagradablemente.

 

No sabías lo que era vivir

 

en la Barcelona de los cincuenta,

en un bloque de pisos de altos techos

donde hasta la respiración retumbaba.

No era muy tarde pero ya las sombras

del invierno se habían apoderado del barrio.

 

Sólo la luz de los fluorescentes de El Barato

 

llamaba a los clientes a refugiarse del frío.

En casa tus hermanos y tú esperando

la llegada de los padres con algo

comestible entre las manos.

Alguien acababa de moverse en el ascensor;

 

se oyó un ruido como el zueco de una pescadera

 

de manos frías raspando

la solera de un montacargas.

Nadie parecía acceder a la escalera.

Pensaste en Francisco Aguilera tu compañero

de pupitre de la Escuela Pía.

 

Un gritó acabó por inquietarte totalmente;

 

no querías avisar a tus hermanos:

temías que te acusaran de miedosa,

pero en aquella ocasión tu hermano

acercó el ojo a la mirilla de la puerta y miró,

y algo extraño debió ver que le asustó.

 

La oscuridad era de noche casi cerrada,

 

pero el péndulo del reloj de pared

movía su lenteja sin dar las horas;

anulado el carillón la moribunda tarde era

aún más silenciosa. Si alguien

en aquellos momentos hubiera lanzado

 

otro grito se habría considerado como normal

 

dentro de la anormal calma:

tras el horror o angustia

todo desaparecería, todo podría

sucumbir en la inquietud, pero nada

debía ocurrir todavía y la escalera

 

numerada con el dieciséis no era

 

más que un lugar de descanso

donde los rostros que la luz

de los relámpagos iluminaba,

de vez en cuando, se volvían verdes;

el alcohol les había robado la expresión.

 

Nos refugiamos en el comedor

 

sin inclinar la cabeza. Se hubiera dicho

que éramos tres retratos contra la pared:

el primero saludaba a los otros;

a pesar de lo parecido de nuestros pijamas

y nuestros miedos

 

se nos reconocía por las diferentes estaturas.

 

No había espejo sobre el buffet

ninguno de los tres quería quedarse solo.

Un fuerte trueno arrancó el grito de las gargantas

y los cristales salpicados de noche temblaron

como la piel de un caballo. Sin embargo los años

 

pasaron rápido en tu cabeza a oscuras como la de

                                                               cualquier niño.

                                                 Elisa R. Bach
                                      www.homeo-psycho.de

 

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