19 nov 2013

Algo en la paz de la mesa justificará algunos dolores

Huevos pasados por agua

en tazas de porcelana

 

Llega a la ventana el tembloroso el gorrión.

No es de frío. El incendio le ha dejado sin hogar. Ahora le toca esperar que la lluvia apague los últimos rescoldos para volver a empezar.

 

Sólo ha perdido uno

de sus cuarenta y cinco años.

 

Bajo el manto de la ceniza

se oirá un cierto tamborileo de dedos de orgullosos licopodios que, al levantar la cabeza, modificarán la presión del aire y

 

las hormigas organizarán el bombeo

del agua que inunde sus pasillos subterráneos a la espera de la primavera cuando un nuevo cometa sea el signo de algo esperado.

 

En casa comeremos huevos

pasados por agua en tazas de porcelana. Con la alegría saldrán de sus cajones las servilletas de lino con bordados:

 

flores de granadas color fucsia

e iniciales para cada uno de la familia.

 

Las galletas,

después del turrón de Xixona helado a modo de postre, surgirán como por encanto de una caja metálica pintada al fuego con un color azul con azucenas blancas.

 

En las manos se podrán leer las líneas,

largas y profundas, signo de longevidad y una vida entusiasta de elástica memoria y rastros del goce de numerosos instrumentos musicales.

 

Algo en la paz de la mesa

justificará algunos dolores –los menos- pero finalmente se impondrán los recuerdos recogidos en fotografías sin marco.

 

                                                                               Johann R. Bach

La luz está recuperando amplias zonas de nuestro territorio y las tinieblas están retrocediendo

            GOTAS DE AMOR

 

Yo, Mesher,

un simple funcionario de la Última Región de los Andes, había comenzado a escribir unas memorias para que mi ejecución no resultara un sacrificio inútil y para que las ideas de paz no murieran en el olvido;

 

pues este país,

desgraciadamente ha caído bajo un torbellino de negras tinieblas, el mar que lo ha alimentaba se ha llenado de grandes cantidades de mercurio y ya no nos procura alimento como antaño.

 

Los campos tienen sed

y ya no producen flores que puedan dar cobijo a las abejas pues la primavera ha huido despavorida y las gotas de amor ya han caído en el olvido.

 

Ignoro cuánto caminé

entre tinieblas y espantos antes de que me detuvieran aunque por el ventanuco entra aún una luz suave que me toma.

 

Encogido abro los ojos.

 

algo nuevo está sucediendo:

las paredes de esta mazmorra me parecen más tiernas, sus manchas parecen maravillosos diagramas de mapas,

 

las letras de los ajusticiados

que pasaron por aquí son auténticos códigos de sabidurías que yo desconocía,

 

abecedarios de mi lengua.

 

Una mano depositada con suavidad

en mi hombro me ha despertado. Dudo de si es otro sueño de los que uso para auto medicarme o son los dedos suaves y delicados de alguna desdichada compañera condenada como yo.

 

Sus ojos, de color verde, son bonitos

y su luz cae sobre mi piel húmeda como su sonrisa. He querido hablar, pero de mi garganta sólo sale un apagado grito que presiento como una bendición de mis últimos días en este mundo.

 

Ella ha puesto un dedo sobre mis labios

indicándome que no hable y con la vista me da a entender que los carceleros nos escuchan,

 

acerca su boca a mi oído

y me habla en mi prohibido idioma el más querido de todos cuantos hablo. ¡Ah! Ese idioma antiguo que al oírlo inflama de visiones que chocando con la lengua, origina sumas musicales.

 

Me da ánimos para que resista

porque la luz está recuperando amplias zonas de nuestro territorio y las tinieblas están retrocediendo.

 

Del cielo –prosigue su relato-

caen ingentes cantidades de agua potable que discurren por torrentes inesperados limpiando de minerales tóxicos las playas.

 

Todo en mi vida

comienza a dar un vuelco inesperado, sus noticias son aire fresco en mis pulmones; sus palabras, gotas de amor en mi garganta que me han salvado.

 

                                                                      Johann R. Bach

Me gustan esos hombres que me miran con cierto pudor fingido

HACER DE TODO MENOS DE PU_ _

 

Lo hice por dinero.

Lo volvería a hacer si la situación lo requiriera. Sí, sí. Necesitaba dinero y estaba dispuesta a hacer de todo menos de pu_ _.

 

A pesar de que la sociedad actual ha evolucionado

bastante, sobre todo en el siglo pasado, las mujeres no podemos ser Papa ni cura, ni obispo porque nos falta la polla.

 

Los asuntos del alma nos están vetados.

No podemos casar formalmente si somos religiosas, ni bautizar aunque para este sacramento no se necesite forma alguna excepto las palabras mágicas "Yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Podemos, eso sí, bendecir a los hombres

que nos amaron y a los que nos desean a pesar de los lustros acumulados, a los ministros que promovieron leyes para que pudiéramos votar, de protección de nuestros hijos, etc.

 

aunque hay muchas mujeres

que no atreviéndose a bendecir a nadie por su cuenta optan por decir "que Dios le bendiga"…

 

Pero yo no necesitaba filosofía,

necesitaba dinero y no disponía de tiempo para meterme a presidente de gobierno ni para estudiar la carrera de astronauta.

 

Estaba dispuesta

a hacer lo que fuera necesario para ganar dinero. Todo excepto hacer de puta. Así que me disfracé de hombre y me presenté en las oficinas de los Talleres Nuevo Vulcano de Sant Carles de la Rápita.

 

Mentí como una bellaca

cuando dije que era electricista y que tenía una experiencia de veinticinco años. Asombrosamente se lo tragaron.

 

Me metieron a pasar cables

y sujetarlos con prensaestopas. En una semana mis manos ya no eran mías; llenas de callos no podrían acariciar ni a un gato.

 

Comí en las fiambreras

de los compañeros y por las noches me emborraché con ellos y cuando intentaban alguna caricia sospechosa, desgraciadamente, me tuve que contener.

 

Justo a las tres semanas

nos trasladaron al puerto a todos los que trabajábamos en la plataforma. Olíamos a petróleo, las uñas vestidas de luto hablaban por sí solas de la vida que habíamos llevado sin más paisaje que el mar.

 

Todos corrieron a la pensión

donde habíamos de morar durante una semana antes de volver a sumergirnos en el petróleo. Yo corrí a la oficina a cobrar, tomé un taxi que me llevó a la estación y desaparecí de aquel mundo masculino.

 

No tengo queja de los hombres.

Me gusta que me agarren el pelo por detrás, valoro al que me besa la cara interna de las rodillas a pesar de mi edad;

 

no le hago ascos al pervertido,

al lujurioso, al tímido, al que dobla los pantalones en la silla. Me gustan esos hombres que sin más, en el metro, me miran con cierto pudor fingido

 

y no apartan sus negras pestañas

de la dirección de las mías y son jóvenes y hacen que el vestido elegido con serias dudas frente al espejo sea el mejor vestido del mundo.

 

                                                                        Johann R. Bach

 

 

18 nov 2013

Encontré en un índice de nombres el de Zenón de Elea discípulo de Parménides

HUIR DEL CONCEPTO DE INFINITO

 

Justo al pisar la facultad,

el nombre de Zenón -un compañero- me llamó la atención. Era la primera vez que oía ese nombre.

 

Era un muchacho de mi misma edad,

un poco bajo de estatura y de constitución maciza. En su rostro destacaban unos grandes ojos ligeramente rasgados y una nariz curvada y ancha sin llegar al aplastamiento de las de los boxeadores.

 

Zenón N. era un buen estudiante

y dotado de una gran personalidad.

 

No teniendo trato directo con él

construí un inventario de sus cualidades a partir de la admiración que por su persona sentía Rosa F., Mariona P., Joan M., Jordi S., José L., Paco Fernández Buey, Jordi M., A. Pacheco, Josefina Ll., Jordi B., Mariano L. Jaime P. etc…

 

Cierto día entré en la biblioteca

y encontré en un índice de nombres el de Zenón de Elea, discípulo de Parménides.

 

Leer su pretensión de demostrar

que el movimiento es imposible a través de la idea de que Aquiles no alcanzaría nunca a una tortuga que le llevara en el punto de partida alguna ventaja, me hizo aterrizar en la Antigua Grecia.

 

Lo curioso de Zenón

es que consiguió defender esa idea, que supone en si misma una tontería. Sin embargo, su historia hizo que en mi cabeza zumbara la idea absurda del concepto de infinito.

 

Tardé muchos años

en aprender a escabullirme de esa rara cosa que tan alegremente se usa llamándole infinito. Huir del infinito me ayudó mucho en matemáticas y física.

 

Mi mirada se volvió hacia Descartes

que decía –y con razón- que todo lo que existe, existe en cierta medida.

 

Dos evidencias me tranquilizan desde entonces

 

LA PRIMERA: La relatividad

estableció un máximo para la velocidad en el universo y

 

LA SEGUNDA: La mecánica cuántica

acotó un mínimo para la energía.
 
                                                  Johann R. Bach

 

 

capilares de alegría en fragmentos destellantes

      OTRO DÍA DE LLUVIA

 

Ha llovido toda la noche

y sigue el cielo llorando.

 

Lujosamente me quedo en casa

leyendo y registrando papeles olvidados entre los cajones. Huele a húmedo una carta que creí haber perdido para siempre.

 

En esa carta mi amor me recordaba

un cuento en el que un estudiante pobre de necesidad, que escribía por la noche, al que se le acabó la vela, y la pluma se le adornó con una luz milagrosa

 

de forma que pudo seguir trabajando.

 

Leve sombra, destello de tinta,

brillo de la pluma, a esta hora de esta mañana oscura necesito alguien como él, arroyos y torrentes que vengan de donde sea,

 

capilares de alegría

en fragmentos destellantes.

 

Como aquel estudiante yo lo haría,

como Arión -fabuloso caballo de pezuñas negras que poseía el don de la palabra y la inmortalidad-, llegado de las olas, cabalgando un delfín,

 

con aspecto de haber olvidado,

pero aceptando todo y contento de tener otra oportunidad para creer en mi buena suerte al encontrar a los amigos perdidos.

 

Ha llovido toda la noche

y sigue el cielo llorando.

 

                                                    Johann R. Bach

Miro las estrellas, rastro de un pasado glorioso

    ME DESPIDIERON DEL TRABAJO

 

Aquel día me despidieron.

Sí, ya sé que eso le ha pasado a millones de personas y que yo no soy especialmente diferente.

 

¿Alguien puede comprender

que me sentí como agonizante, despojado de todo, que naufragué en la gran noche?

 

Hasta aquel día, engreído,

creí en mi inteligencia, en mi entrega en el trabajo, en mi voluntad y en mi saber en aquel mundo de los metales. Pero ya lo véis: A comenzar de nuevo.

 

No me creo tan estúpido

como para creer que soy inocente de todos los males que me aquejan y socavan la tierra bajo los pies millones de criaturas que lo pasan mal.

 

Todas mis faltas

y todos mis crímenes –aún los involuntarios- son insignificantes ante la negación y olvido de mi pasado.

 

¿Puede la crisálida de bellos colores

olvidar su rastrero pasado de gusano paciente y sacrificado?

 

Hay quien se recrea en frases

de relativo éxito del tipo NIHIL NOVI SUB SOLE (Nada nuevo hay bajo el sol) ¿Sólo el presente existe entonces? "Soy un instante" dice un verso de Borges.

 

Sin embargo, hoy, yo me siento afortunado.

 

Miro las estrellas,

rastro de un pasado glorioso y su luz graciosa y su amor precioso son nuestra única esperanza en este estado lamentable de un mundo que zozobra.

 

Gracias al recuerdo de los amigos

que brillan como estrellas fijas a pesar  de haber pasado decenas de años y a ti, puedo seguir sonriendo después de aquel día en que creí haberlo perdido casi todo.

                                              Johann R. Bach

 

Separé la vida de la muerte: una y otra mirándose como en un espejo.

¿SER CREYENTE ES NECESARIO?

 

No me preguntéis en qué creo.

No se lo preguntéis a nadie.

 

Algunos creemos correr tras Dios,

pero –hipótesis- ¿no corre Dios mucho más tras nosotros?

 

¿Acaso no está con nosotros

incluso en las cloacas del mundo, para sacarnos de ellas?

 

Yo lo busqué

durante treinta años –tesis-; busqué la verdad hasta en la corrupción de todo un continente y separé la vida de la muerte:

 

una y otra mirándose

como en un espejo.

 

En la aparente locura de Dios

es donde subsiste la razón profunda del Universo, así como la chispa del fuego permanece oculta en el pedernal.

 

                                                             Johann R. Bach

17 nov 2013

"Ciervo en la cumbre"

ALEGORÍA PARA UNA POETA

 

"Ciervo en la cumbre".

La cristificada Pilar Novales prefiere la estrofa con rimas –el cierzo sopla donde quiere-, con pies seguros.

 

Y lo de Cervantes:

"En el aire, como aire en el viento que se estrella contra los molinos". Desearía que se hubieran quedado D. Quijote y Sancho en Barcelona;

 

claro que el mal lo veían

–y con razón- en La Mancha.

 

Eso también.

Y los poemas de Pilar donde el pesar se asienta y se mece, se retuerce y se resiste.

 

Pilar Novales. Un espejismo.

Un ciervo en una loma en la parte occidental del desierto de Los Monegros a orillas del Ebro.

 

Lo que vería D. Quijote

era un ciervo bebiendo que destellaba junto al agua, el alma humana en un mosaico,

 

Celidonia húmeda y hiedra.

 

Dura alegoría

como un escudo figurado forjado en hierro por amor a Cristo y las cruzadas, pulido hasta que su interior se exteriorizó como el polvoriento humo de turba sobre Aragón.

 

"Ciervo en la cumbre"

                                                Johann R. Bach

Giré la cara al oír un ruido como la caídad de un saco.....

CARA A CARA CON LO INESPERADO        

 

La primera vez que me encontré

cara a cara con la muerte fue en un día frío cerca ya de la Navidad. El muerto se llamaba Isidro y tenía doce años, un par más que yo;

 

su cuerpo amortajado

podía verse a través del húmedo vidrio de la ventana de su casa, en mitad de la calle que ascendía hasta la casa de mis tíos.

 

El rostro de Isidro estaba blanco

como la harina y muy delgado. Había muerto de leucemia, y aunque en realidad nunca fue mi amigo,

me gustaba inventarme

que sí lo era, pues de ese modo la vida cobraba más emoción en los días de invierno.

 

No tuve miedo;

nunca lo tuve hasta verme por segunda vez con la muerte pisándome los talones. Fue en el Instituto.

 

La que murió era una compañera del curso con la que apenas crucé algunas palabras pues parecía como una persona que no era de este planeta.

 

Se llamaba Maria Soria;

su cuerpo era voluminoso en la parte del abdomen y sus piernas eran delgadas como si fueran de otra persona; su cara era aniñada con la piel pálida y de forma triangular. Sus ojos eran la única cosa bonita que tenía.

 

Bajábamos del Estadio de Montjuich

después de un partido de baloncesto, a mi lado dos compañeras reían casi mareadas por el esfuerzo.

 

Entusiasmada como ellas

por la aventura no sentía nada especial en los andares de María que, detrás de mí, hizo varios traspiés.

 

Giré la cara al oír un ruido

como la caída de un saco. María murió sin darle tiempo a cerrar los ojos y yo vi en ellos por segunda vez la imagen de la guadaña.

 

Sólo mucho después de aquel día

me he preguntado por qué entonces no desconfiaba de nadie ni de mi salud.

 

Sólo después de aquella segunda cita

con el fantasma de la humanidad he sido consciente de la bondad natural de aquel mundo juvenil y apasionado.
                                                         Johann R. Bach

Era su aroma parecido al de un perfume caro

   NITRITO DE AMILO O EL GAS MISTERIOSO    

 

Yo, Mestrio Plutarco de Queronea

que nada más nacer perdí mi libertad fui historiador, biógrafo y ensayista de lo que hoy llamáis Grecia.

 

Nací en la región helénica de Beocia,

durante el gobierno del emperador romano Claudio. Ante la dureza de los caprichos de los emperadores anteriores a él tuve que huir de sus iras en diversas ocasiones y realicé muchos viajes por el Mare Nostrum, incluyendo uno a Egipto y otros dos Roma.

 

Gracias a la capacidad económica

de mis padres, yo, Plutarco estudié filosofía, retórica y matemáticas en la Academia de Atenas. Durante tres años, del 65 al 67 tuve la inmensa suerte de que entre mis maestros se hallara Amonio.

 

Si mi vida fue en parte agradable

se debió a que mis amigos Soscio Senecio y Fundano, ambos importantes senadores a los cuales deslumbré con mis experimentos sobre las vacas y mis observaciones sobre la luna.

 

La mayor parte de mi vida

la pasé en Queronea, donde fuí iniciado en los misterios del dios griego Apolo. Fui el responsable de interpretar los augurios de las pitonisas del Oráculo de Delfos.

 

Mi cargo de Sacerdote Mayor

me procuró muchísimos amigos que me libraron de todas las purgas políticas de mi tiempo y llevé una vida social y cívica muy activa produciendo una gran cantidad de escritos muchos de los cuales, después de dos mil años aún conservan su actualidad.

 

Aún fueron mayores los descubrimientos

que me llevé a la tumba, pues aprendí de mis maestros a guardar algunos secretos que las generaciones futuras han de descubrir por sí mismos.

 

No todos los contenidos científicos

o sobre el amor deben entregarse a los jóvenes pupilos completamente masticados. El descubrimiento es la base de la pasión.

 

Ya lo habéis visto:

escribí que a las vacas no se les debía de dar las vísceras de los deshechos de otros animales porque se volvían locas y nadie hizo caso de esa recomendación.

 

Dos mil años después

aún se están pagando las consecuencias de ese hábito comercial.

 

En cambio veo con sumo placer

que los nombres de Amonio, Selenio, Emilio (Amylium), etc. son causa de apasionamiento entre los científicos que buscan entre los aromas de esos elementos los filtros de la potencia masculina y la fertilidad femenina.

 

Sí sí. Todo eso también lo descubrí yo

en el Templo de Apolo en Delfos. Allí a prendí a diluir en agua aquel maravilloso gas que se desprendía de las entrañas de la tierra.

 

Era su aroma

parecido al de un perfume caro. Aspirarlo provocaba los más fuertes orgasmos. Logré envasarlo en frascos de porcelana sellados y dispuse una buena colección de ellos en el lugar donde debían enterrarme.

 

Es así que he podido disfrutar del amor

durante los últimos dos mil años sin salir siquiera de mi tumba que, afortunadamente, aún nadie ha encontrado.
 
                                                                 Johann R. Bach