del fondo de tu alma toman la forma de un sueño"… (Sócrates)
28 dic 2012
TORTICULIS. De la novela "La Chica de Kiefholzstrasse" (video cap 33 en la web www.homeo-psycho.de)
del fondo de tu alma toman la forma de un sueño"… (Sócrates)
ORACIÓN DE ARREPENTIMIENTO. Del libro "Poemas para el crepúsculo" (www.homeo-psycho.de)
ARREPENTIMIENTO
¡Oh noche!
Escalofrío que te deslizas sobre mi piel
como sangre la herida fresca y bajas corriendo su huella oscura, te extiendes en aquellas horas en que los campos se tintan de sombras,
momentos en que preparas la floración,
con tu escarcha, de las rosas de todos los jardines, escucha esta súplica;
acoge las soledades hechas de años
y de derrotas y ayúdame a expulsar las culpas de mi alma, a sobrevivir, precisamente cuando los sueños caen.
¡Oh noche!
A menudo me parece oírte decir:
¿Acaso no eras esa? ¡Ay, cómo te olvidabas de mí! ¿Era ésa tu imagen? ¿No eran acaso tu pregunta, tu palabra, tu luz celestial, cosas que con tanto orgullo poseías?
Estaba ebria de gozos:
mi palabra, mi luz celestial, antaño poseída, está ahora destruida, desperdiciada; y a quien le haya ocurrido como a mí, tiene que olvidarse de sí y mostrarse humildemente ante ti como lo hago yo, porque ya ni toca las viejas horas.
26 dic 2012
LAS TARDES DE UN ALFEREZ. PRÓLOGO
de Mallorca y en menor medida la de Menorca desde el primer momento en que supe que me habían destinado a la zona militar de las Islas.
Se abría ante mí un paréntesis
-el servicio militar- que no iba a hacer desaparecer de mi vida ese secreto que llevamos todos sobre nuestras espaldas y que lo vivimos tomándonos todo como una apariencia; y que las fuentes poco a poco se van perdiendo en el paisaje.
Mi frente acusaba con alguna sombra
el cansancio del final de carrera donde en el sprint final perdí la cola de mis cejas y parte de mi entusiasmo por la vida. Me sentía antiguo y un simple encefalograma hubiera demostrado que mi cerebro estaba arrugado e ilegible.
¡Qué pergamino sucio y viejo era mi piel!
El último campamento en Castillejos al que me sometí para conseguir la estrella de Alférez me había quemado la cara y los brazos y mis mucosas tomaron la senda de la deshidratación del paisaje.
Una pasión insana, insatisfecha,
de algún modo no colmada, como el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, me proyectaba e inquietaba a la busca de lo ignorado y del pezón que nos sustenta. Sentía en definitiva que la falta de libertad no desautorizaba el paisaje.
Iba a entrar en un mundo –horrible-
exclusivo de hombres cuando mis ojos deseaban ver, una por una, todas las hembras de todas las playas.
El deseo de estar junto a la alegría
Poema VIAJE HACIA MIKONOS
Mikonos
VIAJE HACIA MIKONOS
Sabes bien
que no has decepcionado del todo a aquella joven que fuiste:
muchos de sus sueños,
inquietudes, aspiraciones se convirtieron en excrementos para estercolar, pero del impulso inicial aún te quedan fuerzas.
De no ser así, no hubieras sobrevivido:
el aroma que vas dejando a tu paso
es aún fresco como el de una rosa y sigues transformando el mundo con ciertos hechos cotidianos como saludar con la sonrisa y amar con la mirada.
Tus sueños son como las jarcias
y las crines de los grifos1 dorados que se oyen lejanos en la oscuridad, al estar sola, entre remos y fanales… mientras flotas en el viento del puerto dispuesta a embarcar y partir para Mikonos.
Muchas veces esa triste nave de tus sueños
partió sin ti, con su espectacular monotonía; con sus bronces y sus juegos de agua llenos de música:
el brillante clamor
de un ritual de gracias escondidas y una sabiduría tan vieja como el mundo.
También alguna vez, hiciste el viaje
intentando convencerte a ti misma de que eras dichosa y te repetías a cada golpe de remo:
aquí termina el reino de mi cuerpo.
Y no lo hacías sin guardar rencor
sino con un deseo inhábil que no colman las acrobacias de la voluntad,
y cierta ingratitud no muy profunda.
Tenías demasiados críticos
acercándose a tu piel como si fueran trampolines. Demasiados cayendo de nuevo a la piscina de sí mismos.
Johann R. Bach
(1) Grifo: animal fabuloso, mezcla de león y águila
LA DESPEDIDA DE BARCELONA
Barcelona: Passeig del Born
Me tenía que presentar a fecha fija
en la calle Comercio (hoy Carrer del Comerç) en el popular barrio barcelonés del Born, sin más bagaje que la ropa puesta. Allí me entregaron un billete para embarcarme aquella misma noche y
una especie de salvo-conducto
en el que se exhortaba a las autoridades y funcionarios de todo tipo a facilitarme todo aquello que me fuera necesario para el desempeño de mi oficio;
un petate con dos trajes completos
dos gorras de plato los cordones y la estrella de mi rango, un mono blanco de faena, tres camisas caquis de algodón puro, dos camisetas blancas y una azul, tres pares de calcetines,
dos pares de botines,
unas zapatillas de deporte, tres calzoncillos, un pantalón de deporte y un bañador; un cinturón de "paseo" y otro de "combate" con cartuchera para pistola incluida; y, una especie de gabardina denominada tres cuartos.
Cuando salí de la oficina militar de farmacia
de la calle Comercio no sabía cómo emplear las horas que me quedaban de aquella larga tarde. Fui caminando hasta el portal del inmueble donde tenía el estudio.
Me dio pereza subir
hasta aquella buhardilla con el petate a cuestas y por otro lado ya me había despedido de Remei la compañera con la que compartí comedor, cocina y gastos generales aquel último curso en la facultad.
Así que seguí caminando
hacia la catedral, me metí en una librería y compré los libros "Temas Militares" y el "Anti Dühring ambos de F. Engels, los añadí a aquella pequeña biblioteca improvisada en el fondo del petate junto al repertorio de Kent y la materia médica de Vannier.
Bajé hasta la Plaça Sant Jaume,
me comí dos bocadillos de Frankfurt de aquellos que se hacían con los panecillos llonguets y mostaza recién llegada de Dijon, caminé por la calle Ferrán abajo hasta llegar a Les Rambles y luego hasta alcanzar el puerto.
Por suerte, abriéndome paso
entre la muchedumbre pude subir a bordo del "Ciudad de Mahón" un barco de la Transmediterránea a pesar de que aún faltaban varias horas para zarpar.
Poco a poco iban llegando reclutas
que acompañados de sus familiares se resistían a subir a bordo hasta el último momento. A mí nadie me despidió en los muelles. Sentía con fuerza el sentimiento de que yo no pertenecía al rebaño.
Estuve en cubierta observando
los movimientos de toda aquella gente que esperaban, no sé por qué razón, que les autorizaran a subir por la pasarela. Finalmente desistí de mirar aquel gentío porque me estaba mareando.
Busqué un sofá
donde poderme acomodar y olvidar el lento paso del tiempo: hasta el amanecer no veríamos la isla de Mallorca; hasta un par de horas más tarde, después de doblar el recodo de la Bahía de Palma no alcanzaríamos el puerto; después vendrían las maniobras para atracar.
No pegué ojo en toda la noche.
Varios grupos de reclutas hablaban y hablaban a voces y a veces con estridentes risas amagaban entre abundantes tragos de alcohol, su ansiedad que quizá no fuese muy diferente de la mía. Pero entre la suya y la mía se levantaba como un muro la imposibilidad de exteriorizarla.
Intenté leer algo,
Pero el movimiento del barco me mareaba y de vez en cuando me vi obligado a salir a cubierta a aspirar la brisa húmeda que llenaba mis labios, ya bastante secos, de agua salada.
Me consolaba saber que el Ciudad de Mahón
navegaba en la misma dirección de nuestro mundo: hacia el sol. Eso acortaría algo la puesta en escena del decorado marítimo. Así la Isla de Mallorca no tardó en aparecer en el horizonte aunque el rodearla para entrar en la Bahía se me hizo más largo que la propia travesía.
Para sorpresa mía
un capitán de Ingenieros me estaba esperando con su coche particular en el muelle de arribada. Era un hombre algo corpulento, alto y con unos ojos enormes, no saltones, en medio de una cara de luna.
Se esforzó por ser amable
a pesar de que me anunció que era Juez militar no togado (sin carrera de derecho) y licenciado en ciencias matemáticas por lo que tenía el rango de capitán de Estado Mayor.
Me llevó directamente
a la sala de curas del cuartel donde me dio las llaves de una taquilla metálica donde podría guardar mis cosas. Siento que te tengas que incorporar a tu trabajo –me dijo- tan bruscamente, pero tenemos que vacunar a tres mil reclutas en una semana.
Pasé toda la tarde
abriendo cajas de inyectables y agujas hipodérmicas. Me presentaron a Cavallos, también alférez médico, valenciano y a los ayudantes (los que tenían que poner las inyecciones). Le pregunté discretamente al capitán Garcés qué tipo de formación tenían aquellos ayudantes.
Una tremenda carcajada estalló
llenando la sala de curas de una onda expansiva que hizo tintinear algunas jeringuillas. Eran todos albañiles excepto Ferrán, un cuidador de cerdos de una famosa granja de Vic.
Cavallos y yo simpatizamos
desde el primer momento. Había estudiado medicina en Valencia, pero los dos últimos años los cursó en Zaragoza para evitar las represalias de las autoridades académicas. Consiguió que se olvidaran de él y llegó a obtener la graduación de alférez médico.
Era alto, corpulento
y su figura crecía usando unas gafas de pasta bastante gruesas que combinaban perfectamente con un exuberante bigote. Era una persona que leía mucho y estaba bastante al corriente de los acontecimientos políticos.
No era comunista,
pero simpatizaba con la pléyade de grupúsculos revolucionarios que en aquellos tiempos recorrían las universidades. Le fascinaba el lenguaje agresivo y las llamadas de aquellos grupos a la lucha armada.
Desde el primer momento
comprendí que aquella actitud no era más que una forma de evitar el acoso del Partido para que militara en sus filas.
Yo estaba vacunado
contra esa enfermedad descrita en una sola línea por Lenin: "El izquierdismo es la enfermedad infantil del comunismo". Por otro lado conocí a varios estudiantes de Ciencias Físicas pertenecientes a FUDE (Federación Universitaria Democrática de Estudiantes), todos ellos de tendencias Trotskistas.
Cuando se les preguntaba
por qué estudiaban físicas respondían que se estaban preparando para recibir a los extraterrestres. Eran simpáticos, pero como políticos, evidentemente, no tenían futuro. Y es que los trotskistas de la época no surgían de escisiones de organizaciones obreras o estudiantiles sino de la descomposición de los jesuitas.
Yo no destaqué demasiado
en las luchas estudiantiles, pero gané una cierta reputación al participar en el derribo de las puertas de la facultad y en la expulsión simbólica del catedrático Taure.
Con un poste de teléfonos
como ariete y cantando "La Internacional" una masa de estudiantes tomamos en volandas a aquel corrupto profesor de anatomía propietario de una librería en la que comprábamos "voluntariamente" sus apuntes.
Desde aquel día
los militantes del PSUC me consideraron como uno de los suyos, pero nunca estuve adscrito a ninguna disciplina de partido. Me invitaban a participar en sus foros y como otros muchos miles de estudiantes me convertí en un opositor político al Régimen…
Sorprendentemente Ferrán me demostró
durante aquella semana que era el "enfermero" más hábil de todos cuantos yo he conocido, poniendo inyecciones.
Tres pares de enfermeros
apostados en los flancos de una columna de reclutas se encargaban de limpiar con un algodón impregnado de yodo una pequeña región de ambos brazos, cerca de los hombros, y, en la espalda.
Otros tres pares de enfermeros
colocaban en las zonas señaladas las agujas de forma que cada recluta podía ver al compañero que le antecedía con una aguja clavada bajo la paletilla. Muchos de ellos se mareaban al ver las agujas clavadas en la espalda de los demás mientras esperaban a que otro equipo de seis pares les embragaran las jeringuillas cargadas con las vacunas.
Para evitar que al desmayarse
cayeran en redondo otro equipo de ocho ayudantes (no enfermeros) los vigilaba y cuando a alguien se le amarilleaba el rostro de forma hipocrática lo sujetaban y los extendían en el suelo hasta que se recuperaba.
Cada recluta llevaba colgada al cuello
una ficha con su nombre y grado cultural (Bachillerato, estudios primarios, universitario, etc.). Se escogían a unos cuantos entre los de mayor nivel de instrucción y se les enseñaba a tomar una gota de sangre para cada una de las fichas de aglutininas de cada individuo al objeto de saber su grupo sanguíneo.
Muchos de aquellos "vacunados"
pasaban las primeras noches con intensos procesos febriles y por la mañana se presentaban en el barracón que servía de sala de curas con los labios llenos de pupas y con fiebre alta. Sus ojos enrojecidos daban la sensación que no resistirían aquella situación.
Se les administraban
las famosas "pastillas blancas" que no eran otra cosa que sulfamidas (potentes antiinflamatorios que no tardaron en ser denostados y reemplazados por los antibióticos).
Las amigdalitis eran como una plaga,
pero mediante "toques" con un algodón empapado con una dilución de pastillas blancas la inflamación y el pus desaparecían durante meses.
Recuerdo que el miércoles
de aquella semana medio en broma, medio en serio, apartaron de la columna que se estaba vacunando a un recluta con intenso sudor en la frente y que al parecer estaba punto de padecer un colapso. Le dimos a beber un vaso de agua en el que se había diluido una gota de vinagre y se le abanicó hasta que se recuperó.
El capitán Garcés me dijo al oído
que se trataba de Pere Gimferrer poeta y prosista. No tuve ocasión de volverlo a ver. Su reemplazo fue el primero en cumplir sólo trece meses de servicio en lugar de los quince establecidos en aquella época
En los días siguientes,
debido al inicio de la instrucción militar, tuve que atender a cientos de aprendices de soldado a causa de la enormes llagas originadas por unas botas durísimas. Se les rebajaba de servicio y se les conminaba a usar las zapatillas de deporte durante unos días.
De todos esos aspectos
se encargaba el Sargento Watusi, apodado así por su gran estatura y delgadez. Era prácticamente analfabeto pero era metódico y ciertamente serio. Disfrutaba viendo a los reclutas pelearse por una taza de chocolate a las siete de la mañana. Ese era su deporte.
Todo aquel intenso trabajo
me hizo olvidar dónde estaba y despreocuparme de mis propios pensamientos durante un mes. A partir del cual en el cuartel entré en una especie de monotonía. Visitaba a algún que otro soldado con desarreglos intestinales o gripe.
A las doce del mediodía
ya había acabado mi jornada y el resto del día podía irme del cuartel y de esa forma ahorrarse (el cuartel) el dinero de mi comida. Tuve la oportunidad de ocupar una habitación en la Residencia de Oficiales.
El Capellán castrense
aspirante a ascender a Comandante, tenía allí su dormitorio y me acompañó a ver aquel "paraíso de la oficialía" y quiso convencerme de que era la mejor opción (por barato) para residir en la isla.
Evidentemente rechacé vivir
en aquel amasijo de hierros y mármol impregnado de un extraño tufo de tabaco y alcohol; sin ninguna mujer de la limpieza o de cocina. La ausencia del alma femenina (sin jarrones con flores o plantas) daba a todo el edificio la sensación de un inmenso y frío mausoleo.
Todo el servicio
23 dic 2012
ACNÉ ALREDEDOR DE LA BOCA Y LA HUMEDAD
Berlín: Oberbaumbrücke
- Acné alrededor de la boca
- La humedad
ARANEA DIADEMA C15
SEPIA C15
RHUS TOX C15
Al final de Kiefholzstrasse,
se atraviesa Bouchéstrasse que sigue el trazado del antiguo muro de Berlín.
Es una calle que nace en Kiehlufer
junto al canal y discurre hacia el Alt Treptow entre bloques densamente poblados y algún cartel protegido de las inclemencias del tiempo explicando la situación del muro que por otra parte se halla marcado por una doble fila de adoquines en suelo en recuerdo del trayecto del Muro.
La calle está habitada
en gran parte por personas de origen turco. En dicha calle se encuentra la pizzería Isola Latino. En el local había un grupo de chicas de origen turco, con sus pañuelos sobre sus cabezas. Realmente esa estampa de Berlín no aparece en las guías turísticas, pero abunda en Neuköln, Kreuzberg o Wedding.
Lo curioso es que tres de las chicas
del grupo mostraban un acné abundante alrededor de la boca. Sus cuerpos estaban desmesuradamente infiltrados de líquido y me pregunté si todas vivían junto al canal.
Su higrosensibilidad
se hacía patente por un detalle casi imperceptible: las tres presentaban una especie de anillo azulado en el dedo meñique.
Me quedé con las ganas
de preguntarles si tenían dolores de cabeza regulares. Hubiera sido interesante escuchar a personas como ellas, con las manos infladas con edemas generalizados...
También me he preguntado
al escribir estas líneas si esas personas tenían ganas de huir del lugar, si se sentían incómodas en el barrio o en su entorno familiar pues los pañuelos alrededor de la cabeza me hacen presagiar lo peor:
se podrían sentir atrapadas
en un mundo despiadado con un devenir del tiempo aún más despiadado para ellas. Nosotros observamos el mundo árabe desde fuera con recelo. ¿Por qué esa civilización no ha de recelar de nosotros?
Repaso mis conocimientos
y mis conceptos sobre el agua, me pregunto por qué en unas personas se acumula el agua en ciertas partes del cuerpo y en otras no:
Las personas que acumulan agua
en su organismo no deberían comer pescado de mar ni setas –insiste Niko- porque cogen frío fácilmente.
Les ocurre a los frioleros,
lo contrario que a los muebles que necesitan humedad para no retorcerse; mientras se mueven se encuentran mejor.
EL MAL ASPECTO DE ARNICA E HIPERICO
• El mal aspecto
ARNICA C15 - HYPERICUM C15
También acudieron a la cita
tempranamente una pareja de inseparables: Ernest y Sonia. Él con mal aspecto, ella descuidada en el vestir.
El pelo de Ernest es de lo más difícil
que he visto; tiene mechones donde no debiera haberlos y abundancia de pelo donde escasea en los demás hombres: la coronilla y las entradas, como una mezcla de homo nearndethalis y un punki.
Parece ser que de pequeño padeció
una fiebre tifoidea con caída parcial del cabello y desde entonces siempre le ha lucido el pelo de esa forma.
Sonia tiene el aspecto
de una muchacha salvaje aunque en el trato es bastante flexible. A simple vista, su carácter parece el de una persona solitaria. Va un poco encorvada a causa de un accidente que le lesionó la columna vertebral aunque, por fortuna, de poca gravedad.
Ambos son muy activos
en las tareas escolares y pueden llegar hasta situaciones de surmenage. Van juntos a todas partes y la gente se pregunta cómo pueden esas dos personas ser tan diferentes y estar juntas.
En realidad cuando se afirma
que son tan diferentes creo que se dice por decir, por añadir algo a la conversación, pero eso en mi opinión no es así. En primer lugar, en Berlín el mal aspecto de las personas abunda mucho más de lo que sería deseable.
En efecto, en esta ciudad abundan
las personas mal vestidas, descuidadas y en muchos casos deambulando de un lugar a otro con una botella de cerveza en la mano: una imagen que en el resto de Alemania, y en la "Europa civilizada" ya desapareció hace muchos años.
Ernest y Sonia tienen en común
una extraña atracción por el color amarillo y curiosamente a los dos les huele el aliento de igual forma. Los dos tienen la cabeza caliente y el cuerpo frío. A los dos les gusta el silencio por lo que sus visitas al Treptower Park son habituales y se apartan de las personas parlanchinas buscando la soledad agreste.
Son fácilmente impresionables,
especialmente ante traumatismos, operaciones o enfermedades ajenas. Y todo ello me hace pensar que no son tan diferentes uno del otro como fácilmente se opina.
Quizá si la gente fuera
más observadora, también sería más prudente. Puede que el paseo por Treptower Park invite a la meditación.... Ernest parece un habitante de algún pueblo de alta montaña de Austria o Suiza y Sonia, una perieca (morador de la periferia, del griego perioikoi) de humilde extracción.
No crea aquél que algún día lea estas líneas
que yo menosprecio a Sonía y a Ernest por su mal aspecto. Yo no soy nadie para juzgar a los demás. Para demostrarlo os voy a contar la leyenda del hipérico o hierba de San Juan (Johanniskraut).
En el Egipto ocupado
por los griegos en tiempos de Alejandro El Magno, hijo de Filipo el Bárbaro, el sabio geómetra Eratóstenes sufría unos fuertes dolores en la rodilla derecha y se aliviaba con un aceite rojo preparado por los lugareños de Siena, cerca de lo que es hoy Aswan, célebre por su presa hidráulica.
El precioso líquido
lo preparaban los habitantes de Siena mediante maceración, en aceite de germen de trigo, de unas flores que cortaban precisamente el día más largo del año.
Eratóstenes preguntó a los periecos
(habitantes libres de la periferia) de Siena cómo reconocían ese día más largo del año para la recolección de las flores y comenzar la maceración en esa noche (la más corta del año, la noche de San Juan o el solsticio de verano).
La respuesta sorprendió a Eratóstenes
pues los preparadores del rojo y antiálgico aceite le condujeron hasta un pozo cuyo fondo sólo se podía ver un día al año, el día en que el sol a las doce del mediodía estaba en su zénit. Ese día era único porque el pozo estaba situado exactamente bajo el Trópico de Cáncer.
Eratóstenes envió a un grupo de esclavos
de una estatura de 1,95 m a un lugar del Bajo Egipto donde, después de contar 800.000 pasos (el paso medio de los esclavos medía un metro), colocaron una estaca de un metro y midieron el ángulo que hacía su sombra el día preciso en que a las doce horas se veía el fondo del pozo. La sombra proyectada formaba un ángulo de 7°.
Con un sencillo cálculo
midió la circunferencia terrestre (si a un arco de 7° le corresponden 800 km, a un arco de 360°… le corresponderá la totalidad de la circunferencia terrestre).
De una misma observación
AL ATARDECER
AL ATARDECER
¡Oh noche!
¡Qué bien combinas tiniebla y claridad!
Ser y no ser unidos en el color gris moteado de magenta donde la mezcla levanta sus castillos de sombras sin sonido, la espera paciente del amanecer.
En las sombras de platino,
lo negro se reviste del fulgor de tus estrellas para acercar su rostro hacia las alas de las aves que rozan, tan pronto clarea, las almenas de la niebla.
¡Oh noche!
La mezcla nos confunde
en su calor de transparencias que se agregan sólo en superposición de movimientos y de inmovilidad asimétricos.
Las escaleras cromáticas
gimen cuando el alma desciende por su sombra hacia lo mineral o sube por sus escalones de mármol hacia la sombra que finge ser un ángel entre anillos.
¡Oh noche!
¡Qué bien atas la luz a la oscuridad!
La anudas como el silencio, o como la palabra sorda de los siglos entre las yuxtaposiciones de los tiempos pensados o vividos solamente.
Aquí me tienes suplicando
que quieras concederme ese brillo gris metálico que se pasea junto a la playa, ese espacio que separa el campo de olivos de tus sienes y su música.
¡Oh noche!
Sabes que sueño con oírte decir:
"Te concedo lo justo entre los ojos, lo justo entre los labios y lo solo entre las manos tristes del ocaso".






