26 oct. 2016

Hector era contumaz como él solo a la hora de afirmar que era Napoleón.


EN LOS JARDINES DE VERSALLES

Me hice famosa
con la exposición de "Los Tres Napoleones". Fue una muestra mixta de pintura y literatura en la que yo no llegué a conocer a Ermessenda la autora de aquellos textos que acompañaron a mis dibujos.

Aquellas descripciones
junto a mis cuadros correspondían exactamente a los individuos que yo había dibujado. Eran las suyas, descripciones auténticamente geométricas que orlaban con sencillez y finura mi obra.

Cuando acepté ir a dibujar al Hospital
no sospechaba en absoluto el tipo de encargo que me esperaba, pero la remuneración era sustanciosa y yo necesitaba dinero para poder pagar la pensión en la que me alojaba.

El encargo consistía en dibujar los perfiles y gestos
de los llamados "Tres Napoleones", tres personas que afirmaban ser Napoleón. Lo curioso del caso es que a alguien se le ocurriera meterlos en el mismo pabellón. Habían sido trasladados desde establecimientos hospitalarios distintos y se les habían asignado camas contiguas, una mesa compartida en el segundo turno del comedor y el mismo turno de trabajo en la lavandería.

Comencé a dibujar sus expresiones
con una mezcla de emociones: con curiosidad y aprensión, con la esperanza secreta de descubrir alguna cosa oculta en sus cabezas. La habitación en la que nos encontrábamos era una antecámara rectangular, de altos techos, anexa a la sala de recreo, una de las varias en las que los pacientes recibían habitualmente a las visitas.

Alineadas contra las paredes desnudas
había una docena, más o menos, de pesadas sillas de madera de respaldo recto y una mesa haciendo juego, también de madera, que habían desplazado hasta allí desde el centro del cuarto para ganar espacio. Por las dos ventanas sin persianas, cuya parte inferior podía abrirse un poco para ventilar, se veía un camino asfaltado bordeado de cerezos que recorría, de un extremo al otro, los terrenos del Hospital. Al otro lado de la calle, se alzaba otro edificio de ladrillo rojo que era una imagen simétrica del pabellón donde nos encontrábamos.

Yo ignoraba
que Ermessenda era la encargada de hacer sus descripciones para completar el expediente donde se pretendía hacer un estudio de ese fenómeno que hace que una persona crea que es Napoleón. Por eso cuando vi sus textos junto a mis cuadros en la exposición no me cupo duda de que la narradora era una persona extraordinaria.

Primer retrato: Igor

Igor tenía cincuenta y ocho años
y llevaba hospitalizado casi cuatro lustros. De altura media y complexión también media, calvo y sin la mitad de los dientes, tenía cierto aire pícaro y daba la sensación de una persona fácilmente excitable. Tal vez se debiera, además de una amplia sonrisa, al hecho de que llevase la camisa y los bolsillos de los pantalones llenos a rebosar de las más variopintas pertenencias: gafas de sol, libros, revistas, cartas, trapos colgando (que utilizaba como pañuelos), papel de fumar, tabaco para liar, lápices y bolígrafos como si tuviera la necesidad de tenerlo todo a mano, disponible en todo momento.

Cuando se le preguntaba
cómo se llamaba contestaba Igor Dupont. Pero a continuación decía que ese era su sobrenombre porque el verdadero era Napoleón.

Segundo retrato: Nikita

Nikita tenía setenta años
y llevaba casi una década hospitalizado. Medía casi dos metros y en sus manos se delataba la acromegalia y, a pesar de haber perdido casi toda la dentadura, afirmaba, cuando se le preguntaba, que estaba muy bien de salud; y en verdad lo estaba: la enajenación mental le libraba del desgaste de cualquier preocupación. Hablaba confusamente, en voz baja, cavernosa, resonante debido a la enorme bóveda de su paladar. Se le entendía muy mal.

-Me llamo Nikita Vilar –repetía a menudo. Ese es el nombre.

Cuando se le preguntaba si tenía otros nombres contestaba con prontitud: "tengo otros, pero este es el que corresponde a mi lado vital y yo creé a Napoleón III y mucho antes a Luis XIV.

-¡Eso quiere decir que en la actualidad usted es Napoleón III?

Yo creé a Napoleón III, sí.
Lo creé ya crecidito; es decir, con setenta años. ¡Por todos los diablos! He superado los setenta y nada me indica que mi salud se vaya a deteriorar en los próximos diez años…

Tercer retrato: Hector

Hector Duval era de los tres
el que más se parecía a la figura física de Napoleón. Tenía treinta y ocho años y había ingresado en un establecimiento siquiátrico del norte de Francia hacía cinco años. Más bien bajo y voluminoso, de aspecto ascético siempre con una expresión arrebatada de fervor militar, caminaba en silencio con la cabeza erguida, muy digno.

A menudo extendía los dedos
y juntaba las manos: con las palmas hacia arriba, una descansada sobre la otra y a veces colocaba la mano derecha sobre su vientre. Había leído en alguna parte que tapándose el ombligo con la mano se ahorraba energía y tomaba ciertamente un aire napoleónico. Cuando se sentaba, se mantenía muy derecho y miraba con fijeza como si estuviera sobre un caballo. Su figura, con chaqueta azul y botones dorados, era imponente. Cunado hablaba, se expresaba con claridad, sin vacilaciones y a menudo con elocuencia.

Hector Duval rechazaba con vigor su nombre,
del que decía que era un engaño: si alguien lo utilizaba para dirigirse a él, se negaba a colaborar o tener nada que ver con su interlocutor. No había más remedio que llamarle Napoleón si se quería de él una actitud positiva. Todos le llamaban Napoleón al entablar una conversación con él. Así también saludaba a todos y acostumbraba a añadir que saludaba la virilidad de Napoleón porque la viña era Napoleón y también la piedra, correspondientes al pene y los testículos.

No desperdiciaba la mínima ocasión
para decir que lo habían despachado a aquel encierro antes de que naciera y esa era la causa por la que estaba confinado en aquel manicomio. Decía que quería ser él mismo. No consiento –afirmaba- que "ellos" utilicen mal la frecuencia de mi vida. Se refería a "ellos" a aquellos hombres que practicaban la imposición del engaño.

Hector era contumaz como él solo
a la hora de afirmar que era Napoleón. Decía que era la reencarnación de Napoleón. "No lo entiendo –se quejaba. Yo sé quién soy. Soy Napoleón y si no lo fuese nunca diría nada parecido, pero, a veces, prefiero callarme. Sé que esto es un manicomio y que hay que tener cuidado. Estoy trabajando en mi redención. Y espero con paciencia y sosiego, porque lo que me ha sido prometido sé que va a cumplirse". 

Mientras dibujaba
a aquellos personajes mi imaginación volaba imaginando largos paseos por los Jardines de Versalles. Pero cuando leí los textos de Ermessenda comprendí realmente la percepción que cada uno de ellos tenía de los demás. En efecto, cuando se le preguntaba a Hector por la pretensión de Nikita y/o de Igor contestaba: “No están realmente vivos. Hablan las máquinas que hay en ellos. Quítenles esas máquinas y ya no dirán nada. No puedes matar a los que llevan máquinas. Ya están muertos”.

                                                                                   Johann R. Bach

1 comentario:

  1. El tercer Napoleon es el que mas me gusta sabia perfectamente que estaba en un manicomio pero su gran personalidad le impedia verse loco ,
    Este no es un escrito poetico pero esta muy bien descrito

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